La Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas. Recuerdos de una experiencia

Armando LÓPEZ

Sigfrido Catalá

Sigfrido Catalá

A las jóvenes generaciones obreras que tanto oyeron hablar a sus mayores de la legendaria CNT, se les hace difícil entender que ésta, al morir Franco, no lograra recuperar, como ocurrió al finalizar la dictadura primorriverista, la importancia que siempre le confirió su condición de central obrera mayoritaria. Haber llegado a la decepcionante situación actual, incita a volver la mirada atrás para detenerla en el tramo histórico que da título a estas cuartillas y tratar de extraer del mismo la lección que nos deparan algunas de sus fechas. Tal, la creación en octubre de 1944 de la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas, acaso una de las de mayor relevancia entre tantas como aureolan la abundante, ruda y apasionante clandestinidad de la CNT.

No se trata de describir detalladamente los avatares que la Alianza protagonizó en el transcurso de su existencia, sino de dar una breve aproximación de su contenido y significación, para que no queden, como tantas otras cosas, sepultadas en el anonimato de un olvido imperdonable.

La Alianza nace alentada por la conjunción de militantes del interior que ven en la reunión de las fuerzas antifascistas, la única actitud válida frente al fascismo franquista. Su más decidido impulsor fue el entonces secretario del Comité Nacional de la CNT, Sigfrido Catalá.[i] A su alrededor conjunta las fuerzas que venían luchando dispersas, descohesionadas, sin inquietar, por ello, al poderoso aparato del franquismo, ni tampoco poder ofrecer a los gobiernos aliados, que decían apoyarla, una alternativa idónea de cambio, acordada al de sus tímidas, vacilantes y escurridizas democracias.

Antes de entrar en el tema, creo de interés y de justicia traer a colación los nombres de los que inicialmente la integraron, lamentando que mi memoria no alcance a completar la relación en su totalidad. Salvado este fallo, diré que fueron, con el ya nombrado Sigfrido Catalá, el republicano Régulo Martínez, los cenetistas Luque, Leyva, García Durán, los socialistas Gómez Egido y Orche, secundados en línea de modestia, que no de méritos, por el compañero Barranco desde su refugio de la embajada británica, quienes hicieron posible, por primera y única vez en plena clandestinidad, la presencia de un organismo que dejaba sin argumentos a los que, dentro y fuera de España, se resistían a condenar al régimen de Franco, alegando la inexistencia de una opción que recogiera mayoritariamente el sentir y la solución anhelada por el pueblo español.

Julio de 1944 presencia el desembarco aliado en las playas de Normandie. El establecimiento de la cabeza de puente abre el esperado segundo frente, y depara a los resistentes españoles la oportunidad y el momento psicológico apropiado para presentar la Alianza ante la opinión mundial. La CNT, por entonces fuerza preponderantemente mayoritaria, asume el compromiso. Desde la plataforma de sus 60.000 cotizantes en toda España y la presión propagandística de sus órganos de prensa que alcanzan tiradas de hasta 30.000 ejemplares, desarrolló una intensa y sistemática campaña en favor de la Alianza, culminada con la publicación del documento cuyo texto sancionaba oficialmente los acuerdos alcanzados.

Del efecto o impacto –como ahora se diría– producido en los distintos estamentos del país y de las importantes acciones que por entonces se producían, pueden dar idea dos anécdotas que creo de interés ofrecer a los lectores. Hace referencia una de ellas, a la petición de entrevista que Juan March, el multimillonario banquero del franquismo, formula a Sigfrido Catalá, ofreciéndole un cheque en blanco, a condición de ser avisado con tiempo para poner a salvo sus cuantiosos intereses. Ofrecimiento que, claro está, y más conociendo la reciedumbre moral del compañero Catalá, es rechazado de plano.[ii]

La otra se relaciona con Solidaridad Obrera, de siempre «distinguida» con feroz saña por la policía franquista. Su obsesión por impedir que la Soli llegara a manos del pueblo, tan sólo era comparable, en sentido contrario, claro, al denuedo y entusiasmo que los compañeros desplegaban para impedir que cayera en sus garras. Pese a lo cual, por un desgraciado accidente, no pudo evitarse que en una de las frecuentes razzias con que la policía nos obsequiaba, ésta se apoderase de la totalidad de la edición, a punto ya de ser distribuida. Entre los detenidos en aquella redada, figuraba un militante al que la policía, mal informada, atribuía la responsabilidad de la edición. Era preciso exonerarle de la injustificada acusación. Para ello se precisaba poder desmontar el trabajo policíaco. Nada mejor, se pensó, que poner en la calle, urgentemente, otra edición, siquiera restringida, de la Soli. Así se hizo y apenas transcurridas 48 horas, para desesperación y bochorno de la «Social», que no acababa de creerlo, estaba circulando nuevamente.[iii] La furiosa reacción de los sicarios, no es para describirla. Algunos de los compañeros que por entonces se alojaban en los calabozos de la Jefatura Superior, pagaron en forma de insultos y palizas la impotencia policial, que, para mayor inri, hubo de soportar la vergü̈enza de recibir en la propia Jefatura, por correo, los ejemplares de la nueva Soli.

Pero volviendo a lo principal del asunto, importa insistir acerca de los ambientes de la época. El progresivo desmoronamiento de las posiciones nazi-fascistas, minaba la moral franquista y estimulaba la del pueblo. Al tiempo, o mejor a destiempo, en el exterior, concretamente entre el exilio político español, se desataba una inmoderada corriente de optimismo y de infundadas ambiciones. García Durán, exprofesamente delegado por la Alianza para informar al gobierno republicano en Francia, ha dejado magistral constancia en su libro Por la libertad, de la inconsciente y también sucia irresponsabilidad de algunos de sus componentes, ciegamente convencidos de que sus correligionarios de los gobiernos aliados, iban a entregarles en bandeja al general Franco y sus secuaces. A tal extremo llegaba su desconocimiento de la realidad que se vivía en el interior y el exacerbado engreimiento, que llegaron a tildar a la oposición que representaba el compañero García Durán, de «unos cuantos ilustres desconocidos», sin influencia ni presencia en España. Falta decir –acaso lo pensaron– que las gentes que luchaban y morían en el interior, sólo servían para eso, para luchar y morir y como carnada para aplacar la voracidad de la fiera fascista.

No es de extrañar, pues, que gentes así, torpes y ambiciosas, incapaces de renunciar a un protagonismo que pensaban les correspondía en exclusiva, llegaran a considerar a la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas y a los nuevos valores surgidos de la sangrienta clandestinidad, a su independencia y creciente e indiscutible ascendiente alcanzado entre el pueblo español, como un peligro para sus ambiciones políticas. Consecuentemente –pensaron– se imponía su anulación y a ello dedicaron sus mejores energías.

Sin embargo los ataques más dolorosos, los que más herían, procedían del sector cenetista que en el exilio intentaba su reconstrucción retomando a los ancestros del anarquismo dogmático. Con la colaboración de «ilustres arrepentidos», de despechados, de ingenuos ilusos, que de todo hubo, se orquestó una permanente campaña de descrédito sobre los compañeros del interior, obstaculizando su labor con procedimientos no siempre dignos y honrados. Todo ello, sin detenerse a pensar en el daño que inferían a la causa antifranquista –y aún a ellos mismos– ni menos querer entender lo que la Alianza significaba en aquellos momentos, como testimonio y esperanza para la clase obrera organizada clandestinamente.

Quienes en aquella, como en tantas otras ocasiones, dedicaron su tiempo, su trabajo e inteligencia a destruir y denigrar sañudamente la tarea del interior, habrán tenido oportunidad de reflexionar, a la vista de lo que va quedando de la otrora potente organización obrera, si en verdad eligieron el camino acertado. O más grave, infinitamente más grave, si no contribuyeron a malgastar, malográndola, una espléndida generación juvenil, incitándola a la comisión de hechos cuyos resultados, más que previsibles, eran el de estrellarse frente al muro policíaco. Máxime cuando no se quiso atender debidamente a la creación de una organización fuerte y pertrechada, capaz de arropar el heroísmo y la abnegación de compañeros que, invariablemente, unos tras otros, eran abatidos y aniquilados por los servicios de la policía franquista. Por ahí, en mi opinión, podría iniciarse la busca de las causas cuyos efectos estamos padeciendo ahora…

De esta manera, enfrentada a la confabulación de los políticos profesionales, al permanente acoso policíaco, alanceada por la intransigencia de torpes fanatismos, con sus mejores hombres en cárceles y presidios, la Alianza fue agotando su capacidad de lucha, hasta encallar en los arrecifes de tantas y tan injustas persecuciones. Así, de algún modo, resultó baldío el intento de hacer ver a los ciegos y de escuchar a los sordos. Pero no el esfuerzo desplegado para dar a conocer a los trabajadores la existencia de dos Españas abismalmente antagónicas, en una de las cuales, nosotros, los libertarios, estábamos encuadrados. Era claro, lógico, incuestionable, que los cenetistas, por el inexorable peso de su propia naturaleza nos adscribimos a la España de la dignidad, de la justicia y de la libertad, y pensábamos, entonces –y ahora también– que si para defender la libertad, la nuestra y la de todos, estamos condenados a ocupar una misma barricada con todos los afines, ¿no sería más lógico y conveniente hacerlo en igualdad de condiciones, participando, compartiendo, reclamando, exigiendo derechos y deberes, que no siendo remolque de acontecimientos, en donde nuestra presencia se limite a la contemplación del hecho consumado, sin más opción que el de sufrirlo y sancionarlo o, peor todavía, el del inútil y ridículo derecho al pataleo?

Así lo entendió la Alianza y así siguen entendiéndolo muchos compañeros en la actualidad. Entre otros motivos, por desconocer la existencia de alguna razón que nos confiera a nosotros la exclusiva del acierto o el derecho a menospreciar otras opciones, sensatas o no, por el solo hecho de ser ajenas al dogma propio.

Analizada hoy, con perspectiva casi histórica, la Alianza constituyó, en mi opinión al menos, una experiencia vital, constructiva, destinada a profundizar en el surco que la CNT trazó en noviembre de 1936 cuando, responsablemente, decidió participar en la vida pública. No, como dijera Camus, «Para servir al Gobierno, sino a la justicia; no a la Política, sino a la Moral; no para la dominación del pueblo, sino para su grandeza».

Para más información, puedes descargarte este pdf con un interesante trabajo sobre el tema



[i] El compañero Sigfrido Catalá, que por su destacada actuación al frente del Comité Nacional de la CNT y de la Alianza, fue detenido, condenado a muerte –conmutado– y permaneció largos años en presidio. Falleció en Valencia en septiembre de 1978.

[ii] Véase la Resistencia antifranquista, de Víctor Alba.

[iii] Esta Soli se imprimió en Valencia, donde los compañeros editaban Fragua Social. La trasladó a Barcelona, por ferrocarril y en dos maletas de viaje –entonces no se disponía de automóviles–, el compañero –también fallecido– Andrés Furió.

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