El mito de las vacunas. ¿Medicina preventiva o negocio farmacéutico?

Juan Manuel MARTÍN OLMOS

vacunasDurante mucho tiempo se ha visto en la vacuna la manera sencilla e inofensiva de protegerse contra la enfermedad. Vacuna ha sido y sigue siendo para una mayoría sinónimo de seguridad, pese a que desde hace ya bastantes años son muchos los especialistas en la materia que elevan su voz para alertar sobre los riesgos que implica la vacunación y cuestionan su eficacia y la seguridad que ofrece.

Las vacunaciones sistemáticas son presentadas constantemente como uno de los logros más importantes de la medicina preventiva. Esta idea ha calado profundamente en la población en general, y de forma particular en la población sanitaria, contribuyendo a la génesis de lo que desde sectores críticos se conoce como «el mito vacunal». Los elementos centrales que fundamentan el mito son: la creencia generalizada de que las epidemias que diezmaban a las poblaciones europeas en tiempos pretéritos han desaparecido o han sido controladas gracias a las vacunas y la creencia, también generalizada, de que las vacunas apenas tienen efectos adversos y que, en su defecto, los beneficios sobrepasan largamente a los riesgos. La reducción de la patología infecciosa al binomio microorganismo- huésped, más allá de cualquier otra consideración, es la razón última sobre la que descansa esta praxis.

Sin embargo, una aproximación rigurosa a la evolución epidemiológica de la mayoría de enfermedades sobre las que se ha venido vacunando sistemáticamente desde hace décadas, pone de manifiesto que esta creencia no está bien fundamentada. Tampoco se ajusta mucho a la realidad la creencia de que las vacunas apenas tienen efectos adversos. La reducción de la patología infectocontagiosa al binomio microorganismo-huésped también requiere un revisión profunda pues en última instancia las coberturas vacunales se calculan partiendo de una formula matemática basada en un modelo que trata de reproducir la dinámica infecciosa obviando variables fundamentales de la realidad biológica y de las interrelaciones entre las criaturas vivas de un determinado hábitat.

Las epidemias

Es bien sabido que la Revolución Industrial produjo cambios profundos en las formas de vida de las poblaciones europeas de los siglos XVIII-XIX. El hacinamiento en los suburbios industriales de millones de personas en condiciones infrahumanas es suficientemente conocido y así ha sido reflejado en obras inmortales de la literatura. Una de las consecuencias del colonialismo y de los cambios acelerados en las condiciones de vida que impuso el industrialismo fue la eclosión, en forma de epidemias, de enfermedades desconocidas en el continente (cólera y fiebre amarilla), así como la intensificación de enfermedades ya conocidas (viruela, difteria, escarlatina, tos ferina, tuberculosis) algunas en forma de epidemias también y la emergencia de enfermedades relacionadas con las penosas condiciones laborales de las clases trabajadoras que daría lugar al concepto de pauperismo. Posteriormente esta realidad ha recibido el nombre de patología del subdesarrollo en clara referencia a la situación en que se hallan amplias áreas del denominado Tercer Mundo. Las características socioeconómicas y sanitarias de estas áreas nos retrotraen a la situación en que vivieron las clases populares de Europa durante el siglo XIX, esto es: desnutrición, hacinamiento, viviendas insalubres, deficiencias higiénico sanitarias, analfabetismo, alta natalidad y mortalidad, etc. aportando los elementos teóricos y prácticos que darían lugar a la elaboración del concepto de enfermedad como entidad social.

Aunque la concepción social de la enfermedad ya encuentra antecedentes en los siglos anteriores –en 1700 B. Ramazzini publicó el Tratado de las enfermedades de los artesanos– la relación entre pobreza y enfermedad empezó a cobrar fuerza en el pensamiento médico durante el siglo XIX, lo cual se vio reforzado por las epidemias de cólera. Los primeros estudios estadísticos demostraron claramente la distribución desigual del impacto de las enfermedades por estratos sociales. El  surgimiento y ulterior desarrollo del higienismo, que a su vez daría lugar al concepto de salud pública fue el corolario lógico de estas observaciones. La carga económica de la enfermedad cuantificada por higienistas de diferentes países, junto a las luchas sociales y a la tradición benéfica, fueron argumentos que contribuyeron de forma notable a la mejora de las infraestructuras higiénico sanitarias y al desarrollo de sistemas nacionales de salud. Estas medidas, muy sucintamente glosadas aquí, y el desarrollo económico hicieron posible que a lo largo del siglo XX las condiciones de vida cambiaran radicalmente, transformándose radicalmente también el perfil epidemiológico de las afecciones que diezmaban a las poblaciones europeas en el siglo XIX. Así, mientras en 1900 la principal causa de morbimortalidad correspondía a las enfermedades infecciosas, en 2000 el peso recae sobre los procesos degenerativos y cardiovasculares. Sin embargo, paralelamente, el auge de las vacunaciones jennerianas contra la viruela y el descubrimiento y las aplicaciones médicas de la Microbiología, con la gran trascendencia que ello tuvo en la terapéutica (y también en la higiene), posibilitó la fabricación y síntesis de nuevas vacunas y sueros, todo lo cual hizo que la gran mayoría de la profesión médica se dedicara a «estudiar las enfermedades infecciosas directamente, sin distraerse por consideraciones de política social» en actitud atribuida al pionero de la sueroterapia Emil van Behring. El posterior descubrimiento de los antibióticos incrementó esta tendencia y la búsqueda de «proyectiles mágicos» que acabaran con los microbios, a los que se hacía y se hace únicos responsables, a efectos prácticos, de la patología infectocontagiosa, vino a reforzar esta conducta. De esta manera, a lo largo del siglo XX han coexistido en la medicina dos enfoques (cuyas raíces filosóficas se remontan al Corpus Hipocraticum) que a menudo se entrecruzan pero que ponen el acento en aspectos diferentes de la vida, la salud, la enfermedad y la realidad epidemiológica. Grosso modo, mientras que para unos lo más eficaz es combatir las enfermedades y epidemias mediante cambios profundos en las condiciones de vida, los otros, sin desdeñar lo anterior, consideran que los desarreglos pueden ser combatidos, con actuaciones médicas que, al margen de cualquier otra consideración y en el caso que nos ocupa, se concreta en la implementación de programas masivos y sistemáticos de vacunación.

Puesto que el desarrollo de la vacunología se ha visto acompañado en el tiempo del surgimiento de una potente industria químico farmacéutica, el debate en torno a qué estrategias son más saludables, ha estado impregnado desde siempre de una fuerte carga ideológica emocional, ya que también desde sus orígenes esta praxis ha estado rodeada de imponentes y colosales intereses científico-comerciales. De este modo, el debate científico, pretenciosamente objetivo y aséptico, ha sido secuestrado y sustituido por el marketing y la propaganda, señalando a la vacuna como responsable último del descenso y control de las enfermedades infectocontagiosas. Sin embargo, una aproximación a la evolución epidemiológica de la gran mayoría de enfermedades sobre las que se vacuna, y también sobre las que no se vacuna, pone de manifiesto que la realidad ha sido otra. Como ejemplo, y para no extendernos en exceso, nos centraremos en tres enfermedades legendarias como son difteria, tos ferina y sarampión, aunque también merecerán nuestra atención afecciones como la tuberculosis, la gripe y la rubéola.

La difteria es una enfermedad sobre la que se viene vacunando desde hace décadas aunque las fechas de implementación de programas de vacunación varían notablemente de unos países a otros. La vacuna inició su andadura en los años veinte del siglo XX. En Francia, país pionero, es de uso obligatorio desde 1938 y en la Alemania nazi y zonas ocupadas se utilizó masivamente durante la Segunda Guerra Mundial (SGM). En Francia se declaraban unos 15.000 casos anuales en los años que precedieron a la conflagración, pues bien, durante ese período los casos se triplicaron y las muertes se doblaron. En Alemania la tasa de incidencia en 1940 era del 12,4 por 100.000, mientras que en 1945, tras cinco años de vacunaciones obligatorias, la tasa fue del 74,8 por 100.000. En Noruega en 1919 se declararon unos 17.000 casos y en 1939 unos 54; los muertos en 1908 fueron 555, mientras que en 1939 sólo fueron dos. Sin embargo, a pesar del decreto de obligatoriedad de 1941 (era zonas ocupadas por los alemanes) en 1942 se notificaron 22.787 casos con unas 700 muertes.

En España los cálculos hablan de 60.000 casos a principio del siglo XX y unas 5.000 muertes; concretamente en 1901 se notificaron 6.299 fallecimientos, en 1936 (inicio de la Guerra Civil) las defunciones fueron 1.100, sin embargo en 1939 (final de la Guerra) hubo 4.058 muertes. Superados los estragos de la guerra, en 1950 se registraron 297 muertes y en 1964 los decesos consignados fueron 81, por tanto en el período 1901-1964 el descenso de la mortalidad fue del 98,7% y el de la morbilidad del 97,2%.

De los datos aportados se deduce que en la disminución del impacto epidemiológico de la difteria, la vacunación ha desempeñado un papel irrelevante. El descenso sostenido y paulatino se produjo en todos los países a medida que fueron mejorando las condiciones de vida, de hecho en zonas ampliamente vacunadas los casos de difteria se dispararon durante la SGM y lo mismo sucedió en España, sin vacunación, durante la Guerra Civil. Alemania es un ejemplo todavía más claro. En este país se calcula que se produjeron unos 100.000 casos en 1918 durante la Primera Guerra Mundial, durante los años veinte se habla de 25.000 casos, mientras que en 1945, tras cinco años de vacunaciones obligatorias, se llegó a los 250.000 afectados. Los casos disminuyeron vertiginosamente sin vacunación tras la SGM, así, en 1950 se notificaron 42.500 afectados, en 1960 unos 2.500, 800 en 1962 y unos 35 en 1972, lo cual pone de manifiesto que las campañas de vacunación realizadas entre 1970 y 1980 tuvieron poca relevancia. La similitud epidemiológica de la curva de mortalidad de la difteria y la fiebre tifoidea, enfermedad contra la que nunca se ha vacunado sistemáticamente, corrobora los argumentos expuestos y realzan el papel fundamental e insustituible de las condiciones de vida en la génesis y evolución de las enfermedades infecto-contagiosas.

La tos ferina es otra enfermedad contra la que se viene vacunando desde hace décadas. Las primeras vacunaciones empezaron en EE UU en los años cuarenta aunque de forma limitada. Gran Bretaña aprobó su comercialización en 1953, aunque ello no quiere decir que su uso fuera masivo. Pues bien, a mitad del siglo XIX, en Inglaterra y Gales las tasas de mortalidad, de los niños hasta 15 años, se situaban en torno a las 1.500 por millón de habitantes, mientras que en 1953 el número de decesos fue de 25 por millón. Esto supuso una reducción del 98,5% entre 1868 y 1953, año en el que se introdujo la vacunación en Gran Bretaña.

En 1906 la mortandad total por tos ferina en Francia fue de aproximadamente 3.500 personas, mientras que en 1959 se produjeron unas 280 muertes, el descenso por tanto fue del 92%, siendo precisamente 1959 el año en que la vacuna se comercializó. No obstante, como en muchos otros países, la vacuna contra la tos ferina se generalizó en Francia a partir de 1966 en forma de DTP. Si tomamos el período 1906-1966 el descenso de la mortandad fue del 96%.

En España las muertes por tos ferina superaron la cifra de 4.000 a principios del siglo XX. En 1931 fueron 1.114, 491 en 1950 y 33 en 1965. Este año marcó el inicio de las campañas de vacunación con la DTP. El descenso de la mortandad en el período 1901-1965 en España fue del 99,15% lo que significa que la mortandad de 1965 fue 147 veces menor que la de 1901. Si tenemos en cuenta que en 1965 la población española era prácticamente el doble que la de principios del siglo XX, y también la de Francia e Inglaterra, los descensos son aún más significativos.

El sarampión es una enfermedad contra la que se viene vacunando sistemáticamente en algunos países desde hace tan sólo unos veinte años con la vacuna combinada conocida como Triple Vírica (TV), que también incluye las vacunas contra la rubéola y las paperas. En lo que respecta al sarampión, en Inglaterra y Gales las tasas de mortandad que a mitad del siglo XIX eran de 1.100 por millón en niños de hasta 15 años, eran prácticamente nulas en 1960. Las primeras vacunas antisarampionosas se empezaron a utilizar en EE UU en la década de los sesenta; por tanto el descenso de la mortalidad en Inglaterra y Gales no puede ser atribuido a ninguna campaña de inmunización.

En Francia las campañas masivas con la TV empezaron en 1983, a pesar de que en 1977 el profesor Bastin declaraba que «será difícil vacunar sistemáticamente en nuestro país, donde la enfermedad es benigna pues, sobre 100 hospitalizaciones por sarampión, la mortalidad es del 0,17%». En Francia las cifras absolutas de muertes atribuidas al sarampión en 1906 fue de 3.756, mientras que en 1983 el número de decesos fue de 20, por tanto el descenso de la mortalidad en el período 1906-1983 fue del 99,5%. En España, según datos del Anuario Estadístico, el número de muertes a causa del sarampión en 1901 fue de 18-463 y en 1907 las cifras rondaron las 14.000, sin embargo, en 1981 los decesos fueron 19 y las campañas de vacunación empezaron en 1982; en España el descenso de la mortandad por sarampión en ausencia de vacunación en el período 1901-1981 fue del 99,9%. Como ya hemos comentado los datos adquieren mayor relieve si tenemos en cuenta que las poblaciones de la mayoría de países europeos en la década de los ochenta doblaban a las de principio de siglo.

Epidemias y vacunas

Los ejemplos citados ponen de manifiesto que en la dinámica epidemiológica de estas enfermedades el papel desempeñado por las vacunaciones sistemáticas ha sido irrelevante. Esto mismo es aplicable a otras enfermedades ya sea tuberculosis, rubéola, paperas, haemophilus, etc. Si exceptuamos la polio, el impacto sobre la población de estas afecciones ha ido disminuyendo a lo largo del siglo XX a medida que el progreso socioeconómico ha ido transformando las condiciones de vida de los ciudadanos europeos.

La práctica desaparición de la fiebre tifoidea (la vacunación nunca fue sistemática) y de la escarlatina (enfermedad de la que nunca se ha vacunado) así lo corroboran. No obstante y pese a la contundencia de los datos se sigue haciendo uso de las vacunaciones con una especie de ingenuidad que demuestra la existencia de una especie de fe cuasi religiosa en este acto médico. A este respecto, el caso de la tuberculosis (TBC) resulta especialmente dramático, pues en la práctica totalidad de países europeos la vacuna con el BCG contra la TBC se ha ido retirando a lo largo de los años setenta-ochenta por su falta de eficacia y por los numerosos y graves efectos adversos.

En relación a los ensayos clínicos controlados sobre el BCG reseñamos lo que los sectores oficialistas concluyen a modo de resumen ya que, por su relevancia, creemos que no precisa de comentarios. Veamos:

  1. Que las eficacias oscilan entre el 80 y el 0%. Incluso hay un ensayo que da eficacias negativas (-57%), es decir en los vacunados se dieron más casos de tuberculosis que en los no vacunados.
  2. Que la explicación de este fenómeno sigue siendo un misterio.
  3. Que la vacuna no evita la infección ni la transmisión.
  4. Que la vacuna protegería limitando la diseminación en sangre y que probablemente también sería eficaz en las reactivaciones endógenas en fases precoces de la vida pero no en las reactivaciones de los adultos ni en las nuevas reinfecciones. (Las cursivas pretenden remarcar lo hipotético de estas afirmaciones, ya que en Barcelona se produjo un intenso descenso de las meningitis tuberculosas en los niños tras la supresión de la vacunación con el BCG que era precisamente lo que se pretendía prevenir con las campañas de vacunación de los neonatos.)
  5. Que la protección es limitada en el tiempo. Máximo 10-15 años. Y que no se debe revacunar.
  6. Que el BCG no protege a los individuos infectados que son los que tienen mayor riesgo de enfermar.
  7. Que con una cobertura vacunal total, en el mejor de los casos, la mortalidad global por tuberculosis se podría reducir en sólo el 6%.
  8. Que la vacunación no influye en el descenso del RAI (Riesgo Anual de Infección).
  9. Que al ser una vacuna con bacterias vivas, preocupa el riesgo de complicaciones graves o mortales en niños o adultos infectados por el HIV, que son los grupos de máximo riesgo para enfermar de tuberculosis.
  10. Que la hipersensibilidad tuberculínica posvacunal dificulta la diferenciación entre la prueba tuberculínica positiva por infección o por vacunación, con lo que:

a)   Disminuye el valor predictivo de la prueba de la tuberculina.
b)   Interfiere en la indicación de otras estrategias de prevención.
c)    Dificulta el diagnóstico de formas no bacilíferas de la tuberculosis.
d)   Impide el cálculo de los indicadores epidemiológicos de la infección.

A tenor de lo expuesto resulta asombroso que se siga haciendo uso de esta vacuna en algunas comunidades autónomas de España y que la vacuna sea además de sistemática obligatoria en Francia. Que la OMS la haya incluido en el EPI (Programa Ampliado de Vacunación) en 1988 resulta incomprensible si tenemos en cuenta que según sus propios postulados son las condiciones de hambre, miseria, desnutrición etc. los responsables directos del impacto de la TBC en el mundo. ¿Es comprensible que con estas bases teóricas haya sido vacunada 1/3 de la población mundial?

La vacunación contra Rubéola también viene a reforzar la idea anunciada de la existencia de una fe cuasi religiosa sobre las excelencias de los programas de vacunación; no obstante, una vez más nos encontramos con la paradoja de que los mismos sectores vacunalistas ponen sobre el tapete datos que demuestran lo irracional de algunas medidas pretendidamente preventivas. En Cataluña los sectores vacunalistas afirman que cuando comenzaron las campañas de vacunación en los años setenta, el 90% de las mujeres europeas en edad fértil eran inmunes a la Rubéola. Sin embargo, Pumarola y colaboradores mantienen que en estos momentos el 97% de las mujeres catalanas en edad fértil es inmune y que ello no es debido a la vacunación, sino a la infección natural, pero es que además se reconoce que entre un 50-80% de las mujeres inmunizadas artificialmente se contagian en caso de exposición, mientras que sólo lo hacen el 5% de las inmunizadas naturalmente, con lo cual se crea una contraproducente sensación de seguridad que puede facilitar el contacto de mujeres embarazadas con infectados. Si a esto añadimos que en el Congreso de Glasgow de 1993 se reconocía que la vacunación podía ocasionar la aparición de artrosis y neuritis en las mujeres adultas vacunadas, la pregunta que surge de inmediato es ¿por qué persisten con esta actitud que además de producir efectos adversos genera una falsa sensación de seguridad que podría explicar los casos de síndrome de rubéola congénita en personas vacunadas?

En lo que se refiere a la Gripe, los datos españoles sobre morbilidad que aporta la propia administración sanitaria resultan incontestables. En ellos vemos como, coincidiendo con amplias campañas de vacunación, la incidencia de la afección por cada 100.000 habitantes experimenta un incremento aproximado del ¡400%!, lo cual no impide afirmar a los sectores vacunalistas que la vacunación contra la gripe es una buena medida para combatir la morbilidad por gripe. Cuando se realizaron estas afirmaciones España era el país con la mayor tasa de vacunación contra la gripe en relación dosis/habitante.

Conclusión

Con lo datos aportados consideramos suficientemente probado que el papel de las vacunas en el control y desaparición de las epidemias que asolaron a las poblaciones europeas en épocas pretéritas es secundario o irrelevante. En realidad podemos afirmar que se vacuna contra el miedo y el miedo no es un buen compañero de viaje. El asunto podría no tener mayor importancia si no fuera el hecho de que a las vacunaciones sistemáticas e indiscriminadas se relacionan cada vez más con el incremento de una serie de afecciones que desde ya podemos denominar «modernas epidemias». Por modernas epidemias nos referimos al incremento espectacular desde hace unos treinta años de enfermedades como las alergias y el asma, los síndromes autistas y las diabetes insulino-dependientes. ¿Es acaso creíble que la administración masiva de proteínas extrañas procedentes de virus y bacterias junto a conservantes como el mercurio y adyuvantes como el aluminio (a dosis que sobrepasan de largo los límites de exposición tolerables) y los posibles contaminantes inherentes al proceso de fabricación (OMS dixit) no van a tener consecuencias sobre los cuerpos inmaduros de criaturas de dos, cuatro y seis meses?, ¿qué teoría de la ciencia sustenta esta praxis?, ¿qué intereses económicos y/o científicos se ocultan tras esta pretendida y pretenciosa práctica presentada como uno de los logros más generosos de la historia de la medicina?, ¿por qué el eslogan de la antigua corporación Rhóne-Poulenc –hoy integrada en otro complejo multinacional más potente– era: «Cuando Rhóne-Poulenc vacuna a veinte personas por segundo en el mundo, esto es bueno para el mundo y es bueno para los accionistas»?

Lo que tradicionalmente ha dado en llamarse Izquierda ha de comenzar a reflexionar sobre algunos aspectos que han marcado su práctica política. El «gratis total» de fármacos y vacunas ha supuesto y supone un gran fiasco. El consumo desaforado de fármacos no sólo se ha convertido en extraordinaria fuente de patología (se calcula que entre un 5-12% de los ingresos hospitalarios son por esta causa), sino que se ha convertido en una especie de expolio sistemático al derivar una cantidad ingente de recursos públicos hacia la industria farmacéutica. En la actualidad un solo grupo de dieciséis fármacos, entre los que se encuentran cinco estatinas (fármacos para el control del colesterol), significan el 10% del gasto de todo el Sistema Nacional de Salud.

En lo que a las inmunizaciones se refiere, es preciso abrir un debate sobre las estrategias de prevención mediante vacunación. No es posible, o no debería serlo, que decisiones que involucran a amplias capas de la población las tomen un reducido grupo de personas; personas que por otra parte, y en el mejor de los casos, forman parte del mismo complejo científico-sanitario-industrial. Vivimos en una sociedad supuestamente democrática y plural en lo político que también debería serlo en lo científico y en lo médico. Otras corrientes de pensamiento existentes en el mundo científico y en el médico deben participar en la toma de decisiones que puedan afectar a la ciudadanía. Lo demás nos aboca al inquietante pensamiento único. La salud y la enfermedad son dos caras de la misma moneda y se relacionan directamente con eso que llamamos condiciones de vida, es decir a cómo son nuestras casas, cómo trabajamos, cómo nos alimentamos, qué aire respiramos, qué hacemos con los residuos, etc. Buscar enemigos externos siempre ha sido un recurso cómodo fácilmente manipulable. En el tema que nos ocupa podemos afirmar sin temor, que los microbios no son los culpables de nuestras desgracias, la vida sería imposible sin ellos. Hemos de superar la microbiomanía imperante y también la visión mecanicista de la vida y avanzar hacia una visión mas integral de la misma pues como en su día señaló el prestigioso microbiólogo René Dubos, resolver un problema patológico no es lo mismo que crear salud y felicidad; esto último, en palabras suyas, «exige una sabiduría y una visión que trascienda el mero conocimiento de los remedios y los tratamientos, y capte todas las complejidades y sutilezas inherentes a la relación entre los seres vivo y su medio».

Publicado en Polémica, n.º 86, octubre 2005

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