La huelga de ebanistas de 1932-1933. Un ejemplo de acción sindical revolucionaria

Juanjo GALLARDO

emblema_cnt_hercules_leonQueremos, con el trabajo que sigue, exponer experiencias de un sindicalismo revolucionario, dominante en España en otros periodos de nuestra historia. No pretendemos que sirva como ejemplo para hoy, pues la situación es muy distinta, pero sí creemos que se pueden mostrar algunos aspectos de su acción que no deberían olvidarse, como, por ejemplo, la clara conciencia de que la dignidad del trabajador no pasa por vender más cara su fuerza de trabajo, sino por liberarse de la dependencia personal que el salario supone. No existe la libertad sin la ruptura de esta dependencia. Una muestra de este tipo de acción sindical nos la ofrece la huelga de ebanistas impulsada por el Sindicato de la Madera de CNT en 1932. Seguiremos principalmente la estrategia sindical, las formas de autoorganización, la naturaleza de las reivindicaciones, los problemas a los que se enfrenta el Sindicato, etcétera.

Este Sindicato era uno de los más importantes de Cataluña, contando con 10.500 afiliados, de los cuales casi 4.000 lo eran de la sección de ebanistas. Este sector se componía de numerosísimas unidades de producción de pequeño tamaño y estaba en una acelerada recomposición tecnológica, produciéndose un desplazamiento creciente, debido a la mecanización, del obrero-artesano del mueble por obreros sin cualificación profesional. Este fenómeno llevaba incorporado un cambio en la correlación de fuerzas entre patrón y obrero. Un obrero-artesano estaba en mejores condiciones para presionar al patrón y hacer valer su participación en la producción, porque su labor especializada era difícil de sustituir, mientras que un obrero-apéndice de la máquina era más fácilmente sustituible, reduciéndose, por tanto, su importancia en la producción, así como su autonomía y su capacidad de organizar el trabajo como mejor le conviniese. No se ha de descartar este factor al analizar el alto grado de combatividad de los ebanistas. Paralelamente se estaba produciendo un incremento acelerado del paro, que alcanzaba, según datos sindicales, a más del 20% de los trabajadores del sector, unido a una creciente explotación de los trabajadores de los pequeños talleres, única forma que tenían sus propietarios de competir con los talleres más grandes que se modernizaban.

Los ebanistas presentaron su reivindicación a la patronal (Colegio de Artífices) el día 9 de noviembre de 1932. No pedían subida salarial, sino dignificación profesional y moral que, para ellos, pasaba por: reducir la semana laboral de 48 horas a 44 horas; que las herramientas fuesen costeadas por los propietarios; y, finalmente, la eliminación de las fiestas intersemanales excepto el 1 de mayo (tengamos en cuenta que día no trabajado era día no cobrado y que la mayoría de las fiestas eran religiosas).

La patronal no aceptó la negociación con el sindicato de la madera y derivó el litigio hacia los Jurados Mixtos. Estos organismos habían sido creados por el ministerio de Trabajo –Largo Caballero– pretendiendo ser un instrumento de conciliación y consenso que evitara el conflicto. En ellos estaban representados paritariamente obreros y patronos, con un presidente nombrado por instancias gubernamentales y que poseía el voto de calidad. Al acudir al Jurado Mixto, la patronal introducía un elemento de graves consecuencias, pues era consciente de que la CNT rechazaba estas instituciones arbitrarias y planteaba la acción directa, es decir, negociaciones entre obreros y patronos implicados en el conflicto sin intermediación de terceros, lo que suponía no aceptar la legislación laboral impuesta desde el Estado. El conflicto se convertía, de esta manera, en un pulso de fuerza eminentemente político entre dos bandos: la patronal, las autoridades (Gobierno Civil, Jefatura de Policía, Generalitat, Gobierno…), la UGT y el PSOE, situados en defensa de la Ley de los Jurados Mixtos y, por otro lado, la CNT, interesada no sólo en la victoria de las reivindicaciones planteadas, sino en demostrar la inviabilidad de una legislación laboral que consideraba se realizaba con la intención de obstaculizar la acción cenetista en beneficio de la ugetista.

En esta situación la huelga no pudo ser evitada y se inició el 14 de noviembre, alargándose hasta el mes de abril de 1933.

Existía en los militantes anarcosindicalistas una clara conciencia de que la emancipación de la clase obrera era sólo posible mediante un directo enfrentamiento social y económico con la burguesía. Este espíritu se concretaba en la acción en el momento en que estallaba el conflicto laboral. El problema no consistía sólo en la conquista de las reivindicaciones presentadas, sino en que era un momento más de la lucha revolucionaria contra el sistema burgués. El combate debía ser directo y sin intermediarios. Era fundamental que la conquista de las reivindicaciones se realizase manteniendo intactos los principios ideológicos sobre los que funcionaba la organización: la acción directa.

Lo importante era el triunfo de una forma de acción sindical, aunque fuese un triunfo parcial. Esto era así porque se consideraba que la lucha reformista adormecía al proletariado y, en el fondo, todo combate concreto era sólo una contribución más al combate decisivo y una preparación del obrero en el camino hacia la revolución. En la huelga, el obrero se fortalecía, se endurecía y consolidaba sus principios revolucionarios: «Nuestras reivindicaciones sociales única y exclusivamente tienen consistencia cuando, arrancadas eficazmente de las prerrogativas y privilegios burgueses, anulan paulatina pero continuamente su poderío de clase opresora, poniendo a disposición de todos lo que en virtud de leyes anacrónicas sólo es patrimonio exclusivo de unos cuantos».)1 Estos métodos de acción sindical, al tomar parte de un objetivo más amplio, pues cuestionaban el orden social existente, se encontraron con una radical y poderosa oposición en diferentes frentes:

  • La intransigencia patronal. Lo importante para ella no era si las bases obreras eran asumibles o no, negociables o no, lo importante era la derrota del adversario directo al que había que agotar por cansancio y hambre alargando al máximo el conflicto. Con ello pretendían debilitar al movimiento obrero revolucionario y desprestigiar sus tácticas de lucha. Y es que la patronal, al dirigirse al Jurado Mixto, mostraba una actitud de no reconocimiento del sindicato como ente representativo de los trabajadores, con la clara intención de des legitimarlo como portavoz de los mismos. Otro aspecto de su actuación consistió en la presión y amenazas de boicot a aquellos empresarios que llegaran a un acuerdo particular con el Sindicato, rompiendo el frente patronal. No hay que decir que el Colegio de Artífices contó con el apoyo incondicional de la gran patronal catalana del Fomento del Trabajo Nacional, y con el de la mayor parte de la prensa, desde la conservadora (La Vanguardia, La Veu) hasta la de sectores de ERC (L’Opinió).
  • La parcial actuación de las autoridades. El Gobierno Civil y la Jefatura Superior de Policía obstaculizaron permanentemente el proceso de autoorganización de los trabajadores: se prohibían sin motivo la celebración de asambleas en lugares públicos; se detenía a los militantes sindicales; se asaltó a mano armada el local del Sindicato de la Madera, saqueando y destruyendo sus archivos (l3-XII); permanente presencia policial en las calles de Barcelona y en las cercanías de los talleres, impidiendo la labor informativa de los sindicalistas; policías de paisano retiraban los carteles de los talleres donde se trabajaba porque sus patronos habían aceptado las bases del Sindicato; el Gobierno Civil imponía multas de 500 pesetas a los patronos que firmaban las bases obreras, etcétera.
  • La legislación laboral. Elaborada por Largo Caballero, ministro de Trabajo y secretario general de UGT, pretendía obstaculizar deliberadamente las tácticas de acción directa que proponía la CNT, de ahí la creación de Jurados Mixtos. Esto dio legalidad y legitimidad a la intransigencia patronal para no negociar directamente con el Sindicato de la Madera. El Jurado Mixto terminó por imponer unas bases que fueron rechazadas por los ebanistas (20 de noviembre): herramientas a cargo del patrón y aumento salarial de 1,5 pesetas diarias. Ni referencia a lo más importante: la reducción de jornada. A partir de esta resolución la huelga siguió desarrollándose, pero ahora era considerada ilegal, legitimando a la patronal para decidir el despido masivo de trabajadores.

La actitud de la UGT y del PSOE

El papel de UGT fue de boicot a la huelga. Su actuación no era importante porque pudiera dividirse el frente obrero ente dos formas de entender la acción sindical, ya que la UGT apenas tenía presencia en el sector, sino la utilización propagandística que la autoridad y la patronal podían hacer de las posiciones que adoptaba. Siempre podían ser presentadas como propuestas razonables y respetuosas de la ley al aceptar las resoluciones del Jurado Mixto, frente a la intransigencia cenetista que provocaba el alargamiento del conflicto y el sufrimiento de los trabajadores. El mismo Largo Caballero, en reunión con una delegación patronal que había acudido de Madrid (febrero de 1933), exigió la resolución del conflicto a base de lo acordado por el Jurado Mixto, convirtiéndose el PSOE en uno de los más importantes obstáculos para su solución:2

«Intransigente y maligna, la burguesía catalana dio largas al asunto, y con ello consiguió que Largo Caballero, enemigo de la Confederación, temeroso de que el conflicto se ganara a base de acción directa, norma que espanta a la organización amarilla de la UGT, interviniera desde el ministerio de Trabajo, y valiéndose de esto amenazara a los patronos si no solucionaban la huelga por medio de los Jurados Mixtos, verdaderas madrigueras de enchufados odiados y repudiados por patronos y obreros. La presión fue poderosa: amonestaciones en el Gobierno Civil, multas a aquellos patronos que se excedían firmando las bases, coacciones escandalosas… Toda la gama de procedimientos coercitivos fueron puestos en práctica».3

El papel de la socialdemocracia se entendía por los anarcosindicalistas como algo más importante todavía. Su función era asegurar al capitalismo la domesticación del proletariado revolucionario y convertirse en última garantía de este sistema social en bancarrota:

«El socialismo en España es el agente más perverso, el más peligroso contrarrevolucionario que tiene hoy enfrente el proletariado español».

Con esta visión del papel de los socialistas se les acusaban de ser los más interesados en hacer fracasar la huelga de ebanistas en particular y las huelgas confederales en general.

Ante este poderosísimo frente, la CNT estaba sola. Su actuación y estrategia puede ser seguida a través de los comunicados que el comité de huelga y la Junta del Sindicato publicaban diariamente en Solidaridad Obrera.

Se intentó ganar a la opinión pública demostrando con claridad que la huelga «no era por dinero», sino fundamentalmente por la reducción de la jornada laboral, pero poniendo énfasis en que el objetivo de esta reducción era combatir el paro forzoso que, como vimos, afectaba a más del 20% de los trabajadores del sector.

Un objetivo prioritario fue el combate por demostrar la falta de representatividad del organismo patronal, acusándolo de estar dominado por los grandes talleres e interesados en mantener la huelga como fórmula para arruinar a los pequeños. La CNT pretendía con ello enfrentar a estos dos grupos, cosa que consiguió, pues fueron abundantes los talleres que, en solitario y al margen del Colegio de Artífices, acudían al Sindicato a firmar las bases obreras (a mediados de diciembre casi 20 casas lo habían hecho, representando el 25% del contingente laboral del sector).

La CNT se enfrentó al reto que el Estado y la patronal le plantearon intentando demostrar con la huelga la inviabilidad de una legislación laboral que se había desarrollado contra la opinión de la organización obrera más importante de España. De esta manera, el triunfo en la huelga debía poner de manifiesto la ineficacia de la Ley de Asociaciones Profesionales y Obreras de abril de 1932 (legalizaba el control estatal de las asociaciones obreras, el listado de afiliados, sus cuentas, etc.); y, desde luego, la de los Jurados Mixtos, instituciones herederas de la dictadura de Primo de Rivera. Frente a ello, la CNT pretendía mostrar al conjunto de los trabajadores la eficacia de sus principios de acción directa. Un aspecto de interés en la estrategia de acción directa era el profundo sentido de la dignidad obrera que tenían los sindicalistas de CNT. No se establece la acción directa sólo como un derivado de la oposición a la intermediación de agentes políticos o de la intermediación del Estado, sino como un obligado reconocimiento por la burguesía del papel destacado que en la producción ejercen los obreros. Con ello se intenta hacer presente que el proletariado no debe ser considerado como un inferior por el patrón, sino como un igual con el que debe negociar de tú a tú. El proletariado no es el individuo agradecido por tener un puesto de trabajo con el que ganarse la vida, sino un agente necesario e imprescindible en el proceso productivo y el que en última instancia genera toda la riqueza social.

En la medida en que iban siendo numerosos los patronos que aceptaban firmar las bases directamente con el Sindicato, a los ebanistas se les presentaba el problema de cómo continuar la lucha sin perjudicarlos. Además, entraba en la estrategia sindical presentar a estos patronos como ejemplo de racionalidad frente a patronos intransigentes. Teniendo esto en cuenta, en una asamblea celebrada el día 24 de noviembre de 1932 en el Palacio de la Metalurgia, se tomaron acuerdos de importancia

Se decidió parcializar la huelga a partir del lunes día 28. Se debía entender por ello que se reincorporarían al trabajo los obreros de aquellos talleres que hubiesen aceptado las bases, pero siempre que no realizasen trabajos para patronos que no lo habían hecho.

Se realizó un llamamiento a los trabajadores de tiendas de muebles para que se negasen a recibir productos elaborados en talleres de fuera de la localidad que no hubieran firmado.

Se responsabilizaba a los trabajadores que se incorporaban por causa de la parcialización de la huelga para que en caso de detenciones, clausura del Sindicato u otras causas, cedieran la mitad de su jornal para seguir manteniendo el conflicto.

Por último, se acordó que la huelga sólo se daría por finalizada cuando todos los sindicalistas encarcelados por su causa estuviesen en libertad.

Estos acuerdos obligaron a establecer una estrategia para que la situación no se escapara del control del Sindicato. ¿Quiénes debían incorporarse? ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo distinguir los talleres que trabajaban porque se habían aceptado las bases de aquellos donde trabajaban esquiroles?, etc. La parcialización de la huelga obligó a demostrar la gran capacidad de organización que poseía el Sindicato de la Madera. Se estableció un estricto control sobre el mecanismo de reincorporación: los trabajadores debían acudir al Sindicato a horas convenidas para recibir instrucciones, orientarse ante la nueva situación y proveerse, por medio de un delegado de taller, de una contraseña credencial que acreditaba para poder trabajar, de lo contrario no podrían hacerlo. Los trabajadores iban siendo convocados a medida que sus talleres respectivos iban aceptando las bases obreras. Esto daba lugar a una intensa actividad en los locales del Sindicato. Por otro lado, se instruía de contraseña para la entrega de muebles en las tiendas y controlar que no provenían de talleres reacios a la aceptación de las bases. Se entregaron otras para aquellos trabajadores que debían realizar faenas fuera del taller, controlando así que no fuesen esquiroles quienes las realizaban. Si este sistema era el organizado para los trabajadores, también se hizo necesario garantizar a los patronos firmantes que sus talleres estarían a salvo de cualquier incidente con los «grupos informativos» que los recorrían para averiguar donde se trabajaba sin control sindical, o para evitar cualquier tipo de acción violenta por parte de sectores de huelguistas enfurecidos. De esta manera se invitaba a estos patronos a que pasasen diariamente por el local sindical a recoger unos carteles elaborados por el Sindicato que debían colocarse en lugar bien visible de los talleres. El cartel decía: «Esta casa ha aceptado las bases del Sindicato». No sólo decía que allí se trabajaba bajo control sindical, sino que dejaba interpretar que se trabajaba porque el patrón, haciendo caso omiso de las órdenes de su organismo (Colegio de Artífices) y del Jurado Mixto, había aceptado las reivindicaciones obreras. Eso representaba un triunfo, aunque parcial, de las tesis sindicales de acción directa. No era de extrañar, por tanto, que estos patronos fueran presionados y amenazados tanto por el Colegio de Artífices como por el Gobierno Civil, ya que su actuación elevaba la moral de los huelguistas y dificultaba la derrota del sindicato cenetista. La solidaridad fue un de los elementos fundamentales para el mantenimiento de la huelga. Los trabajadores que se incorporaban porque sus patronos habían aceptado las bases entregaban medio jornal para mantener la resistencia de los que seguían en huelga. Las aportaciones económicas llegaron de toda Cataluña: Casas del pueblo, Federaciones locales, Ateneos Libertarios, escuelas racionalistas, cooperativas de consumo… Fue fundamental no sólo el soporte económico, sino también el componente moral que incorporaba, pues el huelguista comprobaba que desde toda Cataluña se estaba pendiente de su conflicto y su ánimo para la resistencia se engrandecía a pesar de las dificultades.

Tras el movimiento revolucionario del 8 de abril de 1933 la represión cayó con contundencia sobre el Sindicato de la Madera, pues toda su Junta fue encarcelada y su local cerrado por orden gubernativa. La organización y coordinación de la huelga se hacía cada vez más difícil y el hambre comenzaba a hacer presencia en el seno de numerosas familias. Sin embargo, la resistencia continuó, hasta el punto de que el Colegio de Artífices tuvo que aceptar reunirse con el Sindicato en los primeros días de febrero. El desacuerdo fue total respecto al punto central, la reducción de jornada, pero la CNT pudo presentar esta reunión como una victoria de sus principios de acción directa. Esta reunión provocó, así mismo, el temor de las autoridades a que se pudiese llegar a un acuerdo al margen del Jurado Mixto, por lo que se amenazó con la cárcel a quienes firmaran un acuerdo «al margen de la legalidad». El propio Jurado denunció como ilegal un acuerdo con organizaciones que no estaban legalmente constituidas conformes a la Ley de Asociación Profesional, como era el caso de la CNT. El Fomento del Trabajo Nacional impulsó una reunión de Entidades Económicas de Cataluña (92 organismos patronales), reunidas el 12 de marzo, que emitieron comunicados llamando a la resistencia de los patronos ebanistas, pues apreciaban una predisposición generalizada a llegar a un acuerdo con el Sindicato. Todo fue inútil, pues aunque el Colegio de Artífices no llegó a firmar un acuerdo con los ebanistas, los propietarios, de manera individual, comenzaron a desfilar ante los trabajadores aceptando las bases sindicales. El 20 de marzo el 80 por ciento de los patronos habían firmado. El 17 de abril eran ya el 95 por ciento. La jornada de 44 horas se impuso en el sector, las herramientas correrían a cargo de los patronos, pero la eliminación de las fiestas intersemanales no estaba en manos de los dueños de talleres, sino que era competencia del Estado, sin embargo se consiguió un aumento de jornal según categorías de entre una y tres pesetas.

Así se recogía en el balance realizado dos años después: «los patronos desfilaron uno a uno, ante el Comité de huelga, estampando su firma al pie de las bases. El conflicto dio se por levantado… a las 17 semanas de huelga. Se reanudó el trabajo según nuestras aspiraciones eso es: semana de 44 horas, abolición del compromiso de costearse las herramientas los propios operarios y jornal mínimo de 12 pesetas».4 En marzo de 1936, en una asamblea del Sindicato se decía: «a pesar de la prisión y del procesamiento de la Junta y Comité de huelga y algunos militantes, la huelga se ganó. Además la huelga se ganó por la simpatía que adquirió, desde un principio, por parte de la opinión pública, por la solidaridad moral y material que le presentaron los sindicatos de Barcelona, Cataluña y de España…»5

Las consecuencias de esta dura huelga no se hicieron esperar demasiado. En agosto de 1933, cuatro meses después de finalizada, la sección de carpinteros del Sindicato de la Madera obtenía un clamoroso triunfo frente a la patronal sin apenas conflicto y mediante la acción directa, lo que permitió al Sindicato mostrar de nuevo la inviabilidad de los Jurados Mixtos; «Para alcanzar el triunfo, los camaradas carpinteros no han necesitado estos atributos reformistas del Estado. Han pactado directamente con sus patronos, y sin una incidencia, sin requisitos burocráticos, rápidamente, se llegó al acuerdo tácito».6 Significaba, por tanto, un triunfo de la acción directa. Pero la reivindicación más importante conseguida fue la creación de una Bolsa de trabajo, lo que implicaba el control del Sindicato sobre el mercado laboral. Una conquista que el propio Sindicato consideraba como arma poderosa en sus manos y que calificaba como un triunfo de la dignidad de los trabajadores: «Ningún compañero ignora el dolor que representa ir de taller en taller, implorando la limosna del trabajo. Hasta ahora eran infinidad de hombres desocupados que recorrían Barcelona durante el día, entraban en los talleres y los patronos, después de medir su persona de arriba abajo, les contestaba invariablemente: por ahora. no. Y seguía la ruta eterna de los días sin trabajo y de la imploración del mismo. La Bolsa de trabajo, por riguroso turno, dará ocupación a los trabajadores de la carpintería y serán los patronos los que tendrán que venir a solicitar sus operarios al Sindicato. No cabe exaltar más esta medida conquistada, ya que representa una victoria moral, la más firme y la más importante».7 Una vez más se mostraba que la lucha sindical cenetista intentaba arrancar parcelas de poder a la burguesía, y es desde este punto de vista que hemos de considerar su acción como sindicalismo revolucionario. Cada triunfo parcial debía suponer un avance favorable al proletariado en la correlación de fuerzas frente a la clase dominante.

NOTAS

1 Solidaridad Obrera, 9-2-1935. Se realizaban estas declaraciones en una valoración de la huelga de ebanistas realizada por el Sindicato de la Madera dos años después de finalizada.

2 Manuel Azaña en sus memorias recogía lo siguiente: «Los sindicatos de la CNT  –apuntaba el 26 de septiembre de 1931– vienen negándose a cumplir en Cataluña la legislación social. No acatan a los comités paritarios ni aceptan la inspección del trabajo. En el Consejo de Ministros hemos tenido bastantes dificultades por este motivo, y Largo Caballero ha pugnado mucho por no ceder a las pretensiones de los catalanes y por someter a los indisciplinados sindicalistas a la acción de los órganos del ministerio de Trabajo». Más adelante decía: «Tienen los socialistas un empeño muy grande en conservar el manejo de las cosas sociales en Cataluña o, mejor dicho (porque hoy no lo tienen), en asegurar a través de los órganos ministeriales una defensa contra sus terribles enemigos: los sindicatos de la CNT». Recogido en Julián Casanova, De la calle al frente, Editorial Crítica, Barcelona 1997, pp. 51-52.

3 Solidaridad Obrera, 26-3-1933.

4 Solidaridad Obrera, 12-3- 1935.

5 Solidaridad Obrera, 18-3- 1936.

6 Solidaridad Obrera, 6-8-1933.

7 Solidaridad Obrera, 6-8-1933.

Publicado en Polémica, n.º 68, abril 1999.

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