En torno al revisionismo histórico

Juan José GALLARDO

franco

Durante la segunda legislatura de Aznar, el Partido Popular impulsó un proceso de revisionismo histórico con el objeto de lavar la mala conciencia que arrastraba la derecha en nuestro país por su complicidad con la dictadura franquista. Pío Moa, un oscuro personaje de tenebroso pasado y peor presente, se convirtió en la punta de lanza de esta operación que continúa su andadura.

El concepto de revisionismo histórico apareció en Alemania en la década de los ochenta y se revitalizó en los noventa a raíz de la caída del muro de Berlín y del proceso de unificación vivido por el estado centroeuropeo.

Por revisionismo se debe entender la aparición de una corriente historiográfica que revisa la opinión dominante en la historiografía académica, es decir, cuestiona la visión del pasado emitida desde los departamentos universitarios o centros oficiales de investigación histórica (historia oficial), que es la aceptada desde el poder y cuya función no es otra que realizar la apología del status quo y legitimarlo ante la ciudadanía, lo que mi muy querido amigo Miquel Izard llama la LAL (Leyenda Apologética y Legitimadora).1 Esta visión es la que se transmite al tejido social a través del sistema de enseñanza, series de televisión, programas de radio, etc., es decir, a través de los aparatos de reproducción ideológica del Estado.

Ahora bien, en el caso alemán, el revisionismo histórico no se originó en una corriente crítica de izquierdas, sino que fue todo lo contrario. Sus impulsores se situaban, preferentemente, en posiciones nostálgicas del nazismo derrotado en la Segunda Guerra Mundial. La nueva clase política germano-occidental surgida de la guerra (tanto la de origen conservador como socialdemócrata), renegó contundentemente del pasado nazi y asumió la responsabilidad del nacionalismo alemán en el desencadenamiento de la guerra. El sistema liberal democrático instaurado bajo la protección de EE UU se forjó en torno a un contundente conjunto de valores antifascistas (lo que no quiere decir que antiguos fascistas no fueran integrados en el nuevo sistema, como muy bien reflejó la película de Fasssbinder El matrimonio de María Braun) tanto como de un profundo contenido anticomunista, pues no en vano la división de Alemania y, posteriormente el muro de Berlín, representaban la situación extrema de la Guerra Fría en Europa.

El fenómeno en el que se resumía el sentimiento de culpa de Alemania por su responsabilidad en la guerra no era otro que el Holocausto, es decir, el asesinato masivo de seis millones de judíos en cumplimiento de la llamada «solución final».2 Esto implicaba reconocer como incuestionable la existencia de campos de concentración, de cámaras de gas, de hornos crematorios, del uso de prisioneros como esclavos por empresas como Siemens, IG Farben (grupo industrial al que pertenecía Bayer), etc.

Esta visión culpabilizadora nunca fue aceptada por los seguidores del nazismo ni por la nuevas corrientes neonazis, que negaron absolutamente la existencia del Holocausto (negacionistas). A esta corriente pertenecería el grupo surgido en 1948 en torno a la revista Journal of Historical Review y el historiador francés Paul Rossier o el Instituto de revisionismo histórico fundado en 1979 en EE UU por Willis A. Carto, líder del lobby antisemita Liberty Lobby. Los argumentos fundamentales de los negacionistas se podrían resumir brevemente en:

  • Nunca existió un plan de exterminio de judíos. La llamada solución final fue sólo un plan de traslado de miles de judíos a zonas no germanizadas.
  • Muchos judíos fueron concentrados en campos y usados como mano de obra. Debido a las circunstancias de la guerra y a las malas condiciones de vida muchos de ellos murieron.
  • No existieron cámaras de gas, sino de desinfección. Aducen pruebas sobre la inexistencia de restos de zyclon B (el gas utilizado para exterminar a los presos) en las paredes de las supuestas cámaras, restos que dicho gas deja de manera incuestionable.
  • Los hornos crematorios servían para quemar los cadáveres de los muertos en los campos a consecuencia de las deplorables condiciones de existencia.
  • Las fotografías y documentales sobre los prisioneros y los campos tras su liberación por los aliados fueron un montaje de Hollywood.

A esta corriente negacionista se unió un elenco de historiadores cuyo objetivo no fue tanto negar el Holocausto, sino rebajar su importancia histórica, así como presentar a una Alemania no ya agresora sino víctima, ella también, de la guerra. Así, se suavizaba la importancia de las atrocidades cometidas por la Alemania nazi al compararlas con las cometidas por los aliados en su recorrido victorioso hacia Berlín. Ponen énfasis en los terribles bombardeos sobre Hamburgo y Dresde, cuestionando su importancia estratégica desde el punto de vista militar, cuando Alemania estaba ya camino de ser derrotada, y resaltan la muerte indiscriminada de civiles, cercanos a los 600.000, de ellos 72.000 niños. En esta línea se encontraría Jorg Friedrich y su Sitios de Fuego, libro de fotografías de ciudades alemanas bombardeadas y que vendió más de 150.000 ejemplares.

Esta corriente se enmarca en un proceso de recuperación del nacionalismo alemán después de la caída del muro de Berlín, de la unificación alemana (absorción del este) y del nuevo papel de gran potencia al que aspira Alemania tras la desaparición del gran enemigo de occidente, el comunismo soviético. Eliminar el lastre de culpabilidad con el que el Estado alemán (occidental) vivió durante la Guerra Fría parece ser un factor esencial en ese nuevo papel que la Alemania unificada pretende desempeñar en el futuro. Quizás ahí se encuentre una posible explicación del alcance que las tesis revisionistas encuentran en los medios de comunicación alemanes o el gran debate generado por la película El hundimiento, sobre el grado de crítica que en ella se realiza del personaje clave del siglo XX alemán, Adolf Hitler.

Si revisar significa poner en cuestión la opinión dominante, no hay duda de que la Historia es una materia en continua revisión. La Historia no es sólo un campo de trabajo donde se ponen en evidencia la erudición, la capacidad de interpretación, la selección de la documentación a utilizar, la honestidad intelectual, etc. La Historia es también un instrumento, de cuyas investigaciones se pueden extraer importantísimas consecuencias políticas, convirtiéndose, por tanto en un campo de batalla ideológico. No debe extrañarnos la enorme preocupación que tiene la clase política española por controlar la enseñanza de esta materia en los centros educativos, donde cada pequeña élite nacional pretende imponer su visión de la historia nacional (española, catalana, vasca, gallega…).

Aquí, en España, también asistimos a la lucha por la revisión del pasado, ya sea sobre el más reciente (República, Guerra civil, franquismo) o sobre el más alejado (orígenes de la nación española, catalana, etc.). Tras la muerte de Franco y la aparición de la monarquía parlamentaria, el nuevo régimen surgido de la Transición se vio obligado a revisar la visión de la historia que se había mantenido durante la Dictadura. Cada régimen político necesita legitimarse en el pasado y lo que ocurre es que en función de las características del nuevo período así se construye un pasado determinado que se adecue a las necesidades del presente, en el fondo, que legitime el presente.

La Transición española fue producto de un pacto entre franquistas inteligentes y el sector antifranquista más poderoso (comunista y socialdemócrata). Este pacto, vendido como reconciliación entre los españoles después de una guerra y una dictadura, necesitaba reconstruir un pasado histórico que se adaptara al consenso establecido por las nuevas élites políticas en torno a los valores de la democracia liberal recién instaurada. No le faltaron los historiadores orgánicos que elaboraran una Leyenda sobre lo que había sido nuestra más reciente historia. Entre ellos destacaron Javier Tusell (cercano a Suárez y la UCD), junto a Santos Juliá y Juan Pablo Fusi (cercanos al PSOE), Antonio Elorza (antiguo comunista que se acercó a las tesis del PSOE), etc.

Su construcción teórica pasaba, en primer lugar, por correr un tupido velo sobre la Dictadura, no removerla demasiado y tocarla de manera tangencial. Aunque era formalmente rechazada, el debate se establecía sobre cómo catalogar al franquismo: régimen bonapartista, sistema autoritario, totalitarismo, fascismo, dictadura militar, etc., mientras se obviaba la naturaleza salvajemente sanguinaria sobre el que se asentaba. Se presentaba la guerra civil como una tragedia entre españoles de la que todos, derechas e izquierdas, fueron responsables y que no debía volver a producirse, sin profundizar en los análisis de clase, en las contradicciones sociales de la época, etc. La causa de dicha guerra se debió, según esta nueva LAL, a un proceso de radicalización de los extremos políticos (extrema derecha y militares por un lado, y anarquistas por el otro) que impidieron la consolidación de una seráfica República. República que era presentada como la quintaesencia del régimen liberal democrático que hubiera permitido la modernización de España, siendo Manuel Azaña el personaje que mejor representaba ese espíritu republicano, liberal y tolerante que toda democracia exige. Se obviaba o denigraba, finalmente, el proceso revolucionario de transformación social que se había vivido en la retaguardia republicana durante la guerra como parte del proceso de derrota del fascismo. Estos postulados se aseguraban mediante un tácito consenso entre los intelectuales orgánicos del PSOE-PCE y los de UCD.

Esta visión fue dominante hasta la llegada del Partido Popular al poder en 1996, pero sobre todo desde su mayoría absoluta cuatro años después. A partir de este momento se rompió el consenso sobre la visión de nuestra historia reciente. La presión de la izquierda social sobre la necesidad de la recuperación de la memoria histórica, arrebatada por el franquismo y silenciada por la Transición, fue aprovechada por la izquierda política como parte de la lucha contra el PP. Fue el momento en que comenzaron a editarse y, lo que es más importante, a popularizarse toda una serie de investigaciones sobre la naturaleza represiva de la dictadura,3 poniendo en evidencia que su fuente de legitimación más importante fue la violencia, labor que hasta entonces había encontrado poco eco y que ahora, en el contexto de la lucha por deslegitimar al PP conocían un impulso mediático que permitía su llegada a amplias capas de la población. Destaca en esta labor el trabajo llevado a cabo por la Asociación por la recuperación de la Memoria Histórica, que identificando fosas comunes y matanzas colectivas del franquismo, ha levantado ampollas en los sectores conservadores del país.

Al mismo tiempo se hacía una labor intensa de identificación de la clase política del PP con el franquismo, pues no en vano el PP proviene de la Alianza Popular que crearon los «siete magníficos», herederos del franquismo que se presentaron a las primeras elecciones del 15 de junio de 1977, de los que Fraga sigue siendo el cordón umbilical, por no referirnos a la extensa nómina de hijos, nietos, primos, hermanos, sobrinos, etc. de franquistas que militan en el PP.

Sin embargo, las tesis respecto a la República, las causas de su fracaso, los orígenes de la guerra, la causa de la derrota republicana, el proceso revolucionario identificado con el terror y la violencia, etc., seguían manteniendo un tácito consenso, que no podía tardar mucho en terminar.

Los medios editoriales cercanos al Partido Popular respondieron de una manera intensa a la campaña izquierdista y organizaron una operación mediática que tuvo como eje la promoción de los libros de Pío Moa. Sin embargo, la campaña se presentaba como una revisión de la historia, diciendo que rompía con los mitos sobre la República, la Guerra y el franquismo4 fabricados por la izquierda política con la llegada de la democracia, identificando a la izquierda política básicamente con el PSOE. El disparo de salida de dicha campaña fue la entrevista concedida en 2002 por el periodista reaccionario Carlos Dávila a Pío Moa en TVE, en horario de máxima audiencia, donde sin controversia y con un cuestionario amable, el «historiador» pudo explayarse tranquilamente sobre lo que presentaba como novedad, y aunque Moa dice escribir desde la defensa de los valores de la democracia liberal, en el fondo no se trataba más que de la recuperación de los viejos argumentos franquistas sobre la República y la Guerra que la Transición había desplazado.

Las tesis fundamentales de Pío Moa podrían resumirse como sigue:

  • La Guerra Civil no empezó en julio de 1936, con el golpe militar del Ejército, sino en 1934, cuando la izquierda (PSOE) y el nacionalismo catalán (ERC y Lluis Companys) lanzaron la revolución de octubre.
  • Con ese acontecimiento rompieron el orden constitucional y la legalidad republicana.
  • El proyecto de la izquierda no era la defensa de la legalidad democrática frente a una supuesta amenaza fascista representada por la CEDA, sino la imposición de la Dictadura del Proletariado de tipo soviético, como preconizaba el ala largocaballerista del PSOE, o la revolución social anarquista, lo que conducía indistintamente a un régimen totalitario.
  • La CEDA no era un partido fascista, aunque sí profundamente conservador y católico. La derrota de la izquierda en octubre de 1934 hubiera sido la oportunidad de implantar un sistema fascista por Gil Robles, como hizo Dolffus en Austria en febrero de 1934 tras el aplastamiento de una sublevación izquierdista, sin embargo, la CEDA no lo hizo, lo que sería la demostración de su respeto por la legalidad (a pesar de su desconfianza en la forma republicana de Estado).
  • Las elecciones de febrero de 1936 se realizaron sin garantías democráticas y tras forzar el presidente de la República de manera perversa la propia legalidad, cuando lo legítimo hubiera sido llamar a la CEDA a formar gobierno. Sus resultados, por tanto, no pueden considerarse como legítimos.
  • Ante una situación antidemocrática y en un creciente proceso de conflictividad revolucionaria en la primavera de 1936, se imponía una intervención militar que salvara a España del totalitarismo comunista.

Moa no se detiene en los inicios de la guerra, sino que continúa reproduciendo la visión ya elaborada por el franquismo respecto al desarrollo de la guerra y la dictadura posterior:

  • La represión franquista ha sido exagerada por la izquierda, sobre todo lo referente a la matanza de Badajoz.
  • La ayuda alemana e italiana a Franco no fue más que la respuesta que permitía equilibrar la ayuda soviética al bando republicano.
  • El cruce del estrecho por Franco, cuestión vital en la marcha de la guerra en sus primeras semanas, se realizó fundamentalmente con aviones españoles y no alemanes.
  • Franco fue un gran estratega militar, que sólo se unió al levantamiento a última hora y con dudas, pues creía en soluciones constitucionales al peligro revolucionario.
  • El franquismo no puede ser considerado como totalitarismo ni fascismo, ya que en su seno convivía una cierta pluralidad representada por diferentes familias ideológicas, desde falangistas a católicos, pasando por carlistas o monárquicos.
  • El franquismo ha sido un régimen que ha permitido modernizar España, convirtiéndola en un país industrializado y crear una clase media sin la cual hubiera sido imposible la consolidación de la democracia.

Estas tesis han sido magistralmente desmontadas por Francisco Espinosa Maestre en su libro El fenómeno revisionista o los fantasmas de la derecha española (Ed. Libros del Oeste) y hacemos nuestras sus palabras:

«Moa no es más que un simple propagandista al servicio del Partido Popular, al que se le ha encomendado la misión de mejorar la imagen que la derecha española quiere dar de sí misma».

Espinosa presenta este revisionismo como una cruzada cuyo objetivo no es otro que adaptar el pasado a los intereses políticos del Partido Popular y que no es sino la respuesta de la derecha al movimiento de recuperación de la memoria histórica surgido a mediados de los noventa. Es evidente que desde estas posiciones, el PP realiza una operación mediática de recuperación y legitimación del franquismo, sólo posible por la obra de «olvido» que la Transición consagró y que el PSOE aceptó de buen grado. Al mismo tiempo responde a las acusaciones de franquismo con el recuerdo del talante poco democrático que en otras épocas tuvo el PSOE y termina denigrando también al nacionalismo catalán en un contexto de crecimiento de las tesis independentistas de ERC.

Para terminar, unas últimas reflexiones. Las tesis de Pío Moa, aun siendo mera propaganda neofranquista, no ha dejado de incomodar muy seriamente a los intelectuales orgánicos de la izquierda. No debemos olvidar que el pacto de la Transición se establecía en torno a un régimen de democracia liberal aceptado como la única forma razonable de organizar la convivencia social. Sin embargo, durante la República los proyectos emancipatorios de la clase obrera impregnaron no sólo a los trabajadores anarquistas o comunistas, sino también a un importante sector del PSOE, pues en aquella época no se vivía con la mojigatería democrática de nuestra actual clase política. Los conflictos de clase eran tan profundos que obligaban a situarse en la perspectiva del cambio social o no. Y aquí Pío Moa tiene una parte de razón. Amplios sectores de la izquierda, incluidas amplias bases del PSOE, estaban por la Revolución Social, veían a la República como un régimen de carácter burgués que debía ser superado y no creían en las formas democrático liberales que la República representaba. Pero es muy incómodo, desde el punto de vista político que todo esto se le recuerde a un partido, el PSOE, que ha abandonado definitivamente, desde hace muchos años, cualquier perspectiva de transformación social y que se presenta como baluarte en la defensa de la democracia liberal frente a un partido, el Popular, que se supone las pone en peligro.

En mi opinión, el efecto Pío Moa no será de larga duración. Ha durado mientras el aparato del Estado controlado por el PP le ha dado impulso y, ahora, vive de la inercia. Pero es un síntoma de la derecha que sobrevive en nuestro país. Es una derecha que no ha soltado el lastre de su asociación a la dictadura. A diferencia de la derecha europea, que aceptó el sistema liberal democrático desde el final de la Segunda Guerra Mundial, pues fue una derecha que incluso contribuyó a la derrota del fascismo, aquí no ha ocurrido lo mismo. El pacto de la Transición ha impedido la aparición de una derecha democrática y aquí, la responsabilidad de la izquierda por su contribución a dicho pacto es de dimensiones histórica y sus efectos, a treinta años de la muerte del dictador, todavía se dejan ver en las campañas de movilizaciones reaccionarias que impulsa el Partido Popular en alianza con la Iglesia Católica. En esta batalla, la lucha por el control de nuestra historia es fundamental.

Notas

1. Véase para ello sus muy interesantes obras: Sin leña y sin peces deberemos quemar la barca. Pueblo y burguesía en la Cataluña contemporánea, Ed. Libros de la Frontera, Barcelona 1998, y El rechazo a la civilización. Sobre quienes no se tragaron que las Indias fueron esa maravilla, ed. Península, Barcelona, 2000.

2. Recordemos que, además de judíos, fueron exterminados pueblos considerados como inferiores por los nazis, como gitanos, eslavos de origen ruso o polaco, etc. Además de prisioneros políticos de origen comunista, socialista, anarquista, etc.

3. Una pequeña muestra: Montse Armengou y Ricard Belis, Les Fosses del silenci, ed. Rosa dels vents, Barcelona 2004; J. Casanovas y otros, Morir, matar, sobrevivir. La violencia en la dictadura de Franco, Ed. Crítica, Barcelona 2002; Francisco Espinosa, La columna de la muerte. El avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz, Ed. Crítica, Barcelona 2003; Associació Catalana d’Expresos Polítics, Noticia de la negra nit. Vida i veus a les presons franquistes (1939-1959), ed. Diputació de Barcelona, Barcelona 2001; Isaías Lafuente, Esclavos por la patria. La explotación de los presos bajo el franquismo, Ed. Temas de Hoy, Madrid 2002; Ricard Vinyes, Montse Armengou y Ricard Belis, Los niños perdidos del franquismo, Plaza y Janés, Barcelona 2002.

4. Pío Moa, Los mitos de la guerra civil, ed. La Esfera de los Libros. Aunque ya antes había publicado una trilogía sobre la II República: Los personajes de la república vistos por ellos mismos, Los orígenes de la guerra civil española y El derrumbe de la Segunda República.

Para más información:

Asociación por la recuperación de la Memoria Histórica

Publicado en Polémica, n.º 86, octubre 2005

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