Gaza y la tragedia palestina

La invasión israelí que Gaza sufrió el  mes de enero de 2009 no fue más que un capítulo en la tragedia del pueblo palestino. Mientras Israel sigue justificando sus acciones como la respuesta a los lanzamientos de cohetes palestinos sobre su territorio, crece imparable la espiral de violencia sembrando el odio que más pronto que tarde se convertirá en nueva violencia. Seguimos a la espera de que la comunidad internacional imponga una solución que sea 10 más parecida a la paz.

Sergi CABEZA

cf388a2bde12990b890e8a78bdf074c0_XL«¿Estás loco?», me preguntó una muchacha israelí una noche de febrero de 2003. Estaba en la ciudad de Haifa y la invasión norteamericana en Irak era ya inevitable. La chica tenía miedo y no llegaba a entender cómo un extranjero podía estar en aquel lugar, convencida de que en pocas fechas los misiles de Saddam, cargados con armas de destrucción masiva, harían impacto en todos los puntos de Israel.

Aquellos días, los principales diarios del Estado hebreo anunciaban en la portada todo tipo de instrumentos capaces de aislar una habitación en caso de ataques químicos. Los editores hacían su agosto ante el espectacular auge de la publicidad y la clase política se frotaba las manos a base de inculcar el miedo a la población. Todo el mundo paseaba por las calles con mascaras de gas colgando a la espalda listas para ponerse en caso de ataque, pero pocos eran los que se preguntaban qué estaba pasando.

Desde el fracasado proceso de paz de Oslo, con el fallido estatuto de Camp David del año 2000, la sociedad israelí no cree en el entendimiento con los palestinos y da por hecho que todo el mundo la quiere destruir. Por ello, legitima todo tipo de ataques contra el enemigo. Ahora bien, en general y con honrosas excepciones, no es capaz de reconocer el daño que ha infringido a los palestinos. Lo cierto es que la historia de la construcción nacional de Israel y la desgracia del pueblo palestino van inevitablemente de la mano, pero la propaganda interior israelí hace que muy pocos sean conscientes de la miseria en que viven sus vecinos y, por tanto, simplifican la ecuación. «Nosotros nos retiramos de Gaza en 2005 y ellos se dedican a tirarnos cohetes. No ha lugar a discusión, merecen ser bombardeados».

El panorama de todo esto resulta, ciertamente, poco alentador. En las elecciones del 10 de febrero de 2010, un peligro público como Lieberman fue la tercera fuerza más votada. El personaje, ultraderechista, vive en un asentamiento de Cisjordania y hacía campaña diciendo que para acabar con el problema de Gaza, «hay que hacer como los americanos hicieron con Japón en la Segunda Guerra Mundial». Después, los ávidos defensores de Israel aseguran que ellos son la única democracia en Oriente Medio y que Hamas, también elegido en las urnas, es una pandilla de terroristas. Hace pocas fechas, Álex Hinno, miembro de la Comunidad Palestina de Catalunya, resumía perfectamente el problema: «Primero fue la OLP, después Arafat y ahora es Hamás, ¿Quién será el siguiente? No lo sabemos, pero si siguen los ataques masivos a la población palestina, cualquier movimiento que pueda venir será más extremista que el anterior.

Gaza, historia de una miseria

Uno de los aspectos que caracteriza el conflicto palestino es la división de sus dos principales territorios. Por un lado Cisjordania, que durante el periodo 1948-1967 fue administrado por Jordania, y por el otro la Franja de Gaza, que lo fue por Egipto.

La mayoría del millón y medio de gazenses, se calcula que unas tres cuartas partes, son refugiados que fueron expulsados de sus pueblos durante la guerra de la independencia israelí de 1948-49. Era el inicio del desastre palestino (Naqba), cuando miles de personas se hacinaban en campamentos situados alrededor de las principales villas de la zona. Así, el resultado del armisticio propició un tremendo aumento de la población en un espacio que no estaba preparado para ello. De sus casas ancestrales no quedan más que montones de ruinas o asentamientos israelíes. Como dijo el general de las IDF (Israel Defense Forces) Moshe Dayan en 1969, «los pueblos judíos fueron construidos en lugar de pueblos árabes. Ni siquiera sabéis el nombre de aquellos pueblos, y no os culpo porque ya no existen en los libros de historia. Nahlal creció en las tierras de Mahlul; el Kibutz Gvat en lugar de Jibta; El Kibutz Sarid se alzó sobre Huneifis […], no hay un solo lugar en este país que no tuviera una población árabe primigenia»1

Ocho campos de refugiados crecieron en Gaza: Jabaliya, Rafah, al-Shatti, Nuseirat, Khan Younis Bureij, Maghazi i Deir el-Balah. Todos ellos en pie aún hoy porque la población quiere conservar su estatus para poder volver a sus tierras algún día, tal cómo acuerda la resolución de la ONU 194 de 1948. Es en el interior de estos campos, y no en la totalidad de la Franja, donde se da la mayor densidad de población del mundo. En al-Shatti, por ejemplo, más de 80.000 personas se hacinan en un escaso kilómetro cuadrado. Mientras esto pasa, en la vecina ciudad de Beer Sheva, capital del desierto del Neguev, una importante comunidad rusa supuestamente judía se ha adueñado de los palmerales y los paisajes desérticos, matando el calor al abrigo del potente aire acondicionado que ambienta los centros comerciales.

Entre 1967 y 1993, Gaza vivió bajo la administración del poder ocupante israelí. En ésa época se construyeron los asentamientos que, previa retirada unilateral en 2005, llegaron a ser 21. Las colonias judías estaban distribuidas de tal manera que cortaban la Franja en tres. Unos asentamientos en el norte, junto al paso de Eretz; el de Netzarim en el centro y el bloque de Gush Katif en el sur, lindando con Egipto, que se extendía a lo largo de la línea de mar.

Al estar dichas colonias en la costa, la salida de sus habitantes se hacía por el lado colindante con el territorio israelí. De esta manera, las carreteras de los colonos se cruzaban con la principal carretera palestina que atraviesa la Franja de norte a sur. Cada vez que un judío quería salir cortaban el tráfico durante un largo tiempo impidiendo así la movilidad de los palestinos. Decenas de torres de control de cemento armado vigilaban el recorrido de los convoyes hebreos y formaban un sistema de vigilancia digno de George Orwell.

Fue en Gaza donde ardió la chispa que originó la primera Intifada. Una patrulla militar israelí en el campo de Jabaliya atropelló a un grupo de muchachos matando a cuatro de ellos e hiriendo a otros tantos. Era el 8 de diciembre de 1987. La población palestina, harta de unas condiciones de vida organizada con mano de hierro por el Tsahal, se alzó con más ganas que medios para desobedecer y reivindicar sus derechos en la llamada Intifada de las piedras. Su imagen más famosa, el chico lanzando piedras al tanque, conmovió al mundo y situó la cuestión palestina en la agenda de la diplomacia internacional.

Fue durante los primeros meses de la Intifada cuando se creó el movimiento islámico Hamás. Apoyado en sus inicios por Israel para provocar la escisión palestina, Hamas pretendía islamizar la vida de la población, aprovechando el descontento generalizado por sus condiciones de vida. Su ascenso fue lento pero constante gracias a su política de servicios sociales. El modo de vida islámica ganaba terreno en una población mayoritariamente laica a base de escuelas, centros sanitarios y políticas de ayuda a los más desfavorecidos. La resistencia armada, por su parte, todavía estaba en manos de la OLP.

¿Acuerdos de paz?

Con la insurgencia llegaron las negociaciones. Estas culminaron en el proceso de Madrid y los acuerdos de Oslo. La delegación palestina acudió a las reuniones sin disponer siquiera de mapas actualizados y lo que sacó fue un acuerdo de futuro que no resolvía los grandes problemas pero que reconocía su autodeterminación. El territorio, de facto, continuaba en manos israelíes y de los refugiados o la capitalidad de Jerusalén ni mención. Gaza y Jericó ejercieron de conejillos de indias y fueron los primeros lugares donde se implantaron las nuevas disposiciones de los acuerdos, que se resumían en que la nueva Autoridad Nacional Palestina (ANP) administraría a los palestinos, construiría sus infraestructuras nacionales y sentaría, en definitiva, las bases de un futuro estado independiente.

La Intifada de las piedras

La Intifada de las piedras

Fueron momentos de cierta esperanza que nunca se vieron reflejados sobre el terreno. La matanza de Hebrón en 1994, donde un colono judío mató a 29 palestinos durante el primer rezo de una mañana de Ramadán, dejaba bien a las claras que los ultranacionalistas israelíes no estaban por la labor de hacer ninguna concesión al enemigo. Los augurios más pesimistas se vieron confirmados por el asesinato de Rabin en 1995 y el ascenso al poder del halcón Netanyahu en 1996. Igualmente, la fórmula del atentado suicida empezó a ver la luz y Hamás tomaba la responsabilidad de la lucha armada.

Con la esperanza de que éstos fueran hechos puntuales, otros más graves aquejaron definitivamente el proceso de paz. Netanyahu multiplicó los asentamientos en territorio palestino, el sistema de checkpoints ahogaba la economía y la movilidad y la ANP empezaba a ser vista como una maquinaria más al servicio de ella misma que de su gente. Con tales perspectivas, la propuesta definitiva de salvar el proceso de Oslo, en Camp David 2000, era más una pantomima que una opción real. Clinton quería anotarse el punto, pero los asentamientos y el complejo sistema de carreteras que los unía, convertía los territorios palestinos en bantustanes inviables. La oferta israelí era quedarse con el control de esas carreteras y los asentamientos no se sabe a cambió de qué. Por supuesto, Jerusalén y los refugiados no cabían en el orden del día.

Segunda Intifada, el desastre

Desde el día en que Ariel Sharon subió a la explanada de las Mezquitas en Jerusalén rodeado de 2.000 policías, la vida de los palestinos no ha hecho más que ir a peor. Todo se podría resumir en destrucción, destrucción y más destrucción. Israelíes y palestinos dejaron de creer en la paz. Unos porqué tenían la falsa idea de que la oferta de Camp David era irrechazable y otros porque veían al general más sanguinario de la historia de Israel al frente de las fuerzas enemigas. Represión, toques de queda, ataques suicidas y demás castigos colectivos engendraban una lógica de violencia infrenable.

En Gaza, Hamás era ya el defensor del pueblo. El jeque Yassín, líder espiritual del movimiento, contenía aún a sus hombres armados gracias a la amistad que le unía a Arafat, asediado a muchos kilómetros de distancia. Por ello Al-Fatah conseguía mantener aún un cierto control sobre la Franja. Pero no iba a ser fácil. El asesinato de Salah Shehadeh, cofundador de Hamás, junto a 14 personas más, pocas horas antes de una tregua entre la ANP e Israel, ponía en jaque cualquier posibilidad de calma. Pocos meses antes, en marzo de 2002, impactaba en Israel el primer cohete Qassam, un vetusto artefacto que se convertiría en la nueva piedra que David lanzaba a Goliat. Desde entonces, entre 12 y 25 israelíes, según las fuentes, han muerto por su causa.

Los que estuvieron en Gaza durante aquellos años (2002, 2003, 2004) cuentan que no habían visto nunca algo tan similar al infierno. Un lugar en que el enemigo te podía ver a ti pero tú no le veías a él. Donde los soldados israelíes se dedicaban a desvelar a la población con ráfagas nocturnas. Donde se derribaban miles de casas en Rafah por motivos de seguridad. Donde disparar a los niños a la salida del colegio se convertía en un pasatiempo más. Donde la ayuda humanitaria se convertía ya en la principal fuente de recursos de la población. Ningún palestino podía salir a faenar a Israel, como hacían en los ‘felices’ años de Oslo.

En 2004 Israel acababa con dos líderes más de Hamás. El jeque Yassín y Abel-Aziz al Rantisi caían bajo el fuego de los Apaches hebreos. Si sumamos eso a la muerte de Arafat en extrañas circunstancias, el resultado es una importante falta de liderazgo entre los palestinos. Entonces Sharon decide retirarse unilateralmente de Gaza, en lo que parece un acto de buena fe. Pero detrás hay dos intenciones bien claras: primero deshacerse del tremendo gasto militar que implica mantener la seguridad de 8.000 colonos rodeados de millón y medio de personas; después limpiarse la cara a ojos del mundo para asegurarse el control y la expansión de los asentamientos de Cisjordania, que suman cerca de medio millón de colonos.

En cualquier caso el resultado de la retirada, concluida en noviembre de 2005, resultó un total desentendimiento por parte de la potencia ocupante de los destinos de los gazenses. El hecho se agravó cuando Hamás venció en las elecciones legislativas de enero de 2006 con 76 de los 132 escaños en juego. El movimiento de resistencia islámico era ya una realidad política, pero se le negó el poder. Los enfrentamientos entre palestinos hicieron sangrar a la Franja hasta que Hamás tomó definitivamente el poder a principios de verano de 2007.

Desde entonces, el aislamiento de Gaza ha sido total. La conferencia de Annapolis, en la que nadie creyó, así lo evidenció a nivel internacional. Las pretensiones de Israel, que ha convertido a la Franja en una enorme cárcel al aire libre, son las de tener al preso calladito, sin quejarse. Hamás nunca lo aceptó y continuó lanzando cohetes i desafiando al enemigo derribando la valla metálica que les separa de Egipto y construyendo túneles para abastecerse de todo tipo de productos necesarios para la vida; y también armamento. El resultado de todo ello ha sido el que todo el mundo conoce. Una invasión militar masiva, que no guerra, que ha dejado más de 1.200 muertos, un reguero de destrucción tremendo, y sobretodo la sensación de que no ha servido absolutamente para nada más que para incrementar el odio.

Casualmente la invasión ha venido antes de unas elecciones israelíes y en los (últimos días del poder despótico de George W. Bush, quien siempre alimentó la voracidad israelí durante la Intifada. A modo de autodefensa, ante el advenimiento del fenómeno Obama, la máquina sionista ha elegido al parlamento más escorado a la derecha de su historia. Si lo sumamos al poder de Hamás en Gaza, la poca personalidad política de Abbas al frente de al-Fatah en Cisjordania y el fracaso de los dos últimos «intentos de paz», léase Hoja de Ruta y Annapolis, las perspectivas de solucionar el conflicto son mínimas. Quizá menos aún.

¿Será Obama capaz de arreglar semejante desaguisado? No hay motivo para creer en ello, teniendo en cuenta que su hombre de confianza, Rahm Emmanuel, luchó con el ejército israelí. En principio, el gran orador tendrá más que suficiente con el agujero negro económico que tiene en casa como para ir a arreglar las goteras de casa del vecino. Los palestinos, entre tanto, continuarán sufriendo tal y como han hecho durante toda su vida. Lo que no esta previsto que hagan, eso sÍ, es continuar reivindicando sus derechos.

Nota

1. Discurso de Moshe Dayan dirigiéndose al público del Technion de Haifa, 4 de abril de 1969.

Publicado en Polémica, n.º 95, abril 2009

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