La ejecución de Ferrer Guardia

Rudolf ROCKER

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El 9 de octubre de 1909 un consejo de guerra en Barcelona condenó a muerte a Francisco Ferrer, el fundador de la Escuela Moderna, como supuesto promotor de la rebelión de julio en Cataluña. Aunque los pormenores de ese repugnante crimen judicial sólo eran conocidos parcialmente en el extranjero entonces, todo el que no estaba absolutamente deslumbrado por las ideas clericales, sintió que la monarquía española había planeado en este caso un asesinato judicial a sangre fría.

La sentencia de muerte desencadenó inmediatamente una tempestad de indignación en todo el mundo civilizado. Desde los sucesos terribles de la fortaleza de Montjuich en el año 1896, el gobierno español había perdido en el extranjero todo crédito moral. La funesta resurrección de la Inquisición a fines del siglo XIX, había dejado entonces tal impresión que se creía capaces de toda infamia a los representantes de la monarquía clerical de España. En cuanto se conoció la sentencia contra Ferrer, se produjeron en París, Londres, Roma, Lisboa, Bruselas, Ámsterdam, Berlín, Viena, Ginebra, Buenos Aires, Montevideo y muchas otras grandes ciudades, poderosas demostraciones para salvarle la vida. Hombres y mujeres de todas las capas sociales; representantes de grandes partidos políticos y de sindicatos; sabios, escritores, artistas y pedagogos como Anatole France, Charles Albert, Máximo Gorki, George Brandes, Maurice Maeterlinck, J. Mesnil, Pedro Kropotkin, Ernest Haeckel, G. Sergi, E. Faure, Jean Jaures, F. de Pressensé, P. Gille, Keir Hardie, G. de Greef, Grandjouan, A. Naquet, C. A. Laisant, A. Cipriani, E. Merle, Domela Nieuwenhuis, Sebastián Faure, Jean Grave, Ch. Malato, Madame Severine, P. Guíllard, R.G. Cuningham Graham y muchos más levantaron su voz de una protesta unánime. Ciento cincuenta y dos de los profesores más conocidos de Francia, representantes de todas las facultades y de la mayor parte de las universidades del país, se dirigieron al presidente de ministros Maura y le pidieron que pusiera a Ferrer a disposición de un tribunal civil, donde tuviese la posibilidad de una verdadera defensa. Organizaciones de fama mundial como la Ligue des Droits de I’Homme, la Conféderation Générale du Travail y el Comité de Dejense des Victimes de la Répresion Espagnole en Francia, el Independent Labour Party, la Fabian Society, la Rationalist Press Association y la International Arbitration and Peace Association en Inglaterra, la Société des Libres Penseurs y la Ligue des Droits de I’Homme en Bélgica, el Alba dei liberi en Italia y los partidos socialistas de Francia, Alemania, Austria, Bélgica e Italia, se propusieron de inmediato arrancar a Ferrer de manos de sus verdugos. Toda la prensa liberal y socialista de todos los matices en Europa y América siguió ese ejemplo. Hasta en España misma, con excepción de Cataluña, donde el estado de sitio hacía imposible toda manifestación pública, protestaron valientemente contra la ejecución de la sentencia hombres valerosos de todas las clases sociales y la mayor parte de los diarios que no estaban al servicio de la reacción clerical.

Sensación en París

Me encontraba justamente en París, donde los compañeros habían organizado algunas conferencias a mi cargo, cuando llegó la noticia de la condena a muerte. La misma noche se produjeron numerosas demostraciones callejeras que adquirieron cada vez mayor magnitud en los días siguientes. En la Place de la Bastille, en el Jardín Luxembourg y especialmente en la Place de la Concorde se reunieron todas las noches enormes masas humanas para expresar su indignación. Costó bastante a la policía impedir el paso de los manifestantes hacia el consulado español y tuvo que disponer de un cuerpo de mil agentes para defender al embajador y a su personal contra los ataques. Los chóferes de la organización parisina del automóvil hicieron una manifestación singular. En cada automóvil asociado se leía en grandes letras: «En Montjuich son fusilados diariamente seres humanos. ¡Los curas exigen la cabeza de Ferrer! ¡La prensa española está amordazada!».

El 10 de octubre tuvo lugar en la gran sala Sociétés Savantes un poderoso mitin de protesta, donde aparecieron como oradores Naquet, Malato, Faure, de Marmande, Yvetot y otros representantes del proletariado parisino. Como yo estaba libre aquella noche, no quise perder la ocasión, naturalmente, de asistir a esa demostración. Apenas entré en la sala, se acercaron a mí algunos compañeros alemanes y franceses que estaban informados de mi presencia y me saludaron satisfechos. Me dijeron que en la noche siguiente tendría lugar en el salón L’Egalitaire un acto internacional de protesta en donde habría oradores de diversas nacionalidades. Sólo faltaba un orador alemán y se consideraba por tanto que me pondría a disposición de los organizadores. Claro está, no vacilé un momento, aunque sospeché de inmediato que el asunto no tendría para mí probablemente buen desenlace. Por mediación de la Ligue des Droits de I’Homme se me había permitido dos años antes regresar a Francia. Pero el gobierno no había anulado oficialmente mi expulsión. Mi caso estaba por tanto, enteramente en manos de la policía política, que, sin tener necesidad de consultar al gobierno, podía volver a suprimir en todo instante mi permiso de permanencia, si era de opinión que participaba en desórdenes públicos. Nadie podía naturalmente prever lo que la policía entendería por eso.

Mitin de los extranjeros

El acto de protesta en el Egalitaire, como todas las demostraciones de aquellos días agitados, fue un gran éxito. La espaciosa sala estaba repleta y tuvo que ser cerrada antes del comienzo del acto. R. de Marmande habló como representante del Comité De Dejense Sociale y H. Thuiller en nombre de los Sindicatos unidos del Departamento del Sena. Los demás oradores pertenecían a las más diversas naciones. A. Cipriani habló en italiano, A. Gas en español, Ch. Cornelissen en holandés, Molnar en húngaro, Roth en inglés, Hayno en checo y yo en alemán. El estado de ánimo de la concurrencia era muy vivo y adecuado al momento que se vivía, lo mismo que las expresiones de los oradores, que no ocultaban los sentimientos que les embargaban y describieron como merecían los crímenes del régimen de los verdugos españoles. Pero no se produjeron incidentes de ninguna clase, como ocurría entonces tan a menudo.

A la mañana siguiente, a las seis, fui despertado del sueño en el hotel. Salté de la cama para ver que ocurría. Ante mí se encontraban dos representantes de la policía y me explicaron cortésmente que tenían orden de llevarme hasta la Prefectura de Policía. Pregunté el motivo, pero no pudieron o no quisieron darme informes. Cuatro horas más tarde fui conducido ante un funcionario superior, que me notificó que debía salir de Francia en el plazo de veinticuatro horas.

Le pregunté la causa a que debía mi nueva expulsión. Me respondió que la culpa era de mi propia irreflexión. «Si no se hubiese mezclado en asuntos franceses, señor Rocker, nadie le hubiese dicho nada». Le requerí si eran asuntos franceses los crímenes del gobierno español y el asesinato judicial de Ferrer, fríamente planeado. Movió los hombros y dijo que no le competía juzgar al respecto y que, como funcionario, no hacía más que cumplir con su deber. Con eso estaba dicho todo, naturalmente.

La verdad sobre el fusilamiento de Ferrer

El 14 de octubre por la noche llegué de regreso a Londres. El día antes publicaron los periódicos la noticia de que Ferrer había sido fusilado en la madrugada en uno de los fosos de Montjuich. Muchos habían esperado hasta el último instante que el gobierno español, considerado el poderoso movimiento de protesta en el extranjero, desistiera de la ejecución de la sentencia de muerte. Esa esperanza no era enteramente infundada, pues, como se sabe, tres años antes, después del atentado con bombas de Mateo Morral contra Alfonso XIII, el 31 de mayo de 1906, se hizo el intento de entregar a Ferrer al verdugo. El gobierno había cerrado entonces todas las Escuelas Modernas, había confiscado los bienes de Ferrer y él mismo, como supuesto cómplice de aquel atentado, había sido arrestado y trasladado a Madrid. También entonces el propósito manifiesto de suprimir la Escuela Moderna de Ferrer en Barcelona y terminar con su fundador, tuvo por consecuencia un vasto movimiento de protesta en el extranjero, y después de una prisión preventiva de trece meses fue llevado Ferrer ante los tribunales, pero resultó absuelto unánimemente por los jurados.

Pero entonces estaba Ferrer ante un tribunal civil, donde se le dejó toda posibilidad de defensa. El gobierno tuvo que devolverle sus bienes y Ferrer pudo regresar a Barcelona como hombre libre para continuar su labor educativa. Pero esta vez las cosas habían cambiado esencialmente. Se llevó a Ferrer ante un consejo de guerra, pues se había decretado sobre toda Cataluña la ley marcial y, bajo la presión de la reacción militar, habían sido detenidos al azar y sometidos a proceso más de tres mil hombres. No tuvo la posibilidad de confiar a alguien su defensa según la propia elección, pues debió nombrar defensor de sus intereses a uno de los oficiales del círculo del consejo de guerra, ni se le dio tiempo para recoger el material de descargo que tenía a disposición y presentarlo a su defensor para que lo aprovechara. El capitán Francisco Galcerán era un hombre sincero, intrépido, que mostró mucho valor durante el proceso y arrojó al rostro de los jueces verdades terribles que tenían que hacer peligrar su carrera ulterior como oficial. Todas sus peticiones para que se le diese ocasión de recoger el material necesario para una defensa eficaz, fueron rehusadas crudamente por el presidente del tribunal, fundándose en que no estaba sometido a las formalidades usuales en un procedimiento civil. Se llegó incluso a no interrogar personalmente a la mayor parte de los testigos de cargo, de modo que ni Ferrer ni su defensor tuvieron posibilidad de escucharles, procedimiento inaudito, incluso en un consejo de guerra. En esas circunstancias, todo el procedimiento judicial fue sólo una indigna comedia que no tenía por objetivo más que dar apariencia jurídica a un asesinato planeado de antemano.

Justamente porque en el extranjero se estaba muy bien informado sobre la verdadera causa de la persecución clerical contra Ferrer y se sabía exactamente que toda la acusación sólo perseguía el propósito de suprimirle a él y suprimir su obra, el movimiento de protesta adquirió una proporción tan vigorosa y universal. El hecho que Ferrer se encontrase en Barcelona al producirse la insurrección de julio fue una gran casualidad. Había salido de España con su compañera Soledad Villafranca en marzo y había ido a Londres después de una permanencia de algunas semanas en París; llegó a Londres en la segunda semana de abril. El propósito del viaje era de naturaleza puramente comercial. Se trataba del entendimiento personal con editores de Francia e Inglaterra a causa de algunas grandes obras que Ferrer se proponía publicar en castellano en su editorial.

El gobierno español había obstaculizado en verdad, con todos los medios, la reapertura de la escuela matriz de Barcelona después de la absolución de Ferrer en 1907, pero no pudo impedir que desde entonces se fundasen otras sesenta escuelas aproximadamente, que utilizaban sus métodos y textos como base. Ferrer había concebido por tanto el plan de fundar en Barcelona una especie de universidad como centro espiritual de todas aquellas aspiraciones. Con ese fin deseaba asesoramientos personales de pedagogos liberales de Francia, Inglaterra y Bélgica y quería recoger experiencias que pudiese utilizar después en la ejecución de su plan. Se había propuesto, por tanto, una larga permanencia en el extranjero y se disponía a quedar unos dos meses en Inglaterra, para volver luego por Bruselas y París a Barcelona, donde quería hallarse otra vez en septiembre.

Por qué Ferrer había regresado a España

Pero ese plan fue interrumpido cuando, en la segunda semana de junio recibió la noticia que la mujer de su hermano y su sobrinita estaban gravemente enfermas y que ambas se hallaban en peligro mortal. Volvió por tanto a España por las vías más rápidas y ni siquiera tuvo tiempo para despedirse de sus amigos más íntimos en Londres, a quienes sólo comunicó en un par de líneas la causa de su partida repentina. Llegó justamente a destino, pues su sobrina murió pocas semanas después en sus brazos.

Ferrer tenía el firme propósito de dirigirse luego al extranjero para dar término al trabajo interrumpido, cuando estalló inesperadamente la insurrección de julio en Barcelona, cuyas consecuencias pusieron fin a todos sus planes. Nadie había previsto esos acontecimientos; pues no se trataba en modo alguno de una gran conspiración, como trató de hacer creer en el extranjero el gobierno español, sino de un movimiento popular espontáneo, que estalló tan sólo por la provocación tan brutal como insensata del gobierno militar de Barcelona. El verdadero motivo de los acontecimientos de Cataluña fue la guerra de Marruecos, que había desencadenado de manera infame el gobierno de Maura. Aquella guerra era una campaña de saqueo en el peor sentido de la palabra, que solamente perseguía la finalidad de garantizar los intereses financieros de algunos grandes consorcios, entre ellos los de algunas compañías extranjeras que participaban en la explotación de los ricos yacimientos minerales de Marruecos. Cuando las cábilas rifeñas se resistieron a la construcción de dos líneas ferroviarias a través de su país, envió el gobierno español una llamada expedición punitiva contra ellas. Se había imaginado que bastaban 5.000 hombres para terminar con los bárbaros, pero fue un funesto error. Las cábilas combatieron con gran denuedo y estaban bien armadas, de modo que el general Marina se vio forzado a pedir al gobierno otros 20.000 hombres y, cuando la guerra se dilató finalmente 40.000 y luego hasta 70.000, para poner fin a la sangrienta aventura.

Causas de la revolución de julio

La guerra produjo en el pueblo español una enorme indignación, tanto más comprensible cuanto que todo el que estaba en condiciones de pagar 1.500 pesetas podía redimirse del servicio militar, de manera que los obreros y los campesinos veían que sólo sus hijos eran llevados al matadero. En Valencia, Zaragoza, Bilbao y otras ciudades tuvieron lugar grandes manifestaciones de protesta contra la guerra. En Madrid se produjeron en la convocatoria de reservistas ruidosos incidentes. Los soldados del regimiento de Arapiles se amotinaron y rehusaron salir de sus cuarteles. Masas irritadas asaltaron la estación de Atocha y pusieron fuego a un convoy que estaba dispuesto para el transporte de soldados. Sin embargo, la protesta espontánea más fuerte contra la guerra se produjo entre la población obrera de Cataluña. Según las declaraciones del gobernador civil de Barcelona, desertó más de la mitad de los reservistas convocados en esa provincia. Desde el 12 de julio comenzó en Barcelona el embarque de tropas hacia Melilla. El 16 de julio, un domingo, cuando marchaba hacia el puerto una gran columna de reservistas, se congregaron millares de personas en las Ramblas, entre ellas muchas mujeres con sus hijos y saludaron a los soldados a los gritos de «¡Abajo la guerra! ¡Que marchen los ricos! ¡Arrojad el fusil!». Las mujeres se mezclaron con los soldados y les pusieron delante a sus hijos. Cuando la rebelión se agravó, dieron los oficiales la orden de calar la bayoneta. Los soldados obedecieron, pero cuando se dio la voz de mando de: ¡Fuego!, no se oyó un solo tiro.

Hasta entonces las demostraciones tenían un carácter puramente espontáneo. Pero desde entonces se hizo oír la Solidaridad Obrera, la organización sindical de los trabajadores de Cataluña, y convocó para el 23 una conferencia general de delegados a fin de estudiar los acontecimientos. El gobernador civil prohibió la conferencia, pero los sucesos habían llegado ya a un punto en que la prohibición no podría tener efecto alguno. En la noche del 24 al 25 se reunieron secretamente los delegados de los sindicatos, los anarquistas y los socialistas y resolvieron declarar la huelga general en toda Cataluña. En el Comité de huelga fueron elegidos tres hombres, Miguel Moreno, secretario general de la Solidaridad Obrera, Francisco Miranda por los anarquistas y Fabra Rivas por los socialistas. Fueron enviados delegados a las provincias para dar a conocer a los trabajadores las resoluciones aprobadas. El 26 la huelga era general. Ninguna chimenea de fábrica dio señales de vida en Cataluña. Todos los medios públicos de transporte, incluso los ferrocarriles, así como las comunicaciones telegráficas, fueron paralizados. El 27 declaró el gobernador militar de Barcelona el estado de guerra en Cataluña y así comenzó la llamada semana trágica, en la que la huelga general se convirtió en franca insurrección. En un abrir y cerrar de ojos se levantaron barricadas en las calles. Los negocios de armas y los conventos donde se suponía que había armas, fueron asaltados. Durante unos días la situación fue bastante crítica para el gobierno, que consiguió enviar hacia Cataluña, a toda prisa gran cantidad de tropas leales. No obstante combatieron los trabajadores con gran arrojo y numerosas barricadas sólo pudieron ser tomadas con ayuda de la artillería. Pero los rebeldes estaban mal armados y se les terminó la munición. El 1 de agosto la insurrección había sido aplastada y comenzó el terror blanco, ante el que también Ferrer debía caer víctima.

El diario clerical El Universo escribió muy significativamente: «Los tribunales civiles tienen la costumbre de exigir pruebas determinadas y decisivas de la culpabilidad del acusado… Pero los tribunales de honor militar no necesitan atenerse a las pruebas concretas. Basta que los jueces se formen una convicción moral que corresponda a su conciencia».

De este modo, naturalmente, se puede llevar a la horca a cualquiera, pues nada es más fácil para los hombres dominados por opiniones preconcebidas y por ciegos prejuicios, que «formarse una convicción determinada», especialmente en un período de terror blanco, cuando pierden toda validez los conceptos generales del derecho. Mientras, el gobierno clausuró de inmediato todas las escuelas laicas, confiscó más de 120.000 libros de la editorial de Ferrer y arrestó a todas las personas ocupadas en su empresa editora, y las desterró con sus familias a Teruel, antes aún de que Ferrer fuese hecho prisionero y llevado al consejo de guerra; demostró de ese modo que no le interesaban las pruebas de culpabilidad del acusado, sino que quería su condena a todo precio.

Ferrer, que se sometió con repugnancia a impulsos de miembros de su familia y se refugió en casa de unos amigos en las proximidades de Barcelona, pues el hostigamiento salvaje contra él hacía temerlo peor, abandonó su escondite un mes después, para presentarse voluntariamente a sus jueces, pues no quería exponer por más tiempo a sus amigos al peligro de que se le descubriera. En el camino a Barcelona fue reconocido y tomado prisionero. Lo demás es conocido.

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Indignación mundial contra la reacción española

La noticia de la ejecución de Ferrer desencadenó en todo el mundo una tempestad de indignación, como jamás se había visto antes. La obra de Ferrer, que antes era conocida solamente en España, se convirtió repentinamente en el centro de la admiración universal. En todos los idiomas aparecieron, aparte de incontables artículos, folletos y libros sobre la vida del desaparecido y la misión que se había impuesto. Su retrato fue difundido en todos los países en millones de copias. Profesores, educadores, artistas, escritores, hombres de ciencia y conocidas personalidades en todos los dominios de la vida pública se reunieron para fomentar su obra. Cincuenta y nueve municipios de Francia pusieron su nombre a plazas y calles. La ciudad de Bruselas fue la primera que le erigió en su recinto un monumento público. Raramente había excitado en tal grado la muerte de un hombre a todo el mundo civilizado. Fue sobre todo la actitud serena y modesta de Ferrer ante la muerte lo que produjo en todas partes una impresión tan profunda. Luchó por su vida con dignidad altiva, pero cuando vio que no había esperanza para él, supo morir como un hombre, sin miedo y sin falsa pose. Las últimas cartas a sus parientes próximos, su testamento, escrito en la noche de su ejecución, la manera notable con que rechazó el consuelo de sacerdotes insistentes, la última conversación con el valeroso defensor, todo eso mostró una rara grandeza de convicción y un auténtico heroísmo, que ni siquiera el enemigo más furibundo podía dejar de respetar. Había caído un hombre, un hombre que amaba la vida y amaba su obra, pero que supo morir cuando llegó la hora.

Una semana después de la ejecución tuvo que dimitir el gobierno Maura. El cobarde crimen que había planeado y ejecutado a sangre fría, fue su fatalidad. Se formó un nuevo gabinete. Fueron restablecidas las garantías constitucionales. y se produjo en todo el país una tempestad de indignación. Por todas partes se pidió la liberación de los presos que llenaban todas las prisiones. El nuevo gobierno no pudo resistir esa exigencia. En enero de 1910 se abrieron las puertas de las cárceles y millares recuperaron su libertad, entre ellos muchos que habían participado activamente en los acontecimientos de julio. Así la muerte de Ferrer fue para muchos la salvación de su vida y su libertad.

Publicado en Polémica, n.º 40, enero de 1990

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