Éluard, Dalí y Machado

Francisco CARRASQUER

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Paul Éluard

Ahora que ha ido tanto en lenguas y traído en prensas Salvador Dalí, aunque sea de rechazo también ha salido a relucir Paul Éluard, a quien le birló la novia El Divino. Si traernos hoy a colación a Éluard, lo hacemos corno valor de contraste frente a nuestro Antonio Machado, de quien se cumple este año el cincuentenario de su muerte.

Éluard es muy francés, pero de lo francés típicamente flojo: enfermizo, entre cursi y delicado, de corto aliento y disimuladamente mimético; casi niño bonito y, desde luego, niño mimado del grupo superrealista capitaneado por André Breton. Creo que si no hubiera sido tan amigo de aquel equipo: Breton, Aragón, Soupault, Picabia, Lance, Desnos, Péret, etc., no se habría hablado de Éluard. Por si fuera poco, resonó su nombre bajo la bóveda de cristales rotos de nuestra guerra civil y sus prestigiosos ecos internacionales en aquel Congreso de Valencia de 1937 que con tanto bombo y platillo hicieron atronadores los estalinistas de la hora. Y, en fin, como ya apuntábamos, tuvo la dudosa suerte de haber sido «desgalanado» por el genio de Figueras que, como el Cid, ha ganado su última batalla después de muerto.

Unos cuantos poemas le han dado renombre al autor de expresiones tan socorridas en citas de autores en mal de compromiso como: Les lendemains qui chantent, La Joule immense ou l’home est un amiIl Jaut que les poetes meurent les premiers… y uno de esos poemas que más se antologizan de Paul Éluard es LIBERTÉ. Si en lo sicosomático le va tan bien a Éluard el adjetivo mievre tan francés –y por lo mismo intraducible, puesto que toca lo físico (enclenque) y lo moral (amanerado)–. En su estilo noético podríamos hablar a su propósito de «mariposeo ecléctico». En todo caso, ante el poema Liberté cabría preguntarse si siguiendo su ideología supo ir más allá de evocar su nombre en el camino de la libertad. Sabido es que el papa del superrealismo, André Breton, si se afilió al Partido Comunista (1927) no tardó mucho en borrarse, horrorizado de tener que escribir bajo el nihil obstat de cualquier botarate que tuviese de jefe de célula, celador de la línea trazada por Moscú. Pero los demás grandes del superrealismo, entre ellos Éluard, se autoamputaron intelectualmente para ponerse al servicio del Partido, porque para un intelectual europeo de izquierdas, en los años 30, no había otra alternativa que la del Partido por antonomasia. Es el fenómeno escandalosamente inexplicable de aquel gran toldo de plástico con que aisló el comunismo todo lo libertario en el mundo. Más tarde habría de decir el mismo Breton: «Todavía no me explico cómo no busqué el contacto de los anarquistas». Nada más coherente, porque si de algo puede decirse que cabe una aplicación superrealista en la praxis social revolucionaria es del libertarismo, o sea: comunismo e individualismo a un tiempo, en la igualdad a rajatabla y en la libertad del hombre en sociedad y de la sociedad en el hombre con todos los derechos y deberes en la máxima reciprocidad y constituyendo la única justicia posible: la de la autodisciplina movida por la utopía e inspirada por el amor. La nueva dimensión que crea el superrealismo en las artes y la filosofía política, del subconsciente y del sueño derramándose en la expresión más espontánea, sólo podía propiciarla el movimiento libertario, sin las trabas censoras del partido y sin las cortapisas de lo jerárquico y lo institucional.

Pero para Éluard –como para el gran poeta Aragon y otros del grupo y de la hora–, el fundador del superrealismo que fuera su maestro y modelo, desde el mismo momento en que abandonó el Partido, se convirtió en un vil traidor y vendido al imperialismo yanqui y al capitalismo occidental.

Tanto habían drenado el caudal libertario del poder cultural, por aquellos años 30, los cuantiosos y potentes equipos de bombeo marxista y marxistoide, que hasta nuestra intelectualidad predominantemente provinciana, se encuentra encerrada en el gran dilema maniqueo: izquierda = comunismo / derecha = anticomunismo. Hasta Antonio Machado, ¿quién lo habría de decir?

La gran tragedia de la España del siglo XX, tiene su origen más profundo y decisivo en el divorcio de nuestra intelectualidad para con el pueblo español en tiempos de la II República. Ese divorcio lo hemos pagado demasiado caro. Está nada menos que en la raíz del fracaso del régimen republicano y de nuestra revolución de 1936, así como, por ende, de la derrota de la guerra civil. Pero éste es tema demasiado prolijo para encetarlo aquí ni por insinuación siquiera.

Estábamos en que incluso el bueno de don Antonio se dejó seducir por los cantos de sirena del Partido (aureolado por las simpatías que siempre ha tenido el pueblo ruso para nosotros, que también esto cuenta y se registra al leer las prosas tan sabias como agudas de Machado), voces fascinadoras que al parecer eran tan poderosas corno para cubrir cualesquiera otras opciones de nuestros intelectuales de izquierda. Don Antonio debió de confundir esas voces con las del pueblo, al que tanto amaba, hasta el punto de dedicarle un ditirámbico soneto a «esa bestia de Líster» (J. Semprún dixit), poema del que el ponderado y lúcido crítico Antonio Sánchez Barbudo hace este comentario en su excelente estudio Los poemas de Antonio Machado (editorial Lumen, Barcelona, 1967, p. 465): «…Responde Machado, al parecer, a una carta que éste (Líster) le envió:

Tu carta –oh, noble corazón en vela,

español indomable, puño fuerte–,

tu carta, heroico Líster me consuela

de esta que pesa en mi carne de muerte.

Y de estos cuatro versos, el mejor es sin duda el último, el de la «carne de muerte» suya. Hay luego además dos versos buenos: «También mi corazón ha despertado / entre olores de pólvora y romero». Pero son lamentables los dos últimos del soneto, que señalan uno de esos momentos en que él engolaba la voz, mostraba su estirpe modernista y llegaba a parecerse a un Marquina:

Si mi pluma valiera tu pistola

de capitán, contento moriría.

Por fortuna estas falsas elevaciones, o caídas a la retórica, fueron en él relativamente raras».

Creyó que con éste y otros poemas o conferencias –como la dada a las Juventudes Socialistas Unificadas– ayudaba a la República frente a la máquina mortífera del franquismo. Una manipulación más, por muy triste y especialmente deplorable que sea en este caso. Porque demostrar que Antonio Machado se inspiró toda su vida en la querencia libertaria no es nada difícil de probar. Podría bastar, de momento, esta declaración que hace en El Sol (setiembre de 1920) en un artículo titulado «Intelectuales y obreros»:

No es fácil una inteligencia de clases. Pero un verdadero intelectual y un hombre capaz de reflexión saben muy bien que las altas actividades del espíritu son esencialmente creadoras de libertad, y que no podrán nunca aplicarse a esclavizar las voluntades ajenas.

Otro testimonio sería aquel que habla de las «masas», concepto con el que tanto se han enjuagado la boca los comunistas: «Cuando a Juan de Mairena se le preguntó si el poeta y, en general, el escritor debía escribir para las masas, contestó: Cuidado, amigos míos. Existe un hombre del pueblo, que es, en España, al menos, el hombre elemental y fundamental y el que está más cerca del hombre universal y eterno. El hombre masa no existe; las masas humanas son una invención de la burguesía, una degradación de las muchedumbres de hombres, basada en una descalificación del hombre que pretende dejarle reducido a aquello que el hombre tiene de común con los objetos del mundo físico: la propiedad de poder ser medido con relación a unidad de volumen. Desconfiad del tópico «masas humanas». Muchas gentes de buena fe, nuestros mejores amigos, lo emplean hoy, sin reparar en que el tópico proviene del campo enemigo: de la burguesía capitalista que explota al hombre y necesita degradarlo: algo también de la Iglesia, órgano del poder, que más de una vez se ha proclamado instituto supremo para la salvación de las masas. Mucho cuidado: a las masas no las salva nadie; en cambio, siempre se podrá disparar sobre ellas».

Frente a las masas, para Antonio Machado estaba su querido pueblo. No me resisto –siquiera sea en son de homenaje a este gran poeta que tan bellas prosas y tan sabias filosofías ha escrito– a transcribir este párrafo de entre los más inspirados que ha podido escribir un español:

«Escribir para el pueblo –decía mi maestro– ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto pude, mucho menos, claro está, de lo que él sabe. Escribir para el pueblo es escribir para el hombre de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas inagotables que no acabamos nunca de conocer. Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra. Por eso yo no he pasado de folclorista, aprendiz, a mi modo, de saber popular. Siempre que advirtáis un tono seguro en mis palabras, pensad que os estoy enseñando algo que creo haber aprendido del pueblo».

Sí, sí, hay que leer más las prosas de Machado. Tiene páginas escritas sobre cultura que nadie mejorará jamás. Por ejemplo, estas pocas frases:

«Para nosotros, la cultura no proviene de energía que se degrada al propagarse, ni es caudal que se aminore al repartirse; su defensa, obra será de actividad generosa que lleva implícita las dos más hondas paradojas de la ética: sólo se pierde lo que se guarda, sólo se gana lo que se da».

Antonio Machado

Antonio Machado

¿No es una joya? Pero si queremos acabar con el supuesto de un Antonio Machado «compañero de viaje», citemos lo último que se atiene concretamente a la cuestión: «Desde un punto de vista teórico, yo no soy marxista, no lo he sido nunca, es muy posible que no lo sea jamás. Mi pensamiento no ha seguido la ruta que desciende de Hegel a Carlos Marx. Tal vez porque soy demasiado romántico, por el influjo, acaso, de una educación demasiado idealista, me falta simpatía por la idea central del marxismo: me resisto a creer que el factor económico, cuya enorme importancia no desconozco, sea el más esencial de la vida humana y el gran motor de la historia». Y esto lo dice en su famoso discurso-mitin a las Juventudes Socialistas Unificadas, el 1 de mayo de 1937.

Pero Antonio Machado es nuestro gran poeta de la nostalgia, quien más y mejor ha hecho cantar nuestro paisaje con acentos líricos los más entrañados, quien con mayor hondura y diafanidad ha penetrado en el hombre español y nos ha hecho sentir con incomparable agudeza y percusión sus terribles resabios y ancestrales reacciones de escarmiento y de odio.

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