Michele Schirru. El anarquista que intentó matar a Mussolini

Giuseppe GALZERANO

Michele Schirru

Michele Schirru

Los estudios dedicados a reconstituir la contribución del anarquismo italiano a la lucha para derrocar a la tiranía fascista, y a la sangre vertida en la empresa, son muy pocos. La reciente reedición del libro de Giuseppe Fiori, Vita e morte di Michele Schirru, publicado por primera vez en 1983, llena una laguna en la historiografía de Italia, y aporta el testimonio de una vida dedicada a la lucha contra la opresión fascista, en una reconstitución de la trayectoria política y humana de Michele Schirru, uno de los tantos olvidados que pagó con su vida, en 1931, la intención de matar a Benito Mussolini.

Giuseppe Fiori ha puesto mucha pasión al relatar la vida de su compatriota, el anarquista sardo Michele Schirru, acumulando documentos y testimonios para describir la figura generosa del idealista que sacrificó su propia vida en el deseo de liberar al país de la tiranía.

El caso de Michele Schirru es a la vez un ejemplo de la inconmensurable barbarie en la cual se sumió el fascismo, y de la aberración de una denominada justicia: fue condenado a ser fusilado y ejecutado rápidamente porque tuvo la intención –como confesó con orgullo– de matar al Duce.

Michele Schirru, llegado de los Estados Unidos, como había hecho años antes Gaetano Bresci, se pasea por Roma, visita las excavaciones, y espera la ocasión para pasar a la acción.

Gaetano Bresci llegó a Italia procedente de Paterson, Nueva Jersey. El 29 de julio de 1900 disparó tres veces contra Humberto 1 que visitaba Monza. La muerte del rey fue instantánea. Bresci fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad. Murió en el penal de Santo Stdano, probablemente «suicidado» por la policía, el 22 de mayo de 1901.

Gaetano Bresci llegó a Italia procedente de Paterson, Nueva Jersey. El 29 de julio de 1900 disparó tres veces contra Humberto I que visitaba Monza. La muerte del rey fue instantánea. Bresci fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad. Murió en el penal de Santo Stdano, probablemente «suicidado» por la policía, el 22 de mayo de 1901.

Fue detenido cuando se encontraba tranquilamente en un hotel en compañía de una mujer. Entonces confesó que había PENSADO matar a Mussolini. Pero un crimen, para ser considerado como tal, debe tener, como mínimo, un comienzo de preparación y de ejecución, de intento, porque en este mundo no siempre la ASPIRACION CRIMINAL se convierte en HECHO CRIMINAL. En el código penal no se sanciona al que PIENSA matar a alguien.

Michele Schirru es un joven anarquista, de origen sardo, pero ciudadano de los Estados Unidos. Nació el 19 de octubre de 1899 en Padria, provincia de Sassari, y desde muy joven se compenetró con el ideal anarquista, que en su país profesaba un nutrido grupo; divulgaba publicaciones anarquistas y anticlericales. Participó en la guerra mundial porque algunos anarquistas, entre ellos Kropotkin, la conceptuaron como «guerra de liberación de los hermanos oprimidos». A su batallón se le encomendó, en agosto de 1917, la tarea de reprimir en Turín manifestaciones obreras contra la guerra, las privaciones y la miseria. Cuando llegó el ejército, los manifestantes se protegieron detrás de barricadas, pero estas fueron destruidas con los carros de combate y sus defensores diezmados con fuego de ametralladoras. Schirru tuvo entonces una visión bien clara de lo que puede ser una guerra civil.

Después del armisticio, Schirru participa en manifestaciones junto con los trabajadores, a pesar de vestir todavía el uniforme militar, por lo cual es detenido en julio de 1919, pero tuvo la suerte de no ser juzgado por un tribunal militar. Cuando salió en libertad fue licenciado, regresó a Cerdeña y no consiguió encontrar trabajo.

Políticamente «se volvió peor que antes», como decía su hermana Antonietta, secretaria del fascio, que renegó del hermano y lo llenó de lodo, definiéndolo como «triste héroe», para congraciarse con el régimen; llegó incluso a pedir que le cambiaran el apellido, arrodillándose ante el Duce, en un vergonzoso mea culpa, cuando un hombre de su propia sangre, nacido de la misma mujer, ha sido detenido. Es también Antonietta la que declara que al poco de llegar a América –donde emigró en 1920 para reunirse con el padre que también había emigrado– Michele reanudó la frecuentación con ¡os anarquistas, por lo que ella tomó la decisión de no escribirle más y de «olvidarlo totalmente».

En los Estados Unidos, Michele Schirru participó en las actividades del movimiento anarquista, y en la campaña en favor de Sacco y Vanzetti, por lo cual fue detenido.

En 1925 se casó con la joven anarquista, de origen siciliano, Minnie Pirola, con la que tuvo dos hijos: Lela, que a los ocho años murió arrollada por un camión, y Spartaco, que no siguió el ideal de su padre y fue oficial de las fuerzas armadas norteamericanas. Minnie, en cambio, vivió en Nueva York hasta su muerte, acaecida a mediados de los años 80. Trabajaba de costurera y «orgullosa e irreductible –escribe Fiori– rechazó, después del fusilamiento de su compañero, la ayuda financiera de amigos y compañeros».

Michele Schirru se había nacionalizado estadounidense; vendía fruta en el mercado y podía vivir sin agobios. Colaboraba en publicaciones anarquistas como L’ Adunata dei refrattari y con frecuencia enviaba ejemplares de este periódico al país natal, donde eran regularmente confiscados. Por este motivo, en 1929, las autoridades italianas lo incluyen en su fichero político, con la anotación –dice Fiori– de «enemigo de la patria». El consulado de Nueva York, por su parte, dice que Michele Schirru es «atentamente vigilado». Sin embargo, se trata de un ciudadano norteamericano.

En febrero de 1930 deja a su mujer (de 25 años) e hijos (Lela de cuatro años y Spartaco de tres) para regresar a Europa: pasa por París, donde permanece 40 días, y entre otros anarquistas italianos conoce a Emilio Lusso, que ha logrado escapar al confinamiento, burlando por enésima vez la atención especial que le dedica el fascismo. Lusso también es sardo y había sido diputado. Ambos llegan a la conclusión de que para terminar con la tiranía es necesario matar al tirano. Michele Schirru, desde París viaja a Apt, departamento del Vaucluse, para saludar a sus padres, también emigrantes.

Un confidente de Nueva York (en el universo antifascista abundaban) informó al jefe de la policía, Arturo Bocchini, que el «conocido anarquista» tiene malas intenciones: debe realizar una empresa peligrosa en Milán y ha escrito una carta a un compañero para recomendarle a su hijo, que en el caso de su muerte «fuera educado en los principios anarquistas».

Y a partir de ahí comienza la caza al hombre. Schirru debe ser capturado a toda costa. Tras su pista se lanzan numerosos espías, los cuales, para conseguir informaciones, van hasta Apt, pero la madre consigue despistarlos.

El confidente norteamericano habló de «empresa peligrosa», y para Bocchini esta frase significa «atentado contra el Duce» que debe realizarse en Milán, en el mes de mayo, en el curso de una visita que debe realizar Mussolini, bien rodeado de agentes, para impedir cualquier eventual atentado.

Pero el problema reside en que nadie, o casi nadie, conoce a Schirru y en su ficha de filiación no figura ninguna fotografía. ¿Cómo reconocerlo? Un carabinero sardo que lo había conocido, dice poder reconocerlo.

Schirru, mientras tanto, con un pasaporte legal a su nombre, se encuentra en Italia desde el mes de abril; habiendo cruzado la frontera en Domodossola, mezclado a una comitiva de enseñantes británicos, pasó sin despertar sospechas, cuando toda la policía de Italia y de Europa lo buscaba, y todos los puestos fronterizos estaban en estado de alerta.

Schirru circula por Italia, imperturbable. En una de sus cartas dice: «el pueblo murmura en todas partes, los impuestos son enormes… Los diarios, cuando se ha leído uno se han leído todos, nada los distingue». Comenta que «Italia es un país encantador, pero que los hombres hacen inhabitable». En una carta a Raffaele Schiavina, de L’Adunata dei refrattari, dice:

He podido comprobar que el pueblo italiano, que desde hace ocho años sufre la tiranía del fascismo, está cansado, y que el miedo al Tribunal Especial o a la cárcel no basta para que la gente disimule el hastío y el disgusto que tiene. […]. Hasta en aquel día de Milán, día de mucha policía y de gran exaltación, en el cual era de rigor tener cuidado con los mercenarios del fascismo, oí a muchos, pero muchos, que no tenían pelos en la lengua, y que no respetaban ni a Mussolini ni al régimen. Los más audaces decían abiertamente que deseaban que alguien quitara al Duce de en medio.

En un momento pensó ir a su tierra natal, pero cambió de idea cuando una carta del padre le informó que el cónsul y vicecónsul habían estado en Apt para registrar su casa. El 13 de junio de 1930, sin el menor problema, con su pasaporte regularmente sellado, cruza la frontera suiza camino de Francia. Sin embargo, su nombre figuraba en una orden de busca y captura, pero nadie lo reconoce y pasa inadvertido. Bocchini ha organizado un imponente y costoso servicio policial, pero que con mucha frecuencia demuestra su incapacidad, y logran burlarlo muchas veces los antifascistas.

Schirru se desplaza entre Francia y Bruselas, donde cubre, para L’Adunata dei refrattari información del proceso contra el estudiante Fernando De Rosa, antifascista que en Bruselas había disparado el 24 de octubre de 1929 contra el príncipe heredero Humberto de Saboya, y en su correspondencia Schirru se pregunta: «¿Cuántos De Rosa surgirán del pueblo italiano para completar la obra comenzada por Giovanni Passanante?», y él mismo aporta la respuesta: «Muchos todavía: Y más afortunados que él. Lo esperamos y lo vaticinamos… Da Rosa será sepultado durante años en cualquier penal de Bélgica, pero ya otro, otros muchos hijos del pueblo han recogido su arma. Para usarla, sólo esperan la ocasión propicia. Y la usarán. Quizá con mejor suerte. Para los tiranos y los traidores no hay perdón. Es la libertad degollada la que clama venganza».

El 30 de diciembre, en Bruselas, escribe su testamento y parte a Italia, después de una etapa en París. El 2 de enero escribe a Schiavina: «El éxito de la empresa es seguro. Las muestras que tengo son de primera calidad y probadas con eficacia contra todas las resistencias».

Schirru entra en Italia el día de la epifanía, vía Ventimiglia. Además de una pistola, en un doble fondo de su maleta lleva escondidas dos bombas de gran potencia, que en el momento de pasar la frontera se guarda en los bolsillos, encomendándose a la suerte y al destino, que le son favorables. Los aduaneros sólo le hacen abrir la maleta, donde lleva un traje; verifican su pasaporte, pero no lo cachean. Todo está en regla, todo va bien… hasta entonces. Se detiene en San Remo, Florencia y Roma, donde llega el12 de enero por la tarde. Da una vuelta por la ciudad, para estudiar las costumbres del Duce y poder cometer el atentado lejos de la multitud, porque no quiere causar –como en la tradición anarquista– víctimas inocentes.

En el interrogatorio del 5 de febrero, admite: «En ningún momento pensé cometer el atentado durante las ceremonias. Sabía que si lanzaba una bomba causaría muchas víctimas. Mi propósito era el de atentar contra la vida de Mussolini, yen lo posible de nadie más».

Nuestro joven sardo había conocido en Roma a la bailarina húngara Anna Lukovszky, con la cual visitó las excavaciones de la ciudad y luego se fueron al hotel «Colonna». El hotelero, inscribió su nombre correctamente y la ficha correspondiente fue transmitida a la Dirección general de la policía. ¡increíble! ¡Michele Schirru está en Roma! ¿Será posible? El comisario de policía llama por teléfono al director del «Colonna», pidiéndole que le describa el cliente, y que mire la que figura en la orden de busca y captura; los datos corresponden, aunque el Schirru del «Colonna» se llama Julio y es de nacionalidad española, mientras que el otro se llama Michele. Hay que ser prudente, puede tratarse de otra persona. El comisario se limita a pedir al hotelero que si el cliente vuelve a presentarse, que le avise.

El 3 de febrero llega de nuevo la pareja; alquila una habitación y el hotelero, tal como había convenido, advierte inmediatamente a la policía, que no tarda en llegar, llevándose a Schirru y su amiga a la comisaría para efectuar algunas investigaciones. Schirru no se niega a ello; al contrario, invita a los agentes –que no aceptan– a tomar café, hablando siempre en español. Llegaron a la comisaría a las 22 h.; el vicecomisario De Simone lo identificó y lo inculpó. En este momento preciso no se sabe bien lo que ocurrió, lo cierto es que retumbaron varios tiros de pistola. La policía dijo que los disparos fueron hechos por Schirru, después de haber gritado: «¡Viva la anarquía!». Pero… ¿por qué tenía que hacerlo? Fiori acredita la versión de un intento de suicidio para darse –escribe– una muerte que significara reparación, demostración, expiación, acción, epilogo a lo que tuvo que hacer y no hizo, y a lo que hizo, equivocándose.

Sea lo que fuere, en una carta del 14 de febrero de 1931 escrita por Schirru a sus padres, dice que se encuentra en el hospital para curarse de «la herida en la cabeza que yo mismo me hice cuando comprendí que ya no me quedaba otro camino que el de la cárcel», y agregaba: «el terror que despertó en mí el pensamiento de la cárcel me indujo a ello», texto que confirma la versión del suicidio, aunque era lícito que entonces despertara dudas.

La noticia de la detención fue silenciada y sólo se comunicó a la prensa tres días más tarde, y no toda la información correspondía a la verdad.

Al cabo de unos días Schirru decidió hablar, incluso acusarse a si mismo. No habló para defenderse; de su boca no salió ni una palabra de justificación. Como si fuera ajeno a su propio caso, confiesa que su intención era realizar un atentado contra Mussolini; incluso se extiende en explicaciones a los hombres que estaban allí para atacarlo y condenarlo; reveló pensamientos secretos que nadie fuera de él podía conocer. En el registro efectuado en el «Colonna» se encontraron las dos bombas, pero el hallazgo no permitía en lo más mínimo procesar a su propietario por atentado contra el jefe del gobierno.

No cabe duda de que la policía abusó y obligó a Schirru a confesar. El atentado, escribieron algunos periódicos extranjeros, había sido un invento de Mussolini.

«Il Becco Giallo» escribió que Schirru «que se dispara un tiro en la boca para castigarse por su fracaso, recuerda a Cayo Muzio Scevola, que se quemó en el brasero la mano que no supo matar a Porsena», rey de los etruscos que sitiaba Roma (507 antes de nuestra era).

Mientras tanto, Schirru se queda solo: su familia lo censura (el padre le ha escrito: «Tú que nos causas un gran dolor ¿por qué cometiste aquel deplorable acto? Cambia de fe. Abandona la falsa fe para abrazar la más justa y honrada idea fascista», y un año más tarde se inscribirá en el partido fascista; la hermana Antonietta pide cambiar de apellido y califica a Michele de «degenerado». Incluso los antifascistas lo olvidan. Sólo le queda la gran y calurosa fraterna solidaridad de los anarquistas para recordar la desafortunada tentativa de Schirru, pero sus voces son débiles y sin influencia. Schiavina, en L’Adunata dei refrattari del 23 de mayo de 1932 escribe: «Hoy, Schirru, está solo entre la banda venal de sus inquisidores y verdugos. Solo e incomprendido… Muchos son los rehenes de la dictadura fascista, y todos, o una gran parte de ellos, pueden sacudir la apatía, arrancar una palabra de protesta a la conciencia del mundo civilizado, Schirru no. Su vida pertenece a los verdugos fascistas y nadie se la quiere disputar… Así pues, Schirru está todavía más solo debido a la impotencia de sus compañeros para defenderlo… Mientras que los pretorianos y cómplices del régimen meditan la venganza que quieren que sirva de advertencia para los enemigos, los propios adversarios políticos del fascismo observan fríamente la tragedia de Michele Schirru».

La vieja y orgullosa madre le telegrafía: «Resiste, vuelve, te espero». También lo apoya su esposa, que lo defiende a capa y espada de la calumnia y difamación del cotidiano filofascista de Nueva York, Il progresso italo-americano, afirmando con orgullo que Schirru «fue siempre un buen marido y un buen padre».

La instrucción queda cerrada el 23 de mayo de 1932 y el Tribunal Especial lo procesa el día 28, o sea cinco días más tarde. Se le nombra un abogado de oficio, Cesare D’ Angelantonio, a quien Schirru le dice: «En el interrogatorio he declarado que tenía la firme intención de matar a Mussolini y que lamento no haberlo conseguido. Si usted me pidiera que dijera ante los jueces una palabra menos, ya no diría ni una palabra más».

Presidió el Tribunal Especial el presidente Guido Cristiani, y la sala estaba abarrotada de periodistas y público. La audiencia se inició a las 9 h. 30.

En el interrogatorio, Schirru afirmó una vez más su intención de matar al Duce.

El abogado D’Angelantonio, en un artículo evocador publicado en 1951, recordaba: «Fue implacable contra sí mismo. Dijo todo lo que podía provocar la reacción desfavorable del Tribunal Especial. Y no solamente reivindicó la seriedad de su misión y voluntad decidida de suprimir a Mussolini, sino que no perdió la más mínima ocasión para con sus palabras agravar su suerte». De la única acusación que se defendió con energía fue la referente a la tentativa de querer causar una carnicería entre los agentes de la comisaría, sobre lo cual ya había dicho que lo «lamentaba» en una carta escrita a su padre. Confirma que los proyectiles que hirieron a los agentes fueron disparados por su pistola cuando cayó por tierra al ser agredido. Niega que hubiese intentado matar a los agentes para huir o por el placer de hacer víctimas, como demostró, al quedar libre de movimientos, al no intentar huir ni matar a nadie, ya que lo que hizo fue apuntar el arma a si mismo. ¿Qué interés podía tener Schirru en negar este particular cuando espontáneamente había confesado una intención mucho más grave y que nadie hubiese podido probar? Schirru sólo hablaba por amor a la verdad y a la precisión. El contraste entre un hombre que no teme a la muerte y los jueces que saben que la condena será cada vez más fuerte.

Dice que renunció al atentado contra Mussolini en la ceremonia del primero de febrero «para no hacer una carnicería inútil», y repitió que quería elegir «el lugar donde cometer el atentado con el menor número de víctimas posible. Durante tres semanas –dijo– anduve buscando inútilmente el lugar más apropiado, pero finalmente me cansé y decidí volver a París, donde –admite Schirru–, quería colocar la bomba en la embajada soviética «para dar una lección a Stalin».

El proceso fue una farsa. El ministerio público, en la persona de Cario Fallace, requiere la pena de muerte mediante fusilamiento por la espalda.

En una emocionante evocación publicada en el «Avanti» del 30 de mayo de 1965, el hermano Giovanni (que en la época de los hechos renegó del hermano y todavía en 1938 escribió a Mussolini para separar de su nombre «la mancha del pasado», y en 1940 repitió que «para cancelar la vergü̈enza, para olvidar la deshonra quiero servir a la patria en el Ejército»), refiere que la requisitoria de Balzano estaba escrita, y que no podía ser modificada. Debía haberla pronunciado un sardo, Massimo Dessy, pero no se animó a ello; el caso es que invocó estar enfermo, de verdad o de conveniencia, y se quedó en la cama. Entonces se encargó la tarea a Fallace, quien -dice Giovanni, aunque Fiori no cita este episodio- no estaba convencido con lo que se le pedía, y durante muchas noches perdió el sueño. La evidente violación de la ley le molestaba y consiguió arrancar una promesa: sólo se precisaba que el ministerio público requiriera la pena de muerte, pero podía estar tranquilo, los jueces no la sentenciarían. Después de Fallace habló el defensor de oficio. Su defensa fue muy superficial y sin la menor convicción. Incluso Ernesto Rossi lo acusa: «Hace todo lo que puede para difamar al acusado. Habla a tontas y a locas. Hubiese podido preguntar cuándo Schirru había atentado contra la vida de Mussolini, y hubiera podido hacer hincapié en que la intención por si sola no basta para convertirla en delito, y que es conveniente distinguir entre actos preparatorios y tentativas reales y propias, y no pueden asimilarse a tentativas los contratiempos, como el de no encontrar a la víctima que, lisa y llanamente, dejan al presunto autor del atentado en el umbral de la tentativa». Schirru no ha visto ni una sola vez a Mussolini, y, por lo tanto, nunca tuvo ocasión para intentar matarlo. Pero D’Angelantonio esto se lo calla. En resumidas cuentas, no existía el menor principio de ejecución de una tentativa de homicidio, que sólo es justificable si se comete.

Después de… la defensa del abogado se le preguntó a Schirru si tenía algo que agregar. «Con supremo cinismo –escribió la Stampa– hizo señas negativas». Eran las 18 h. 45 cuando el tribunal se retiró para deliberar. La sentencia fue leída a las 19 h. 45. Fusilamiento en la silla.

El Tribunal Especial –comenta Fiori– ha homologado «a la tentativa la simple intención, y eso es una monstruosidad jurídica». En la sentencia se dice con retórica: «Quien atenta a la vida del Duce atenta a la grandeza de Italia, atenta contra la humanidad porque el Duce pertenece a la humanidad. […]

El público aplaudió la sentencia y canto Giovinezza («Juventud»). Michele Schirru escuchó la sentencia de pie y con rostro imperturbable.

A su severa condena no fue ajeno el propio Benito Mussolini, que es bueno recordar en su juventud fue entusiasta admirador de los autores de atentados, y Fiori hace muy bien en recordar, en la introducción de su investigación, lo que escribió el futuro dictador en Lotta di classe del 16 de julio de 1910, preguntándose, entre otras cosas: «¿Héroes locos los que cometen un acto individual?», y contestaba: «Héroes casi siempre; locos casi nunca»; y recomendaba: «no nos situemos, al enjuiciar esos hombres y sus actos, en el plano de la mentalidad burguesa y policíaca […] Reconozcamos, al contrario, que también los actos individuales tienen su valor y que algunas veces son el inicio de grandes transformaciones sociales».

Conducido a la celda del condenado, el abogado D’Angelantonio, por encargo del presidente del Tribunal, le obliga a firmar la demanda de gracia y debe insistir bastante para que lo haga porque Schirru no quería hacerlo, convencido como estaba de que no serviría para nada.

Hasta Giudo Leto, ex jefe de la OVEA, la policía secreta del fascismo, en un libro suyo publicado en el año 1951, se preguntaba: «¿Pero si se quería “dar un ejemplo” (y esta fue la frase corriente en los medios responsables) que sirviera de disuasión a otros eventuales terroristas, no se podía en la sede de Gracia, hacer Justicia?»

La ejecución de Schirru fue una monstruosidad judicial y humana. No sólo tuvieron mucha prisa en condenarlo sino que tuvieron muchísima prisa en ejecutarlo.

Michele Schirru estaba tranquilo en su celda, escribía alguna carta a sus familiares.

Cuanta el hermano, en el citado artículo publicado en «Avanti», que incluso el carcelero, que vigilaba al detenido desde hacía cuatro meses, cuando se enteró de la noticia, se sintió muy conmovido y fue a consolar a Michele Schirru. Cuando fue ejecutada la sentencia, en una sutil forma de solidaridad, el carcelero se cortó las venas de las muñecas y de los pies, y se le salvó la vida con dificultad.

«El fascismo –comenta el hermano Giovanni–, podía matar al hombre Schirru, pero el hombre, cualquier hombre, podía protestar contra el asesino del propio hermano, para advertir y afirmar, al precio de su propia sangre, la intangible santidad de la vida».

También acudió a la celda el capellán de la cárcel, Francesco Fabbri, pero Schirru rechazó los sacramentos con decisión, aunque conversó con el sacerdote, el cual recordó que estaba «tranquilo y sereno» y que incluso pudo conciliar el sueño. Lo despertaron a las 2 h. 30. Su última voluntad fue la de escribir a la madre y a la esposa. Después, en el vehículo celular, fue conducido al fuerte Braschi para ser fusilado. Se le acercó otro capellán militar, Paolo Mattei, pero Schirru rechazó la asistencia del religioso.

En la noche oscura, cerca del alba, Schirru fue sentado en la silla; le ataron las manos a la espalda y él a la silla. De la ejecución se encargaron 12 voluntarios, elegidos entre los muchos que habían pedido formar parte del pelotón. Todos eran sardos, otra aberración del régimen. Sus asesinos formaron a seis pasos del condenado. Sonriente, inmutable en su fe en la anarquía y la libertad, su voz rasga las tinieblas, pero sin llegar al corazón de aquellos sicarios: ¡ Viva la anarquía! ¡ Viva la libertad! ¡Muera el fascismo! Los asesinos respondieron con una descarga de fusiles. Eran las 4 h. 27 m. del 29 de mayo de 1931.

El mismo día la noticia fue publicada con grandes caracteres en todos los diarios, y L’Unione Sarda habla de su «alma perversa  y se congratula: «era un sin patria y sin familia, un negador de la más alta idealidad, un sanguinario, un amoral que la justicia elimina del consorcio de los hombres».

Pero un diario de la tarde, L’Osservatore Romano, publicó la noticia con un título que enfureció al Duce y que hizo mucho ruido: «Michele Schirru fusilado esta mañana por haber tenido la intención de matar al jefe de gobierno»; el periodista del portavoz vaticanista anunciaba así al mundo un nuevo crimen del fascismo con el cual la Iglesia se había aliado.

El Avanti de Zurich del 6 de junio, refiriéndose al proceso escribe: «Podía negar, trapacear, atrincherarse en el hecho de que el delito atribuido no había tenido el menor principio de ejecución. El único testimonio de la acusación era él mismo, Schirru. Tranquilo, dijo cómo en su espíritu surgió la idea de atentar contra la vida del Duce; explicó que con esta idea enraizada en su mente desde hacía meses, se había preparado para ejecutarla; especificó que cuando ya estaba en Roma, le entró la duda ante la posibilidad que se le ofrecía de ejecutar el atentado durante la ceremonia pública. No existía en él el menor sadismo de destrucción o de verter sangre. Mussolini representaba a sus ojos un sistema, y Mussolini debía ser eliminado; nadie más.»

Studi Sociali de Montevideo, la revista de Luigi Fabri, también subrayó que «el acto de rebeldía por el cual se aplicó la sentencia de muerte no había salido del estado intencional», comparándolo a Guglielmo Oberdan.

La Libertad de París escribió: «El fascismo engendró a Schirru. y cada Schirru caído bajo la descarga de los mosquetones lectores engendra otros. Es fatal. Terror por terror. La ley de la sangre no ha conducido jamás ni a la paz ni al derecho. Sólo la libertad crea la paz y el derecho. Schirru ha muerto por la libertad».

L’Adunata dei refrattari, del 6 de junio, recuerda que Schirru era «ciudadano estadounidense», pero que el gobierno de los Estados Unidos «no movió un dedo para arrancar de las garras de la bestia feroz» a la victima, ni tan siquiera al «conciudadano», quizás –acusa el periódico anarquista– como contrapartida a la neutralidad de Mussolini en el también brutal asesinato de Sacco y Vanzetti, y, en fin, recordaba que «hace algunos años, el gobierno británico se esforzó para sacar de las manos de los camisas negras a su conciudadana Violetta Gibson (que atentó contra el Duce) y aunque había conseguido «tocar» la nariz del dictador, se logró fácilmente su libertad, «porque el gobierno fascista es de una gran cobardía ante los fuertes».

El gobierno ni tan siquiera se preocupó de saber si la mujer de Schirru, norteamericana de nacimiento, había conseguido comunicar con el padre de su hijo durante el tiempo que estuvo encarcelado en Roma. Es que el odio de clase es más fuerte que la fraternidad patriótica. Michele Schirru era proletario y anarquista.

Fiori no cuenta que el Tribunal Especial se ocupó también, días después, de dos italianos acusados y procesados por haber hecho «públicamente la apología del delito cometido por el anarquista Schirru». El hojalatero milanés Patrizio Maruzzi, el 31 de mayo exclamó: «¡Granujas, cobardes, lo han fusilado!» Fue condenado a tres meses de cárcel y 100 liras de multa.

El guardabarrera ferroviario Santi Tompotrini, de Roccastrada (GR) también fue acusado de haber exclamado al leer los periódicos y en presencia de otros colegas: «Mejor que a Schirru hubieran debido fusilar a los que dictaron la sentencia». El acusado se defendió de «la calumnia» y consiguió la absolución, después de pasar seis meses en la cárcel, por insuficiencia de pruebas.

En el pueblo natal de Michele Schirru y otros pueblos de Cerdeña se ha dedica,!o una calle o una plaza a la memoria de este anarquista asesinado por una intención de tiranicidio.

Traducido por Antonio Téllez. Publicado en Polémica, n.º 43, octubre 1990.

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