El fundamentalismo católico y su guerra santa

Jaume BARALLAT

El ascenso de Karol Wojtyla a la cúspide del poder eclesiástico supuso el inicio de un proceso de restauración integrista, que se dedicó a desmantelar progresivamente los cambios introducidos en la Iglesia durante Concilio Vaticano ll. Wojtyla, en estrecha alianza con organizaciones católicas fundamentalistas, se empeñó en una cruzada ­–continuada por su sucesor Ratzinger– que tenía y tiene como objetivo la restauración de la moral tradicional y que, en nuestro país, ha encontrado un aliado fiel e incondicional: el Partido Popular.

Wojtyla y Ratzinger

Wojtyla y Ratzinger

«España es hoy el país más secularizado de Europa y el que, a la vez, tiene la jerarquía eclesiástica católica más conservadora y neoconfesional [y además] en España cogobiernan la Iglesia y el PP». Estas palabras no son de ningún anticlerical ni de un ignorante acerca de los entresijos de la Iglesia española, son de un teólogo, José Tamayo-Acosta, y fueron pronunciadas el 20 de noviembre de 2003 con motivo de la presentación de su libro Adiós a la cristiandad. La Iglesia católica española en la democracia. En este mismo discurso, el teólogo mostraba, además, su extrañeza de que el 3 de enero de 1979 –pocos días después de aprobada la Constitución (6 de diciembre de 1978) y al margen de cualquier pacto, negociación o consenso entre partidos– se firmaran los Acuerdos entre el Estado Español y la Santa Sede. En la misma alocución dijo que «la Iglesia católica se ha convertido en una comunidad imposible, de tendencias claramente sectarias y excluyentes».

Corresponde al lector decidir si esta última afirmación –y, sobre todo, la referente al cogobierno entre la Iglesia y el PP– es cierta o no, a la luz de esta nueva cruzada en que está empeñado el episcopado español y de los cruzados que batallan en ella. Analicémoslo con detalle.

Cospedal y Sáez de Santamaría

Cospedal y Sáez de Santamaría

El 25 de septiembre de 2003, un mes antes de la presentación del libro de Tamayo Acosta, el periodista Vallespín comentaba en El País el «ostentoso perdón concedido por el Papa a la actitud belicista de Aznar durante su visita a España» y algunas de las contraprestaciones de Aznar a la Iglesia: su empeño en «incorporar las raíces cristianas de Europa» al texto de la Constitución europea y, sobre todo, la «aprobación de la reforma de la enseñanza religiosa en una línea claramente favorable a los intereses eclesiásticos». El periodista hablaba de la repetición de las elecciones en la Comunidad de Madrid y mostraba al cardenal Rouco Varela y sus hermanos en el episcopado resaltando «los valores cristianos que merecen ser defendidos en la vida pública e instando a sus fieles a no votar por aquellas propuestas políticas favorables al divorcio, al aborto y a la eutanasia». Al articulista le chocaba, en cambio, que descuidaran «la posición auténticamente moral hacia los cargos públicos […] como que se ignore cuál ha sido la causa principal del escándalo que ha obligado a repetir las elecciones de la Comunidad de Madrid [ … ] (o que supusieran) que hay algún partido concurrente a las elecciones que lleve alguna propuesta de abolir el divorcio y los supuestos ya aprobados del aborto». y concluía afirmando que «tenemos a nuestros obispos en campaña electoral».

Esta campaña episcopal se recrudeció cuando, tras perder las elecciones el PP (año 2004), el nuevo gobierno anuló su reforma de la enseñanza religiosa. Los obispos se lanzaron a una nueva y bien conocida cruzada de la que conviene analizar sus rasgos y dónde estaba su epicentro.

De entrada, sabemos que, a grandes trazos, estaba por la imposición de la enseñanza religiosa en la escuela pública –y, para quien no la quiera, por la obligatoriedad de una asignatura alternativa– evaluable y puntuable en las calificaciones académicas y pagada por el Estado, aunque con un profesorado al que elijan (y puedan cesar) los obispos según su particular criterio. También apoyó la lucha, entre otras cosas, contra toda norma civil que contemple el divorcio, proporcione información a los jóvenes sobre uso de medios anticonceptivos para combatir el SIDA y para una responsable planificación familiar o que, finalmente, despenalice el aborto y no lleve a la cárcel a aquella mujer que, en determinados supuestos, decida abortar.

Respecto al epicentro de la cruzada –y si era o no sólo cosa de los obispos españoles–, tenemos forzosamente que hacer una digresión y retrotraernos al tiempo del inmediato posconcilio y a los anticuerpos y fuerzas que, con motivo del Concilio Vaticano II, se generaron en la comunidad eclesial. Para expresarlo brevemente, el Concilio abrió las estrechas puertas de la Iglesia hacia otra interpretación: libertad religiosa, respeto por otras creencias, abandono del confesionalismo de Estado, aceptación de la democracia –oficialmente condenada en el Syllabus en 1864–, reconocimiento de los derechos humanos –y creciente simpatía por los movimientos de liberación en América Latina– y diálogo con las corrientes humanísticas y la ciencia. Pero la minoría más conservadora de la Iglesia –que es la que siempre había mandado hasta entonces– no se dio por vencida y quedó a la espera del momento adecuado para recuperar el poder e iniciar un proceso de «restauración» absolutista y, a partir de aquí, ejercer como la «reserva moral de Occidente» (y en su fundamento ideológico). El momento llegó con el nombramiento como nuevo papa de Karol Wojtyla, un hombre marcado desde el inicio por el Opus Dei e identificado con su visión del mundo y de la Iglesia. Hasta tal punto es así que Juan Arias, un gran conocedor de este pontificado, dice que «la historia dirá si Juan Pablo II ha sido el Papa del Opus Dei, o bien si el Opus fue el que preparó [sus] caminos. Aunque bien pudiera ser que ambas cosas acabaran conjugándose». Curiosamente, los obispos españoles en tiempos de Pablo VI eran reticentes al Opus, pero toda su reticencia se acabó con la llegada de Juan Pablo II, hasta tal punto que el propio cardenal Tarancón dijo que muchos obispos españoles padecían tortícolis de tanto mirar a Roma. Y es en este contexto restauracionista –que afecta a toda la cristiandad– donde se comprende –y donde engrana– el lanzamiento de esta cruzada de los obispos españoles. ¿Cuáles son las «fuerzas vivas» (¿sectas?) más significativas –en España, en Latinoamérica y en el resto del mundo– con que cuenta este movimiento restauracionista? Señalaremos a continuación a las más significativas.

El Opus Dei

Hay un velo de silencio sobre él, ideal para su camuflaje. Pero existe y es poderoso (84.000 miembros extendidos por el mundo y ¡hay que ver qué miembros!). El propio Papa es su gran valedor. Antes de entrar en el Cónclave en el que fue elegido papa fue a rezar –en un gesto altamente significativo– ante la tumba del «Padre» (Escrivá de Balaguer, el fundador) en busca de intercesión. y fue elegido Papa. Mucho antes, el Opus ya había dado su apoyo al que entonces era arzobispo de Cracovia, invitándole a congresos en Roma en donde se diera a conocer y organizándole, ya entonces, viajes por todo el mundo –el Opus también había prestado una gran ayuda a Lech Walesa y al sindicato Solidarność–. Al acceder Wojtyla al papado, los puestos clave fueron para elementos próximos al Opus: el español Martínez Somalo, Sustituto de la Secretaría de Estado; Palazzini, Prefecto de la Congregación de las Causas de Santos (quien logró que en sólo 17 años después de su muerte, Escrivá fuese declarado Beato, algo jamás visto hasta entonces); el colombiano López Trujillo, enemigo acérrimo de la Teología de la Liberación; el chileno Medina Estévez, legitimador del general Pinochet; el español Joaquín Navarro Valls, miembro numerario del Opus, director de la Oficina de Prensa (control opusdeísta del poder mediático del Vaticano); Ratzinger, prefecto de lo que antes se conocía como Santo Oficio –la Inquisición– y ahora se denomina Congregación para la Doctrina de la Fe y doctor honoris causa por la Universidad de Navarra, del Opus; y, sobre todo, Angelo Sodano, secretario de Estado del Vaticano, anteriormente nuncio en Chile y gran amigo de Pinochet –preparó el viaje del Papa a Chile en 1987, rompiendo el aislamiento internacional del dictador e intercedió por él ante el gobierno británico, frente a la solicitud de extradición hecha por el juez Garzón (y lo hizo sin consultar al episcopado chileno)–. Este Papa, en una palabra, ha elevado a categoría de Diócesis Universal al Opus Dei, desligándole de la autoridad del episcopado, ¿qué más le podía conceder?

Escrivá de Balaguer

Escrivá de Balaguer

En España, a título de ejemplo, son miembros o simpatizantes del Opus ex ministros del gobierno Aznar como Isabel Tocino, Federico Trillo, Margarita Mariscal, Loyola y Ana de Palacio y Juan Manuel Romay Becaria. También hay que citar a Carlos Aragonés, ex jefe del Gabinete de Presidencia; Jesús Pedroche, ex presidente de la Asamblea de Madrid; y el ex fiscal general, Jesús Cardenal. En el ámbito de la Banca, destacan los hermanos Valls Taberner.

Como muestra de la fuerza del Opus, baste sólo considerar la ceremonia de la canonización de su fundador, san «Josemaría», del 6 de octubre de 2002 en la plaza de San Pedro. A ella asistieron más de 300.000 devotos de 84 países –la tercera parte, españoles–, con delegaciones de 17 gobiernos. Destacó la representación oficial española presidida por la ministra de Exteriores Ana de Palacio, ataviada con peineta y mantilla, de rodillas ante el Papa; también asistió el ministro Michavila, la esposa de Jordi Pujol Marta Ferrusola, Federico Trillo, Isabel Tocino, Jesús Cardenal, Jorge Fernández Díaz, Álvarez del Manzano, Loyola de Palacio… La ceremonia contó con la más amplia cobertura informativa, tanto en prensa como en radio y televisión. Televisión Española le dedicó dos horas y cuarenta minutos, mucho más que al debate parlamentario sobre los presupuestos del Estado realizado en aquellos días –y frente a la airada (e inútil) protesta de consejeros de RTVE de los partidos de la oposición–. Quedó claro para todos que el Opus procura siempre dar una imagen de sí que refleje su poder y su alianza con las clases más pudientes, además de su total identificación y compromiso con el proyecto del «restauracionismo» católico.

El Camino Neocatecumenal

Kiko Argüello

Kiko Argüello

Fundado en 1964 en Madrid por Kiko Argüello, un pintor de 25 años que ejercía de predicador en los Cursillos de Cristiandad –que tanto peso tuvieron en el nacionalcatolicismo de los años cincuenta–, y Carmen Hernández, una ex religiosa. Contaron desde el principio con el aval de Morcillo. Con motivo de la aprobación de sus estatutos, el 20 de Octubre de 2002, Kiko expresó un total agradecimiento a los obispos madrileños Morcillo, Suquía y al cardenal Rouco, pero criticó en público al cardenal Tarancón por no haberle apoyado en su día. Los kikos –así se conoce a sus seguidores– son considerados el ala más conservadora del catolicismo en España. Valga como muestra, alguna de las exclamaciones «predicadas» por su fundador –convocado en noviembre del 2003 (V Congreso de Católicos y Vida Pública) por la Asociación Nacional de Propagandistas y la Fundación San Pablo-CEU de Madrid para hablar en la universidad sobre «La belleza que salva al mundo»–: «El ser más profundo del hombre está muerto». Y, arremetiendo contra la Teología de la Liberación, «iUn horror! ¡Sólo el Tercer Mundo y los pobres! ¡Como si el hombre no tuviera espíritu! […] ¡Matan a los ancianos con eutanasias en Holanda y hay homosexuales por todas partes, los jóvenes se suicidan, hay 300 millones de abortos en China y los padres tienen dos hijos, cuando, por la paternidad responsable que dicen los curas, deberían tener once o doce, los que Dios mande!». Los kikos cuentan con más de un millón de seguidores, dispersos en cinco mil parroquias de ciento cinco países, cuentan con cincuenta y dos seminarios (1.500 seminaristas), y desde 1989 han ordenado a 731 sacerdotes, todos al servicio del programa de «La Nueva Evangelización» de Juan Pablo II. Kiko y Carmen residen habitualmente en Roma, como grandes fundadores. Según el teólogo Tamayo, «Carmen Hernández tiene acceso al Papa a cualquier hora del día o de la noche, incluso después de cenar, cuando en el Vaticano el silencio es sepulcral».

Legionarios de Cristo

Marcial Maciel con Woytila

Marcial Maciel con Wojtyla

Es una organización fundada en México por Marcial Maciel. Éste llegó a España en 1946 –en plena ebullición nacional católica– y, de la mano de Martín Artajo, entonces ministro de Exteriores de Franco –y también, dirigente de la Asociación Nacional de Propagandistas–, logró presentarse en Roma y entrevistarse con Pío XII. La propagación de su obra se extendió por todo el mundo, pero fundamentalmente en España, Italia y Latinoamérica. Entre sus seguidores figuran Ana Botella y los ex ministros del PP, Michavilla y Acebes. Cuentan también con numerosos socios entre las clases acomodadas, entre las que organizan fiestas sociales, realizan un intenso proselitismo y buscan fuentes de financiación. Se reúnen habitualmente con obispos como el cardenal Ricard María Carles –muy afín a ellos–. Asimismo, en el arzobispado de Madrid llegaron a tener gran influencia por medio de su periodista Alex Rosal, durante el mandato del anterior arzobispo, Ángel Suquía. «Rosal –afirma Martínez Velasco estuvo también al frente del gabinete de información de la Conferencia Episcopal Española cuando Suquía fue su presidente […] es también el responsable de las páginas de información religiosa del diario La Razón [ … ]; es director de la colección de temática religiosa Testimonio, de la Editorial Planeta, director de la agencia de comunicación Kairos Media y uno de los dos responsables en Madrid del diario católico en Internet E-Cristians, que inició su andadura en Barcelona». El mismo autor afirma que, según se autoproclaman, los «E-Cristians en Madrid tienen una dilatada experiencia en lides culturales y en hacer presente «el pensamiento cristiano» […]; que su periódico (ha sido) fundado con el patrocinio y apoyo de varias asociaciones-organismos: el arzobispado de Barcelona, el movimiento Comunión y Liberación y el Regnum Christi (Legionarios) […] (en busca) del enfrentamiento cultural, social, cívico y político con la laicidad militante». El autor comenta una polémica que inició con ellos el diario El Mundo, al informar, el 27 de diciembre de 2001, de la concesión de cinco millones de pesetas por la Generalitat de Catalunya a una web cristiana de un concejal de Convergencia i Unió. Unos se defendieron alegando que se trataba de «ayuda para promover la presencia de la concepción cristiana en el espacio público […] [y que] éste es el objetivo de la asociación E-Cristians, creada en abril y liderada por el concejal de CiU, Josep Miró i Ardévol» –se cita, como dato del donativo, el Diario Oficial de la Generalitat de 2 de noviembre de 2001– y El Mundo criticaba a Ardévol y aireaba «el intento de E-Cristians de influir en la programación de la televisión autonómica TV3 y de la política de subvenciones de la Generalitat». Otros rotativos, como El País y El Periódico de Catalunya se sumaron a las críticas. E-Cristians se defendió hablando, entre otras cosas, de «la laicidad ideológica, autoproclamada categoría superior de la humanidad, que desde su pedestal juzga y condena […] y (afirmando) que, la Dirección General de Asuntos Religiosos de la Generalitat siempre ha dado soporte a la iniciativa social y ciudadana que es E-Cristians».

Otros papas, Pío XII y Pablo VI, apoyaron también, dentro de otros contextos históricos, a Maciel. Pero su gran valedor fue Juan Pablo II, dentro de un claro proyecto «restauracionista» en clave anticonciliar. Para entenderlo, puede ser útil comprobar las coincidencias que existen entre Maciel y el Papa en cuanto a su visión de las cosas: ambos ven en el mundo una «crisis de fe gigantesca» –según palabras del cardenal Rouco pronunciadas el 30 de Septiembre del 2004 ante trescientos legionarios de Cristo, convocados en su Universidad Francisco de Vitoria en Madrid–. El Papa piensa que para resolver esta crisis no puede contar con las órdenes religiosas tradicionales, especialmente con los jesuitas, cuyos teólogos fueron protagonistas de las reformas conciliares tendentes a un diálogo de la Iglesia con el mundo y con la ciencia. Lo que él busca es una involución, una contrarreforma que haga frente a corrientes como la que se da en ciertas áreas como Latinoamérica, donde su Segunda Conferencia Episcopal (Medellín, 1968) institucionalizó la Teología de la Liberación y las llamadas iglesias populares. O en Europa, donde hay que actuar contra los «curas obreros» (si quedan) y frente a movimientos de base al estilo de Somos Iglesia o contra teólogos que apelen al reformismo conciliar del Vaticano II. Para afrontar esta ingente tarea de desmantelación y restauración, hacen falta organizaciones fundamentalistas hechas a medida de este Papa, movimientos espirituales que proyecten en los cielos platónicos a un dios desconectado de los problemas reales de la gente de carne y hueso, aunque con un claro propósito de imponerles coactivamente (incluso a los no creyentes) el código tradicional sobre sexo, divorcio y familia. Movimientos que, a su vez, acostumbran a estar en buena sintonía con dictadores al servicio de intereses económico-políticos muy concretos, en especial en América Latina, donde la práctica del cristianismo encarnado en las iglesias populares, se percibe como contrario a los intereses de los poderosos, por lo que urge su desactivación. Y, así, nos encontramos con una guerra entre dioses en la que cada uno –o cada respectiva idea de Dios– influye en la vida real de los seres humanos: el Dios de la Teología de la Liberación y el Dios contrario a esa teología.

Es en este contexto en el que aparece Marciel, y con él los nuevos cruzados del Papa, dispuestos a la «Nueva Evangelización» del mundo y a la reconquista de América. Así lo explica el propio Maciel:

«Desde 1968 en la ciudad colombiana de Medellín, la Conferencia Episcopal de América Latina, CELAM, reconoció oficialmente la existencia de la denominada Teología de la Liberación (mientras los estudiantes protagonizaban en París la revuelta del Mayo francés); ese grupo anticatólico, ateo, de masones contra la fe católica, contra Cristo y la Iglesia se propusieron en primer lugar destrozar la familia; corromper a la mujer y a la niñez; crear el mayor problema posible en la confrontación de razas y culturas. Ustedes, desgraciadamente, han podido comprobar que se han metido dentro de la Iglesia Católica y cómo enseñan como verdad elementos de la doctrina que no lo son. En la destrucción de la familia son ustedes testigos de lo que han logrado».

La coincidencia entre Maciel y el Papa es total. Así se explica que éste le siga apoyando pese a las evidencias de que en Maciel se da una grave contradicción entre su ideología puritano-oscurantista sobre sexo y su comportamiento en la vida privada, salpicada desde hace años por numerosas acusaciones de pederastia cada vez más difíciles de ocultar (pese al total apoyo vaticano). Según JGB,

«las acusaciones de pederastia persiguen desde sus inicios a los Legionarios de Cristo […] Es precisamente en [sus] seminarios donde ocurrieron los casos de pederastia desvelados ahora en un libro que recoge documentos secretos de la congregación y de su movimiento de laicos […] Fueron las víctimas quienes tomaron la iniciativa de relatar los abusos sexuales de que fueron objeto […] (Caso) Alejandro Espinosa, ex legionario, víctima denunciante de abusos sufridos causados por Maciel […] relata cómo fue violado por sacerdotes durante la semana santa de 1991, cuando tenía 13 años. Ocurrió en el centro vocacional (seminario menor) de Ontaneda, en Cantabria» (El País).

El problema para el Vaticano sería nulo si tal pederastia no existiera. En caso de existir –cuestión que está en manos de los tribunales civiles–, cabría pensar que entra en contradicción con la doctrina sobre sexo que Maciel propaga en su cruzada contra la supuesta inmoralidad reinante por el uso de anticonceptivos. También habría que preguntar dónde está la «inmunodeficiencia moral» de que acusa el Vaticano al mundo actual. Y, finalmente, aunque ello es un problema que afecta sólo a la jerarquía eclesiástica, cabría preguntarse si, en el supuesto de que las desviaciones sexuales abunden en el clero, sería aconsejable cuestionar la norma del celibato obligatorio y empezar a considerarlo un posible caldo de cultivo de ciertos males endémicos. Aunque también es cierto que, quizás, el estudio a fondo de esta cuestión obligaría a reconsiderar la vieja doctrina de esta Iglesia sobre el sexo, base principal de toda esta nueva cruzada. Pero, por lo que parece, la jerarquía de la Iglesia considera que lo más práctico es dejar las cosas como están, sobre todo si ciertas prácticas se pueden seguir silenciando para mantener una imagen honorable.

Jaume Barallat es doctor en Historia por la Universidad de Barcelona. Es autor de dos libros de investigación: L’Església sota el franquisme (Lleida, 1994) y Devotes, croats i militants (Lleida, 1996), y una autobiografía literaria: Adéu, gabia deis miralls! Ventures i desventures d’un excapella (Barcelona, 2001).

Publicado en Polémica, n.º 83, enero 2005

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