Cesar Vallejo: entre la libertad y la muerte

Francisco CARRASQUER

C_sar_Vallejo

El peruano César Vallejo (Santiago de Chuco, 13/3/1892–París, 15/4/1938) es un poeta formalmente único. Y no sólo en lengua española, sino posiblemente en todas las lenguas. Tan conceptista como el primero (¡y cuidado que hemos tenido conceptistas geniales, Quevedo en cabeza!) y tan expresionista como el que más (lo de un Miguel Hernández son chispitas al lado de este restallar continuo y retardado de centellas y rayos, truenos y retumbos vallejianos); y hasta más impresionista que el mismo maestro inter pares Valle Inclán, superior en otras cosas, desde luego. Pero es que para hablar de la obra de Vallejo habríamos de inventar una terminología estilística idónea. Lo pasamos por el dadaísmo, el futurismo, el ultraísmo, el creacionismo y el superrealismo –por no hablar ya de simbolistas y parnasianos anteriores– y todo se nos queda corto o incompleto. En César Vallejo hay, para empezar, realismo, ¿qué digo, realismo?: naturalismo acérrimo, pero un naturalismo que choca con sus contrarios: romanticismo y culteranismo, los cuales, a su vez, se pegan con los vanguardismos ya nombrados cuando menos te lo pienses. ¿Será acaso un ecléctico, César Vallejo? ¡Horror de los horrores! ¿César Vallejo ecléctico? El ecléctico pesa y sopesa; tría y escoge entre lo que cree mejor; pero CV es incapaz de todo eso, incluso ni sabe lo que es eso de mejor, estéticamente hablando. La estilística no ha llegado más que a las ramas, hasta CV Con CV hay que llegar a las raíces. y no sólo eso. Lo original, sin asomo de posible emulación, en CV, es que combina ramas con raíces, hojas con tocones, troncos con vástagos al pie. Es un árbol de árboles en las más arbitrarias recomposiciones de sus partes y especies. Porque, no sólo resulta difícil por sus combinaciones imprevisibles de componentes de una unidad o conjunto, sino sobre todo por el ensamblamiento sorpresivo de géneros poéticos y familias de estilo de diversa especie. En un mismo poema podemos encontrarnos con neologismos y arcaísmos, vulgarismos y cultismos, giros clásicos y barbarismos atroces. Esto en cuanto a la terminología, que en lo que a asuntos de preceptiva respecta, también podemos tropezarnos (tropezar es la palabra) con un arrebato lírico detrás de una andanada épica, o con un flagrante prosaísmo delante de una exquisitez rococó…

Demos paso ahora a un testimonio de excepción con mente superior como es Juan Larrea (Bilbao, 1895-Córdoba de Argentina, 1980), poeta de la Generación del 27 y como tal bastante preterido, gran amigo y compañero que fue de CV, a cuya obra ha dedicado varios y definitivos estudios críticos e interpretativos. En la edición «crítica y exegética» de CESAR VALLEJO, Poesía Completa, (Barral Editores, Barcelona, 1978), a su cuidado, escribe Larrea, entre muchas otras cosas del mayor interés con que presenta y explica la obra vallejiana:

«En sus versos [los de CV] se formula otra clase de poesía que penetra hasta los tuétanos verbales de la especie y, coherentemente, otra concepción del lenguaje en su diversidad de formas, desarticulaciones, trizamientos, alteraciones semánticas, requerido su conjunto por la necesidad de expresar, no un concepto compartible sino un exhalarse; de exteriorizar su emotivo estado de espíritu, que es el punto donde poesía y lenguaje o verbo creador resultan ser una misma cosa. Por estas quebradas y deslices, Vallejo se ha convertido en un espontáneo poeta hermético. Ha encontrado el modo de exponer y decir a hurtadillas las intimidades que a él le es inherente decir y que no puede expresar en forma discursiva sin convertirse en el hazmerreír de las gentes. Mas en el fondo de su caso, no se trata de expresar, sino de vivir para sí, como vive el verbo. En virtud de esas formas libertarias, desarticulada la sintaxis gramatical, descompuestas las conexiones de superficie y suprimidas cuando corresponde las coherencias lógicas que impiden a la imaginación dar, cuando para ella es lógico, los saltos mortales sobre espacio, tiempo y aun personalidad, y merced a alusiones imprecisas que el poeta se entiende y Dios le entiende, ya lo particular y arbitrario de su simbología, Vallejo ha inventado un lenguaje extraordinario que le es tan peculiar como exclusivo. Mas un lenguaje que posee a la vez la cualidad de interesar al lector bien sea por el misterio que irradia, bien por la emoción que trasciende su intensidad, o por los horizontes promisorios que entreabre. y lo fundamental: a la par que el poeta se insacula en sí, integrándose a su esencia propia, está revelando materias radiactivas muy contiguas a la energía nuclear de la especie» (op. cit. pp. 60-61).

CV era un obseso de la muerte, en especial a partir de su primer poemario de tan fúnebre título como Los Heraldos Negros (1919), a sus 26 años. Y a lo largo de su obra erupta su vulcanismo activo hecho poesía a raíz de defunciones tales como la de su hermano Miguel, con quien más había jugado, de su adorada y santificada madre, de amigos como Alfonso Silva, pero sobre todo con ocasión de nuestra guerra civil. Su poemario ¡España, aparta de mí este cáliz! es la cumbre de toda su obra por estas dos razones, fundamentalmente:

PRIMERA. Con la causa republicana, sublima CV su amor a la madre magnificando esa misma adoración del ser que tanto había inspirado al poeta al identificarse con la matria (¡no patria!) española, hasta entrañarse con ella, absolutamente, por su poesía. La historia parece haber dado una vuelta de campana. Una buena lección, de paso, para los que, en el debate de hoy, claman contra la celebración de aquella ignominia que fue la conquista y colonización de las Américas. La causa republicana se ganó hasta hacérselos suyos a los más grandes poetas hispanoamericanos: Neruda, Paz, Vallejo, Nicolás Guillén, por no nombrar más que a unos pocos entre los más ilustres. Como tantas veces, vuelve a darse el sempiterno malentendido de confundir reyes y gobiernos con pueblos. y al poeta sólo le mueve el Pueblo, nunca el Poder. El mismo CV dijo, ante el Congreso de Escritores por la Defensa de la Cultura, en Madrid, julio de 1937:

«América ve en el pueblo español cumplir su destino extraordinario en la historia de la humanidad, y la continuidad de este destino consiste en que a España le ha tocado ser la creadora de continentes; ella sacó de la nada un continente y hoy saca de la nada al mundo entero».

Se identifica tan entrañadamente con la causa española antifranquista que parece como si muriera por ella. En efecto, su muerte (¡a los 46 años!), no sólo estaba auto anunciada (en su celebérrimo poema «Piedra negra sobre una piedra blanca» que empieza con aquello de «Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya recuerdo»), sino que parece equivaler a la muerte en el frente español republicano de sus hermanos de lucha. Con su ¡España, aparta de mí este cáliz! ha escrito CV ese libro que testimonia del caído y lo perpetúa trascendiéndolo, tal como enuncia en su poema «Pequeño responso a un héroe de la República» que empieza así: «Un libro quedó al borde de su cintura muerta, un libro retoñaba de su cadáver» y acaba: «pero un libro, atrás un libro, arriba un libro / retoñaba exabrupto del cadáver». Tenía que ser él mismo el muerto junto al libro. Porque creía que con la muerte colectiva se abolía la muerte individual y con el libro renacía la colectividad subterráneamente trasplantada en el tiempo futuro.

SEGUNDA. Con este poemario se alude, evidentemente, a la redención por el sacrificio –humanamente temido y divinamente asumido–. España suple al «Padre mío» de Jesús en la cruz. Acabamos de hablar de la salvación del hombre en la muerte colectiva, merced al Verbo. Pero ¡España, aparta de mí este cáliz! es también la victoria de la libertad sobre la muerte. Al publicarse su críptico poemario Trilce (1922), CV le escribe a su amigo Antenor Orrego, que fue el único que lo entendió y escribió acertadamente sobre el mismo cosas como éstas:

«El libro ha nacido en el mayor vacío. Soy responsable de él. Asumo toda la responsabilidad de su estética. Hoy, y más que nunca quizá, siento gravitar sobre mí, una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, de hombre y de artista: ¡la de ser libre! Si no he de ser hoy libre, no lo seré jamás… Me doy en la forma más libre que puedo y ésta es mi mayor cosecha artística… Quiero ser libre aun a trueque de todos los sacrificios. Por ser libre, me siento en ocasiones rodeado de espantoso ridículo con el aire de un niño que se lleva la cuchara por las narices» (op. cit. pp. 73-74).

CV era un ferviente seguidor de Nietzsche, pero a su manera, naturalmente. En vez de esperar el Superhombre-individuo, creía en el advenimiento de un Superhombre colectivo, algo así como una Superhumanidad, o tal vez interprete mejor su idea el término Superpueblo, que él traduce indirectamente y por la mentalidad mediatizada de su tiempo por Supermasa, como se adivinará en el poema que transcribimos titulado precisamente «Masa». No obstante, nada más alejado de la masificación que la persona y obra de CV. Yo he solido poner a CV como ejemplo supremo para acabar con el confusionista infundio del compromiso en la literatura. Siendo como era CV un hombre del pueblo y comunista declarado por añadidura –por lo que tendría que haberse adscrito al mandamiento stalinista del «realismo socialista»–, jamás tuvo en cuenta el imperativo categórico de semejante decálogo como para escribir con sencillez y sobre cosas fáciles de modo que lo entendiese bien el proletariado, etc. Todo lo contrario, más contrario que nadie en el mundo, justamente. y por lo que acabamos de transcribir de su propia pluma. y es que, ya para resumir, ocurre como si CV supiera que la muerte sin libertad sí que sería muerte, pero con libertad podría ser resurrección. Porque sólo el arte en libertad germina y «retoña», porque sólo el arte en libertad es creador. Luego, para CV el compromiso era no dejar de ser libre y hacer una poesía lo más creativa posible, tanto que fuera capaz de vencer a la muerte de todos y de cada uno, individual y colectiva. No le importaba que no le entendiera todo el mundo. De hecho, no entiende más el vulgo burgués que el proletario. Como Juan Ramón Jiménez cuando hablaba de hacer poesía «para la inmensa minoría», se trata de esa inmensidad de minorías en el tiempo: que la gran poesía se entiende cada día más y mejor, mientras que la pequeña se entiende en seguida y en todas partes, pero se olvida para siempre nada más oída.

MASA

Al fin de la batalla,

y muerto el individuo, vino hacia él un hombre

y le dijo: «No mueras; te amo tanto!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:

«No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!».

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se aproximaron cuatro al uno muerto:

«No ser más a tu lado para que no te vayas!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él, veinte, cien mil, quinientos mil,

clamando: «Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra

le rodearon: les vio el cadáver triste, emocionado;

incorporose lentamente

abrazó al primer hombre; echose a andar.

CV es un fenómeno meteórico, cada año va subiendo más alto. En éste del cincuentenario de su muerte, ha habido profusión de celebraciones en todos los ámbitos literarios hispánicos (no sólo de España e Hispanoamérica, sino que hay que contar también los hispanismos desperdigados por todo el mundo, desde el Japón a Suecia y desde Siberia a Alaska. Como Emilio Prados, otro semiolvidado también aupado por Juan Larrea (¡también es coincidencia!), CV está llamado a alcanzar las cotas más altas de la poesía universal. y para dar, aquí, unas pocas muestras –tarea imposible con criterios justos– nos limitamos a tres poemas, tres de los momentos que nos atañen más y entre los que el lector habrá de hacer su composición de lugar, cueste lo que le costare. Que esforzado es y ha de ser todo lector.

FABLA DE GESTA (fragmento)

y la América entera te adeuda a ti el empuje

final, el martillazo sobre el falso cristal;

y el Perú agradecido sabe que hay en su escudo

las huellas de tu yunque que no se borrarán.

 

Tú, la sangre de España, que se embarcó al Misterio

en velas de coraje, pecho de par en par,

tú, regresaste al fondo de la gran raza hispana,

valor cuajado en Bronce y amor en Libertad.

IMAGEN ESPAÑOLA DE LA MUERTE

¡Ahí pasa! ¡Llamadla! ¡Es su costado!

¡Ahí pasa la muerte por lrún:

sus pasos de acordeón, su palabrota,

su metro del tejido que te dije,

su gramo de aquel peso que he callado ¡si son ellos!

 

¡Llamadla! ¡Daos prisa! Ya buscándome en los rifles,

como que sabe bien dónde la venzo,

cuál es mi maña grande, mis leyes especiosas, mis códigos terribles.

¡Llamadla! Ella camina exactamente como un hombre, entre las fiera.

se apoya de aquel brazo que se enlaza a nuestros pies

cuando dormimos en los parapetos

y se para a las puertas elásticas del sueño.

 

¡Gritó! ¡Gritó! ¡Gritó su grito nato, sensorial!

Gritara de vergü̈enza, de ver cómo ha caído entre las plantas,

de ver cómo se aleja de las bestias,

de oír cómo decimos: ¡ Es la muerte!

¡De herir nuestros más grande intereses!

 

(Porque elabora su hígado la gota que te dije camarada:

porque se come el alma del vecino).

 

¡Llamadla! Hay que seguirla

hasta el pie de los tanques enemigos.

que la muerte es un ser sido a la fuerza,

cuyo principio y fin llevo grabados

a la cabeza de mis ilusiones,

por mucho que ella corra el peligro corriente

que tú sabes

y que haga como que hace que me ignora.

 

¡Llamadla! o es un ser, muerte violenta,

sino, apenas, lacónico suceso;

más bien su modo tira, cuando ataca,

tira a tumulto simple, sin órbitas ni cánticos de dicha;

más bien tira su tiempo audaz, a céntimo impreciso

y sus sordos quilates, a déspotas aplausos.

Llamadla, que en llamándola con saña, con figura ,

se la ayuda a arrastrar sus tres rodillas,

como, a veces,

a veces duelen, punzan fracciones enigmáticas, globales,

como, a veces, me palpo y no me siento.

 

¡Llamadla! ¡Daos prisa! Ya buscándome,

con su coñac, su pómulo moral,

sus pasos de acordeón, su palabrota.

¡Llamadla! No hay que perderle el hilo en que la lloro.

De su olor para arriba, ¡ay de mi polvo, camarada!

De su pus para arriba, ¡ay de mi férula, teniente!

De su imán para abajo, ¡ay de mi tumba!

Publicado en Polémica, n.º 35-36, diciembre de 1988

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