Rememorando a Francisco Ferrer Guardia

Félix CARRASQUER

«Y sobre todo no olvidemos que en materia de educación no hay más que un solo derecho superior a los otros y ante el cual todos deben ceder: el derecho del niño».

Francisco Ferrer Guardia

presentacionEsa frase por sí sola define sin ambigüedad el contenido pedagógico de la Escuela Moderna de Ferrer, y pone de manifiesto que todavía hoy, la aplicación de cuanto va implícito en los derechos del niño continúa siendo una necesidad urgente si queremos liberar a los hombres de los grilletes de la dominación y del egoísmo disolvente.

Difícilmente puede caer en el olvido la figura de Ferrer: en primer lugar porque el eco de su muerte a manos del fanatismo religioso y la intolerancia política, y que traspasó en su momento nuestras fronteras, promoviendo la indignación de muchos otros pueblos de Europa y también de América, no se ha apagado todavía; y en segundo lugar porque lo esencial de la Escuela Moderna que constituye el fundamento de una educación auténtica –desarrollo de la iniciativa del niño y de su sentido critico, relaciones igualitarias dentro del recinto escolar, libertad de expresión, dinámica cooperadora y de ayuda mutua–, sigue estando a cien años luz de cuanto se practica en la escuela de nuestros días, en la que los niños no pueden ser felices: en primer lugar, porque acuden a ella por mera imposición de los adultos, y en definitiva porque habiendo marchitado en flor su natural curiosidad, no adquieren el gusto por aprender y todo les aburre. En esas condiciones surge el rechazo, que experimentan tanto alumnos como profesores y que dificultando seriamente la implantación de relaciones estimulantes y armoniosas impiden la marcha hacia adelante del verdadero proceso educativo. Todo eso, naturalmente, es soportado bastante mal –con cierto sentimiento de culpa incluso– por muchos maestros, quienes con mayor o menor acuidad van tomando conciencia de su verdadera situación, sin saber cómo romper el círculo en el que se debaten.

En presencia, pues, de esta escuela, cuya función educadora parece estar tan lejos aún de la que Francisco Ferrer preconizaba para sacar a los hombres de los seculares condicionamientos, quienes no hemos perdido todavía la esperanza en el hombre, lo menos que podemos hacer es rendirle homenaje con nuestro recuerdo, ofreciendo este rápido comentario a propósito de su vida, de su obra y de su trágico final en aras de la Escuela Moderna, fruto de su inquebrantable deseo de emancipación intelectual y moral para todos los seres humanos.

Nació Ferrer –1859-1909– en Llansá, provincia de Gerona, aunque por haberse trasladado sus padres al pueblo de Alella cuando él era aún muy niño, en algunas de las biografías consta como nacido en Alella. De padres campesinos medianamente acomodados pero de familia numerosa, desde muy joven tuvo que salir de casa para ganarse la vida, siendo su primer trabajo con un comerciante de harinas, de Sant Martí de Provenzals, que era libre pensador. Esta circunstancia debió marcar decisivamente su vida; pues el patrono, valorando la inteligencia del joven, su inclinación al estudio y su voluntad para no desperdiciar frívolamente sus horas libres, lo inscribió en clases nocturnas y le fue prestando los libros de su biblioteca, con lo que en muy poco tiempo, Ferrer se hizo con un bagaje intelectual muy importante que influyó en el abandono de sus ideas religiosas y en su afán de querer transmitir sus nuevos conocimientos a quienes no tenían fácil el acceso a ellos.

Más tarde, ya casado, trabaja como revisor en la compañía de ferrocarriles, en el trayecto Barcelona-Cerbere, actuando como enlace entre los partidarios del interior y el exterior, de Ruiz Zorrilla, exiliado en París. Tras la escaramuza del general republicano Villacampa y cuyo fracaso llevó a la cárcel a muchos republicanos. Ferrer se exilia a París, donde primero trabajará como profesor de espanol y como secretario de Ruiz Zorrilla, uno de los jefes del Partido Republicano español. Pronto se introdujo en los medios anarquistas, en los que conoció a los hermanos Reclus, a Sebastian Faure, Jean Grave y otros, interesándose por sus ideas y muy especialmente por las teorías pedagógicas que propagaban, aunque en primer lugar se sintió profundamente atraido por la famosa experiencia llevada a cabo por Paul Robin, de quien tomaría –para sus propios planes– el hondo humanismo que de él se desprendía y lo más relevante de su técnica educativa.

Aquí hay que señalar que cesa sus actividades –de traductor, de profesor de español en el liceo Condorcet y de cuantas le sugería la necesidad de subvenir a las necesidades de su familia– porque el proyecto de crear la escuela de sus sueños en Barcelona estaba cerca y acaparaba todo su tiempo. Esto sucedía en 1901. Unos años antes, a partir de 1894, teniendo por alumnas a la Sra. Meunier y a su hija, y afirmándose en él cada vez más la idea de que un pueblo ignorante no puede conquistar su libertad, confía a estas mujeres su proyecto. Muere la Sra. Meunier, y su hija, que se siente identificada con el proyecto de Ferrer, lo hace su heredero. En 1901, muere también la señorita Meunier y entonces, al tomar posesión de la herencia, sin que por ello deje de conducirse de manera sencilla y austera, los medios financieros de que ahora dispone van a permitirle iniciar en España su experiencia de enseñanza laica sobre la que había fundado tantas esperanzas. Con ese objeto emprende su viaje de regreso a Barcelona, donde pondrá en pie, en la calle Bailén, su primera escuela.

Es preciso reconocer que en la España clerical de entonces y con gobiernos tan reaccionarios como los de Maura y La Cierva, se necesitaba tener un convencimiento muy profundo y una dosis considerable de valor para acometer semejante empresa. Pero Ferrer se atrevió a pesar del riesgo que para su seguridad entrañaba un desafío de tal naturaleza. No olvidemos que en su escuela –basada principalmente en la libertad y en una dinámica rigurosamente investigadora– la fe religiosa era suplantada por la exploración científica; la disciplina por una participación activa de los alumnos, quienes por la práctica del apoyo mutuo en un clima de libertad responsable se situaban en el sendero de la humana socialización. Era de suponer que el régimen de coeducación por el que se regía la escuela y en el que la propia dinámica igualitaria hace que desaparezca la humillante discriminación entre niños y niñas –hombres y mujeres más tarde– no iba a ser tolerado por las instancias políticas y religiosas. Por otra parte, nada de castigos, premios u otros privilegios… anulación de los exámenes, salidas al campo, visitas a centros industriales, etc., eran otros tantos vehículos que utilizaba la escuela para facilitar a los alumnos el aprendizaje de la vida misma y de las complejidades sociales. Todo ello en un clima de libertad y de cooperación contrario a la disciplina dictada desde arriba al objeto de garantizar la obediencia de los subordinados y el «orden» impuesto por las jerarquías dominantes.

«Hay dos maneras de enseñar –decía Ferrer–: una que embrutece al niño y que lo inhibe para siempre de toda curiosidad intelectual y otra que, incrementando sus facultades, le infunde gusto por el saber, amor a la naturaleza y entusiasmo por la vida». Pues bien, en esa otra forma de enseñar, se reconocía viendo en ella el instrumento por antonomasia para poder avanzar hacia estadios superiores de conciencia que fueran susceptibles de configurar una sociedad más adaptada a las auténticas necesidades humanas. En esa línea y consecuente consigo mismo, condenaba enérgicamente la violencia viniere de donde viniere y fuese cual fuese el motivo que la desencadenara; pero sobre todo cuando, por afectar a la libertad de pueblos enteros, era utilizada con fines revolucionarios; ya que el efecto inmediato de estas acciones violentas no es otro que el de proporcionar argumentos al Estado para justificar la represión. El resultado de la escalada de violencia que así se origina generando resentimientos y miedos recíprocos, no es otro a la postre que la implantación de estructuras totalitarias más atroces que las que se pretendía combatir. Al menos eso es lo que se deduce del análisis de las grandes revoluciones históricas, hoy de vivísima actualidad. Apoyándose en la verificación de esos procesos a lo largo de la Historia, Ferrer buscó otras vías de liberación y las halló en su Escuela Moderna: esa escuela cuya misión principal, que según nuestro gran innovador debía consistir en educar al niño en un ámbito libre de fanatismos partidistas tanto políticos como religiosos, planteaba la necesidad de dotarla convenientemente para impedir que profesores y alumnos pudieran quedar envueltos en la trama –hecha de supersticiones, convencionalismos, prejuicios y mentiras seculares sobre la que descansa esta sociedad y hace posible la reproducción de sus numerosos vicios y errores.

«Nosotros –dice Ferrer en alguna parte de su obra escrita– no proponemos más que soluciones que hayan sido demostradas por los hechos, teorías ratificadas por la razón y verdades confirmadas por la verificación de pruebas. El objeto de nuestra enseñanza es que el cerebro del individuo llegue a ser el instrumento de su voluntad. Queremos que las verdades de la ciencia brillen por su propia luz e iluminen cada inteligencia de manera que llevadas a la práctica puedan dar a la humanidad, felicidad y bienestar sin exclusión de nadie y sin privilegios odiosos.»

Ante la enseñanza libre de condicionamientos sociales y dogmas religiosos del pasado que la Escuela Moderna proponía, se comprende fácilmente que la creación de una editorial se imponía como necesidad urgente y que la actividad de Ferrer en este sentido llegaría a desplegarse con la convicción y la tenacidad que le caracterizaban. No le faltó la ayuda generosa de Odón de Buen –gran naturalista español–, la del profesor Martínez Vargas –de la Facultad de Medicina de Barcelona–, de Anselmo Lorenzo –militante de la Internacional y que tradujo al español las obras de los escritores franceses como Eliseo Reclus (sabio geógrafo anarquista), Letourneau (doctor y biólogo de renombre) y otros estudiosos de prestigio universal.

El movimiento iniciado por Ferrer se extiende por diversas provincias de España. La prensa de la Escuela Moderna se enriquece con nuevas publicaciones. Un despacho central más grande se abre en Barcelona y una nueva revista mensual, La Escuela Renovada, se edita a partir de 1908. Las ideas ferrerianas sobre la educación eran acogidas favorablemente y, en ocasiones, adoptadas con verdadero entusiasmo. Una cincuentena de escuelas se habían creado en menos de cinco años y 30 volúmenes constituían ya el fondo de edición de la Biblioteca de la Escuela Moderna. Es durante este período cuando las calumnias contra Ferrer no cesan de circular por todo el ámbito español; aunque la difamación revestirá su mayor virulencia cuando se produce el atentado de Mateo Morral contra los jóvenes Reyes en su desfile nupcial –31 de Mayo de 1906– y que los poderes públicos aprovechan para secundar a la Iglesia –furiosa por el incremento de la enseñanza y propaganda racionalistas– cerrando las escuelas ferrerianas y utilizando la calumnia y la mentira para acusar a Ferrer de ser el instigador de aquel hecho luctuoso, y meterlo en la cárcel.

Después de 13 meses de encierro, que Ferrer aprovecharía para escribir su libro La Escuela Moderna, se desarrolló el proceso, del que pese a las peticiones de pena de muerte que un tal Manuel Becerra –ministro con la regencia de Doña María Cristina– reclamaba con inusitada violencia, el acusado fue declarado inocente y puesto en libertad gracias a la protesta unánime de los sindicatos europeos y de los intelectuales de medio mundo. Pero Francisco Ferrer no se cruza de brazos. Viendo el desaguisado que sus adversarios habían cometido, se plantea muy conscientemente dirigir su atención y su actividad a enriquecer la editorial y la revista y a crear la Liga Internacional para la Educación Racional de la Infancia, con ánimo de llevar al ámbito escolar de las demás naciones las ideas de ciencia, de libertad y de solidaridad y de colaborar a niveles internacionales en el estudio de los métodos más apropiados a la sicología del niño. Para alcanzar su triple objetivo, vuelve a París donde se pone en contacto con sabios y profesores; visita Bruselas, donde la Escuela Renovada se edita en francés a la vez que la misma edición se publica en Barcelona en español.

En carta fechada en Londres el 11 de junio de 1909, Ferrer expone a su amigo Albert, de París, su intención de regresar a España con el objeto de visitar a un familiar enfermo, y el 17 se encuentra ya al lado de su familia. Entretanto se produce en Barcelona la insurrección de la Semana Trágica, después de numerosas protestas contra el Gobierno de Maura con motivo de la guerra desencadenada contra el Rif, en Marruecos, y la llamada a filas de hombres granados, muchos de ellos casados y con hijos a su guarda. La represión fue terrible, y como en anteriores ocasiones, en la prensa reaccionaria se señalaba a los culpables. Entre ellos, ¿cómo no? a Francisco Ferrer, a quien la policía no tardaría en detener y llevarlo a la carcel; aunque esta vez no para soltarlo sino para ser fusilado en los fosos de Montjuic, un fatídico día de octubre de 1909. Antes de detenerlo, sin embargo, entraron a saco en su casa de Montgat y cargaron además de otras cosas, con un preciado botín: los fondos de librería de la Editorial –110.000 volúmenes–. Había sido juzgado de la forma más arbitraria que pueda darse, y condenado antes de que la protesta internacional, que iba llegando de muchos lugares del Mundo, se dejara oír. Que fue juzgado sin las garantías de la defensa, queda reflejado diáfanamente en esta frase de su defensor: «Me encuentro ante un proceso terminado sin que la instrucción, en busca solamente de cargos, haya buscado una sola vez la verdad». Así habla el Capitán Francisco Galcerán, abogando por Ferrer Guardia el 9 de Octubre de 1909.

Lo que no pudieron impedir sus verdugos es el hecho de que la Escuela Moderna tuviera tan hondas repercusiones en muchísimos pueblos de Occidente; pues tenemos noticia de que las hubo en Bruselas, Lausana, en varios departamentos franceses, en Londres, América del Sur y en América del Norte sabemos que las hubo desde el Estado de Washington hasta Filadelfia; destacando el hecho de que en el ámbito rural de este último, hace tan sólo ocho o diez años, aún se hallaba en plena actividad una de estas escuelas. Y no hablemos de España, en donde al impulso de la Confederación Nacional del Trabajo, el número de escuelas racionalistas –así eran designadas por la CNT las escuelas de inspiración ferreriana han podido alcanzar en situaciones óptimas un número aproximado de 200, todas ellas subvencionadas y patrocinadas por los sindicatos cuando no por los Ateneos Libertarios; aunque estando sometidas a los vaivenes que al ritmo de las vicisitudes sindicales se iban produciendo, a tenor de la represión de que eran objeto los trabajadores, podían quedar clausuradas simultáneamente ambas instituciones. No obstante, como el ave Fénix, renacían de nuevo aquí y allá como fiel testimonio del empeño que tenían puestos los trabajadores en educarse y educar a sus hijos siguiendo la estela que había dejado nuestro recordado y admirado Francisco Ferrer Guardia.

Publicado en Polémica, n.º 40, enero 1990

En el Dossier Ferrer Guardia

La ejecución de Ferrer Guardia

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