Violencia y transformación social

Octavio ALBEROLA

Atenas 6-12-2009

Atenas 6-12-2009

El uso de la violencia para transformar la sociedad ha dado lugar a numerosos y apasionados debates en el seno de los movimientos revolucionarios. Para los libertarios, esta cuestión ha sido siempre de una gran importancia. No sólo por las posibles derivas de la violencia en terror, en terrorismo, sino porque el recurso a ella pone en causa la necesaria consecuencia entre medios y fines que siempre nos ha parecido fundamental. No obstante, la perpetuación de la dominación y la explotación y circunstancias coyunturales muy particulares nos han obligado a recurrir a ella. Lo que no quiere decir que el dilema ético haya dejado de interpelamos, y no siempre a posteriori.

Por estas y otras razones, ligadas a su permanente actualidad, la cuestión de la violencia seguirá siendo objeto de debate en nuestros medios. Prueba de ello lo es este número de Polémica, al que me han invitado a colaborar y para el que he considerado oportuno comenzar mi contribución con lo que ya dije en los años ochenta sobre el «terrorismo» en la EHSS (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales) de París. Aclaro que, en 1979, yo estaba asignado a residencia en Francia, y que decidí, con la intención de sortear esta medida administrativa que me impedía salir al extranjero, matricularme en la EHSS para hacer un doctorado en Cine e Historia. Y fue así que, tras obtener el diploma y al finalizar los cursos de DEA, los profesores del seminario sobre «Terror y terrorismo: desde la Revolución francesa hasta hoy» me pidieron un texto de introducción para el debate, sobre «Terrorismo e ideologías revolucionarias», que debía clausurar dichos cursos en 1983.

Empiezo, pues, como empecé entonces, recordando que «el fenómeno del terror, el terrorismo, lo encontramos permanentemente en la historia, de la misma manera que las ideologías revolucionarias –como expresión del deseo profundo del hombre a la justicia y a la libertad– han estado también presentes y, sin duda, lo seguirán estando en la vida política y social». El problema, porque problema hay, es que en muchas ocasiones –¡demasiadas ya!– la ideología revolucionaria ha servido para legitimar el terror, empañando el significado de la idea misma de Revolución. Es por ello que insistí e insisto en que «se puede y se debe hacer un análisis menos maniqueo del terrorismo que el que generalmente se hace, por razones políticas, inclusive en los medios académicos. Y, por supuesto, del que hacen los medios de comunicación, ya sea por intereses partidarios o comerciales». Es, pues, esencial «tomar en consideración la gran complejidad del fenómeno terrorista y utilizar elementos de análisis más precisos para abrir la investigación y la reflexión histórica a perspectivas menos reductoras que las desarrolladas hasta nuestros días». Desgraciadamente, la falta de rigor analítico y de objetividad al analizarlo es muy frecuente. Pocos son los que se esfuerzan en definir los conceptos y los criterios de especificidad aplicables a este fenómeno extremando el rigor epistemológico. Ni siquiera para precisar el sentido ético de la objetividad: de dónde se habla. Lo reconozcamos o no, la subjetividad no es siempre involuntaria.

Pues bien, estas puntualizaciones –que entonces iban dirigidas a un auditorio de estudiantes y de profesionales de la historia– me parecen también válidas para abordar en nuestros medios la cuestión de la violencia y la transformación social. Es evidente que la significación de los hechos no es siempre la misma para todos. Nosotros debemos también reconocerlo y abordar esta cuestión sin anteojeras ideológicas: no sólo por honestidad intelectual, sino también para ser consecuentes con nuestro ideal de justicia y libertad para todos los seres humanos.

Es, pues, necesario tomar en consideración todos los factores, subjetivos o no, que contribuyen a que los hechos sean lo que son, como también la intencionalidad y los objetivos perseguidos por los protagonistas de estos hechos. Es decir: evadirnos del caos terminológico creado por el lenguaje orweliano de todos los que tienen interés en vaciar las palabras de su carga ética y su sentido ontológico. No hay que ser maniqueos con las palabras ni con los hechos, ni calificar de terrorismo sólo la violencia de los otros. En otras palabras: debemos ser extremadamente escrupulosos en el uso de ciertos términos y conceptos que el Poder (del color que sea) ha cargado de una connotación peyorativa muy particular. Sobre todo en estos momentos, cuando vemos a las grandes potencias que gobiernan los destinos del planeta convirtiendo el Terrorismo en el Gran lobo del hombre… occidental, por supuesto. Aunque sin olvidar que, como siempre, todos los Estados descubren o inventan su particular enemigo.

Y es necesario proceder así porque ha quedado suficientemente probado que las víctimas y los verdugos pueden intercambiar papeles y puestos. Además de que, con demasiada frecuencia, los protagonistas de las luchas sociales esconden sus verdaderas intenciones. De ahí que sea tan necesario aplicar nuestras definiciones a los unos y a los otros en función de lo que hacen y no sólo en función de lo que dicen o dijeron querer hacer… Los criterios, las definiciones, no deben variar según a quienes se apliquen. No se puede aceptar un galimatías semántico. La coherencia debe ser conceptual, ética: ¡al pan, pan, y al vino, vino, aquí y en China!

Por supuesto, hay que considerar la especificidad, el contexto y, en muchos casos, matizar… Pero eso no debe servir para adaptar el análisis y el debate a la conveniencia o a la ideología personal. Por lo tanto, lo primero es ponerse de acuerdo sobre la significación, la función y el alcance de ciertos conceptos y términos. Sólo esta actitud ética y esta coherencia conceptual y semántica nos permitirán ir más allá de las diferencias ideológicas y políticas, para hacer, a pesar de ellas, una reflexión realmente productiva sobre la violencia y la transformación social.

Violencia legítima y violencia ilegítima

Planteada en el seno de una polémica partidista, esta cuestión suscitará –no cabe la menor duda– las mismas discusiones que suscita el definir cuándo una acción es o no es terrorista. De ahí la frecuente tentación de pensar en la imposibilidad de llegar, para hablar de la violencia y del terrorismo, a una definición aceptada por todos. Sin embargo, cuando lo hacemos, todos partimos de conceptos que hemos elaborado o que hemos asumido previamente.

Recuerdo, a propósito de esa «imposibilidad», que ya en 1983 hice esta observación a los historiadores presentes en la conferencia, a quienes recordé, además, que incluso habían elaborado una tipología sobre el terrorismo. Una tipología en la que se encontraba toda una serie de variantes de lo que para ellos recubría la violencia terrorista: desde el «terror» de la Revolución francesa, hasta los simples actos de revuelta individual, pasando por el «activismo» de la Resistencia, de la OAS, de los nacionalistas, de la extrema izquierda y de la extrema derecha, las guerras de descolonización, las luchas de «liberación nacional», las guerrillas, etc. Yo no sé si eran o no conscientes de la contradicción; pero lo que sí sé es que la tipología se hizo y no se cuestionó, a pesar de seguir sosteniendo la imposibilidad de llegar a una definición general del terrorismo.

El verdadero problema es que, respecto a la violencia y al terrorismo, hay generalmente posiciones a priori, de tipo ético y político, que impiden el acuerdo. Además de una especie de miedo fantasmagórico a definirnos, porque ello implica poner en causa nuestros propios comportamientos. Como ocurre también con todas las palabras que nos implican personalmente: justicia, verdad, amor, etc. Sin embargo, yo creo que, con un poco de buena voluntad y –claro está– con mucha honestidad intelectual, el acuerdo es posible. No es un problema que requiera muchos conocimientos, una gran especialización para pronunciarse, basta con situarnos sucesivamente en la posición del que ejerce la violencia o el terrorismo y en la del que soporta sus consecuencias. Si hacemos esto, enseguida veremos que la legitimidad o ilegitimidad de la violencia se nos aparece evidente, y que depende exclusivamente de lo que la motiva. Es decir: del objetivo perseguido con ella.

Todas las acciones humanas, inclusive las consideradas puramente fisiológicas, tienen un origen, una causa, pero también una motivación, un objetivo. Las «puramente» fisiológicas sacan su legitimidad de la causa, pues el objetivo está implícito en ella; puesto que, salvo en los casos de violencia patológica, el «objetivo» es exclusivamente responder a lo que provoca la reacción violenta. Cualquiera de nosotros sabe esto y juzga en consecuencia: no es lo mismo utilizar la violencia para comer, porque se tiene hambre, que utilizarla para hartarse sin tener ya hambre, únicamente para que no pueda comer otro que si la tiene. Aquí ya hay otra motivación que la de satisfacer una necesidad vital, legítima, de todo ser humano. Hay una intencionalidad que nada tiene que ver con una necesidad vital personal, sino la de impedir que otro ser humano pueda satisfacerla. En un caso así es suficiente con verificar si tal es la intención para calificarla de ilegítima: ¡aquí y en China! A condición, claro está, de que se parta del principio de que todo ser humano, por el simple hecho de serlo, tiene el derecho de existir y de realizar plenamente su humanidad. ¡Sí, el derecho de todo ser humano, de todos los seres humanos!

¿Acaso no es este principio el que fundamenta nuestra ética y la de la civilización en la que vivimos? Entonces, ¿por qué no considerarlo como referencia moral incuestionable para valorar y calificar de legítimas o de ilegítimas las acciones humanas, individuales o colectivas?

Cuando estas acciones trascienden lo biológico y se sitúan dentro de la esfera de la convivencia tienen, necesariamente, una dimensión ética, y por ello hay que juzgarlas por su intencionalidad –aunque la intención, el objetivo, no sea siempre evidente–. De ahí la necesidad, antes de juzgar la acción, de descubrir su objetivo, de cernirlo y valorarlo a la luz de los principios éticos que todos reconocemos como derechos humanos. Un reconocimiento que, incuestionablemente, es universal aunque muchas veces sólo sea formal.

Me parece, pues, muy razonable el tomar en consideración la dimensión ética de la acción humana para diferenciar bien lo que es violencia terrorista de la que no lo es. No es lo mismo luchar por la libertad y la dignidad del hombre, de todos los hombres, que negárselas para dominarlos y explotarlos. Yeso a pesar de que la historia nos ha mostrado que muy frecuentemente las víctimas se transforman en verdugos, y que también muy a menudo el discurso de la rebelión disimula su verdadera intención. Los libertarios sabemos esto y que el Poder es, en toda circunstancia, la dominación del hombre por el hombre, incluso el «poder revolucionario». Como sabemos también muy bien que, si el Poder no puede imponer su dominación por medios «pacíficos», no tiene ningún escrúpulo en recurrir a la violencia, al terror para imponerla. Es por esto que rechazamos el Poder y lo combatimos en todas sus formas.

Mi experiencia: la resistencia libertaria al franquismo

Todos sabemos lo que fue el franquismo y cómo se mantuvo durante tantos años. Los libertarios luchamos, como pudimos, contra la dictadura. La resistencia libertaria al franquismo comenzó el mismo día que terminó la guerra y no paró hasta que el pueblo español recuperó las libertades llamadas democráticas. Los nombres de miles de libertarios represaliados, presos o fusilados, y los numerosos comités confederales o específicos desmantelados por las fuerzas represivas franquistas lo atestiguan. La lucha se inició y se prosiguió en la medida de nuestros medios, que no eran muchos, intentando oponer a la violencia represiva, incalculablemente superior en hombres y armamento, nuestra violencia resistencial, en muchas ocasiones puramente testimonial.

¿Se pueden equiparar las dos violencias? ¿Respondían a las mismas motivaciones? ¿Tenían la misma intencionalidad, el mismo sentido y objetivo ético?

Yo creo que no, y no sólo por la desproporción entre las dos, sino precisamente por su objetivo. No, no es lo mismo utilizar la violencia para aterrorizar a un pueblo y mantenerlo sometido, que utilizarla para que ese pueblo pueda recuperar la libertad de expresión, de reunión y de organización.

En lo que concierne al franquismo, su intencionalidad era manifiesta, no daba lugar a dudas, estaba presente en todos sus discursos y actos: imponer su voluntad, mantener su dominación y permanecer en el Poder reprimiendo toda oposición. En cuanto a la nuestra tampoco se podía dudar: se recurría a la violencia solamente para reclamar libertad y en ningún momento tuvo por objetivo el Poder. Y es en esto que la violencia antifranquista libertaria se diferenciaba de la franquista y de la ejercida por otros grupos antifranquistas, que también reclamaban libertad pero que aspiraban al Poder. Por tanto, sólo por mala fe o por ignorancia se pueden equiparar esas violencias.

Los que aspiran al Poder quieren mandar e imponer sus ideas. Para conquistarlo no reparan en conseguirlo por la violencia, sólo depende de la relación de fuerzas. Lo importante, para ellos, es llegar al poder y mantenerse el mayor tiempo posible en él: por la represión y el terror si es necesario. Aceptan la democracia cuando ésta les permite conseguir su objetivo o cuando no hay condiciones para alcanzar el poder por medios violentos. Su violencia es siempre opresiva, negadora de la libertad del otro. Por eso, aunque se pretendan democráticos, su intención es ser hegemónicos en todos los terrenos: en el ideológico, en el político, en el económico y hasta en el cultural. Nuestras divergencias con ellos son pues enormes, fundamentales. De ahí que me parezca legítimo introducir esta diferencia en el debate y exigir que sea tomada en consideración antes de equiparar todas las violencias.

Además, en lo que concierne a la violencia de los libertarios contra la dictadura franquista, puedo afirmar que siempre se veló por mantener la máxima coherencia entre medios y fines. No sólo rechazábamos organizarnos jerárquica y militarmente, sino que estaba totalmente excluida toda forma de funcionamiento que pudiese derivar en «profesionalización». Los que participaban en la acción lo hacían de forma voluntaria. No se sacrificaba el imperativo ético que conforma la ideología libertaria a la «eficacia». Las acciones eran de auto defensa o testimoniales: para reaccionar frente al terror franquista y aportar nuestra solidaridad a los que sufrían la represión por reclamar la libertad para todos los españoles. Por ello la violencia en nuestras acciones era más bien simbólica, estaba reducida a su mínima expresión, pues no se quería hacer víctimas, salvo en la persona del dictador. No tenía por objetivo aterrorizar, sino denunciar la represión de que el pueblo era víctima, alentarlo a resistir para crear, con los demás sectores antifranquistas, una dinámica resistencial capaz de provocar la caída de la dictadura.

Es posible que los hubiese que soñaran con entrar victoriosos en Madrid e imponer la Revolución por las armas. Pero de lo que estoy seguro es que, para la mayoría de nosotros, hacía ya mucho tiempo que habíamos superado ese mesianismo. No nos considerábamos una vanguardia revolucionaria. Sabíamos que la transformación social no se impone, que ella sólo se consigue con la afirmación y generalización del deseo de justicia y libertad en el seno de las sociedades humanas. Tal era nuestro propósito y sigue siéndolo.

La historia está llena de ejemplos que demuestran cómo se pervierte el ideal revolucionario a través del ejercicio del Poder, cómo la violencia revolucionaria se ha vuelto terrorista y ha acabado engendrando monstruos totalitarios. Todas esas experiencias han terminado en fracasos estrepitosos, y en lugar de transformación social lo que ha habido al final es regresión. Ninguna de esas experiencias ha producido el «hombre nuevo». Al contrario, los pueblos que las han vivido y sufrido han quedado desarmados, moral y socialmente, para hacer frente a las castas «revolucionarias» transformadas en mafias empresariales. Del capitalismo de Estado se ha vuelto al capitalismo más salvaje, a la religión y al nacionalismo más patriotero. Contrariamente a lo que decía buscar, el mesianismo revolucionario ha contribuido decisivamente a la consolidación de la explotación capitalista a la escala planetaria y al descrédito de la idea de transformación social.

El balance no puede ser más catastrófico y desolador. ¡No lo olvidemos!

Publicado en Polémica, n.º 83, enero 2005

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