Ilusión y desencanto en una misma entrega

Tomás IBÁÑEZ

1. El Yin y el Yan del imaginario colectivo

mitingssreyes11Si la convulsa trayectoria de la CNT entre los años 1976 y 1979 se hubiese debido simplemente al choque frontal entre posturas divergentes bastaría con relatar el contenido de las discrepancias para dar cuenta de la crisis que acabó destrozándola. Sin embargo, la sospecha de que esa crisis movilizó unos fenómenos simbólicos y afectivos mucho más profundos que los que suscita la simple disparidad de criterios sugiere adoptar una perspectiva menos descriptiva e indagar, quizás, en las complejidades del imaginario social. En efecto, el examen de la ajetreada historia del relanzamiento de la CNT pone de manifiesto la decisiva intervención de dos facetas a la vez complementarias y opuestas del imaginario colectivo.

Por una parte, el potente resurgir de una organización que había estado prácticamente ausente de las luchas obreras durante algo más de dos décadas, muestra que ni el fluir del tiempo ni la meticulosa orquestación del silencio y del olvido consiguen impedir que el imaginario colectivo conserve, intensamente presente, la huella de determinados acontecimientos históricos y sea capaz de espolear el deseo colectivo de reavivar las brasas de la memoria histórica.

Pero, por otra parte, el fulgurante regreso de la CNT a la insignificancia histórica muestra que el imaginario colectivo no solo es capaz de estimular los movimientos populares para que se reapropien su pasado sino que también puede empujar esos movimientos hacia unas trampas mortales confiriendo a la presencia del recuerdo una fuerza destructiva.

Es precisamente la consideración de esta segunda faceta del imaginario la que me hace coincidir con José Martínez cuando en el excelente trabajo que publicó en Cuadernos de Ruedo Ibérico bajo su habitual pseudónimo de Felipe Orero, este afirmaba que todos los gérmenes de la crisis de la CNT ya estaban presentes en la famosa asamblea del 29 de febrero de 1976 en Sant Medir, y que esta crisis empezó en el momento mismo de la reconstrucción.

Fue efectivamente la voluntad de reconstruir la mítica organización que aún resplandecía en el pasado, en lugar de intentar construir algo a partir las propias exigencias del presente la que propició finalmente el fracaso de la CNT. Sin embargo, antes de ahondar en la faceta destructiva del imaginario es preciso detenernos brevemente sobre su otra faceta y recalcar que, paradójicamente, también fue esa misma voluntad de reconstrucción la que permitió cosechar los impresionantes éxitos iniciales.

En efecto, fue la fascinación ejercida por la perspectiva de la reconstrucción de la CNT, y no otra cosa, la que aglutinó voluntades, acalló discrepancias, inyectó entusiasmos, movilizó energías y propició la gran confluencia libertaria de Sant Medir, así como el frenético activismo militantes de los meses siguientes. Por supuesto, resucitar la CNT no era la única opción que se podía contemplar, también se podía tildar de puro anacronismo el afán por reconstruir la CNT, y se podía invitar el movimiento libertario a “olvidarse de la CNT”, reagrupándose sobre otras bases. Sin embargo, ninguna otra opción hubiera conseguido un poder de convocatoria tan fuerte ni un efecto aglutinante tan decisivo como aquella que proponía relanzar la CNT.

Así mismo, fue la perspectiva de pertenecer a las filas de la mítica CNT reconstruida, y no otra cosa, la que suscitó buena parte de la importante afiliación que se produjo. Está claro, aquí también, que desde el campo libertario otras propuestas organizativas eran posibles, pero ninguna de ellas hubiese despertado tantas adhesiones ni suscitado una respuesta popular tan amplia. Nutridas, entre otras fuentes, por una red de vinculaciones familiares más o menos directas, las raíces de la CNT en la sociedad española eran demasiado profundas para que esta no volviese a brotar con fuerza en cuanto se presentasen circunstancias favorables. La respuesta popular demostraba que los viejos militantes no andaban del todo desencaminados cuando, haciendo gala de una conmovedora ingenuidad, confiaban ciegamente en que la CNT renacería espontáneamente en el preciso instante en que se derrumbase la dictadura.

Existe un amplio consenso para considerar que el movimiento que se inicio a finales de 1975 en Madrid y a principios de 1976 en Barcelona tuvo éxito precisamente porque pretendía reconstruir la CNT, capitalizando la impresionante carga simbólica de la que gozaban una organización y unas siglas ancladas en lo más hondo del imaginario colectivo. Sin embargo, no existe el mismo consenso para considerar que fue una misma causa la que originó tanto al éxito como el fracaso de la CNT, y que ese fracaso se vincula, el también, con la intensa carga simbólica que anidaba en esa organización y en esas siglas.

Quienes se inclinan por acudir a otras razones para explicar ese fracaso suelen privilegiar la heterogenia procedencia de quienes protagonizaron el relanzamiento de la CNT, así como las divergencias sustantivas entre las opciones programáticas presentes en la organización, y por fin, los problemas creados por el nuevo ordenamiento del marco socio-laboral.

No se trata de negar la importancia de estos aspectos que repasaremos a continuación, pero insistiendo en que fue la propia relevancia histórica y simbólica de la CNT la que les confirió la intensidad de su fuerza destructiva.

2. Confluencia heteróclita y divergencias programáticas

Algunos afirman que ya se podía leer la crónica de la muerte anunciada de la CNT en la variopinta procedencia de los sectores que confluyeron en su reconstrucción. La verdad es que la incipiente CNT presentaba una apariencia de cajón de sastre que presagiaba cualquier cosa menos un futuro sosegado y apacible. Hay estaban desde la vieja militancia cenetista que había optado de manera posibilista por utilizar la CNS, hasta los escasos militantes que mantenían una vinculación con uno u otro de los sectores del exilio, pasando por los núcleos de jóvenes anarquistas, sobre todo estudiantes, que habían crecido al calor de la fuerte revitalización (y de la moderada actualización) del anarquismo impulsada por el “Mayo del 68”. También estaban los sectores influenciados por las luchas obreras autónomas y auto gestionadas desarrolladas en la primera mitad de los años setenta (las huelgas de Harry Walker, o de la Térmica del Besos por ejemplo) y por las críticas del “68” al vanguardismo, a las burocracias obreras y al dirigismo. Solo falta añadir los grupos libertarios y autogestionarios de “Solidaridad”, o los escasos militantes comunistas libertarios para convencernos de que el coctail era efectivamente de lo más heterogéneo.

Sin embargo, esta heterogeneidad inicial no basta ni de buen trozo para explicar la virulencia de los enfrentamientos en el seno de la CNT, ni la intensidad de las fuerzas centrífugas que amenazaban constantemente con disgregarla. Si bien es cierto que las diferencias de sensibilidades y de experiencias eran importantes también es cierto que existía una amplia sintonía en torno a unas opciones que, se diga lo que se diga, eran globalmente de signo indudablemente libertario. Ese común sustrato libertario anunciaba que la convivencia no tenía porque ser fácil pero que tampoco estaba necesariamente abocada a ser un infierno.

Como es sabido, la heterogeneidad inicial desembocó bastante rápidamente en una bipolarización que cristalizó en la constitución de dos grandes bloques claramente enfrentados. Uno de ellos privilegiaba el contenido anarquista de la CNT considerando que esta debía ser esencialmente un instrumento para reivindicar y promover la ideología y las prácticas anarquistas, mientras que el otro ponía el énfasis sobre la dimensión de emancipación proletaria de la CNT concibiéndola ante todo como un instrumento para desarrollar y radicalizar unas luchas obreras autónomas. Esta claro por lo tanto que estos dos bloques albergaban discrepancias importantes en cuanto a estrategias y a modelos organizativos, pero estas no fueron el motor principal de la crisis.

En efecto, si bien es cierto que los dos bloques se oponían sobre un conjunto de cuestiones también es cierto que presentaban, a su vez, una fuerte heterogeneidad interna, y una composición que no dejaba de ser sorprendente en algunos aspectos. De hecho existían casi tantos puntos de divergencia entre algunos sectores de un mismo bloque como entre estos y los sectores del otro bloque. Por ejemplo, aún formando parte de un mismo bloque la afinidad entre los “faistas” y los anarquistas cercanos a los postulados del “68” era tan inexistente como lo pudiera ser en el seno del bloque más sindicalista la coincidencia entre quienes habían pertenecido a la CNS y quienes procedían de los GOA (Grupos Obreros Autónomos). Por el contrario, los anarquistas post 68 y los antiguos GOA, aliados en un primer momento y adversarios más tarde, podían coincidir perfectamente sobre una serie de tópicos tales como, por ejemplo, el valor de las prácticas asamblearias.

Heterogéneo en su composición cada bloque estaba atravesado además por una tensión entre proclividades renovadoras y tendencias conservadoras que contribuían a tender puentes entre sectores y a desdibujar la claridad de su inserción exclusiva en uno solo de los bloques. Por ejemplo, en el bloque obrerista la firme inclinación por conservar los viejos esquemas de la centralidad de la clase obrera acompañaba en algunos casos la disposición a renovar sin complejos ciertas características de la vieja CNT. Así mismo en el bloque anarquista un sector pretendía conservar en sus más mínimos detalles las características de la CNT del “36” mientras que otro sector se mostraba dispuesto a renovar radicalmente sus estructuras.

También se podrían mencionar otras discrepancias como, por ejemplo, las que retomaban la vieja polémica entre sindicalismo y consejismo acerca del papel que debían tener las asambleas en los lugares de trabajo, o las que contraponían una CNT centrada prominentemente en el mundo del trabajo y por lo tanto esencialmente sindicalista en sus orientaciones y en sus estructuras, frente a una CNT que no contribuyese a fragmentar las luchas sino que fundiese lo sindical, lo político y lo cultural en una misma organización integral y global capaz de afrontar todos los aspectos que presenta la dominación en la vida cotidiana. Todas estas discrepancias eran importantes pero no eran ellas las que se debatían largamente en las asambleas de los sindicatos ni las que encrespaban los ánimos hasta el paroxismo, y no fueron por lo tanto las discrepancias programáticas o teóricas las que propiciaron la fractura irreconciliable entre dos sectores de la militancia cenetista. Sin duda, lo que se pretendía reconstruir estaba tan fuertemente investido por valores míticos que muy pronto las cuestiones se plantearon en términos de fidelidad a esos valores o de traición y usurpación de los mismos, imposibilitando cualquier gestión racional de las discrepancias y creando las condiciones optimas para el estallido final de la organización confederal.

3. El nuevo ordenamiento socio laboral

Los Pactos de la Moncloa firmados en 1977 configuraban un nuevo marco laboral y unas nuevas reglas del juego que ya no tenían nada que ver no digamos con la situación de los años 30, sino tampoco con la de la primera mitad de los años setenta donde la posibilidad de negociaciones directas a nivel de empresa aún dejaba cierto margen para las luchas de base asamblearia y de democracia directa. En efecto, el nuevo ordenamiento laboral y sindical pactado entre todas las fuerzas institucionales de la transición garantizaba que solamente las organizaciones “responsables” pudiesen intervenir en las negociaciones laborales y especialmente en la negociación de los convenios, favoreciendo el desarrollo de un sindicalismo corporativista, de mera afiliación y de simple intermediación.

En ese contexto el dilema para la CNT era claro: rechazar la participación en las nuevas reglas del juego (elecciones sindicales etc.) significaba marginarse del ámbito propiamente laboral y desaparecer en tanto que organización sindical, aceptar esas reglas significaba mantener un espacio sin duda menos radical que el anterior pero que aún podía ser significativo, aunque quedase muy lejos del que ocuparían unas centrales sindicales como CCOO y UGT perfectamente adaptadas a la nueva situación. El futuro demostró que ese fue efectivamente el resultado de cada una de las dos opciones, pero hay que reconocer que se podía dudar entonces (y se puede seguir dudando hoy) sobre cual era a la larga la mejor opción para luchar contra la explotación y la dominación. La decisión no era fácil porque fuese cual fuese la opción elegida los costos eran brutales: ceder todo el terreno laboral a los sindicatos de integración en un caso, y renunciar a la radicalidad de la histórica CNT y de las luchas obreras del tardo franquismo, en el otro caso.

La dificultad creada por el nuevo ordenamiento socio laboral hipotecaba decisivamente el futuro de la CNT, pero el hecho mismo de que la decisión no fuese fácil, y el propio margen de dudas que planeaba sobre la mejor manera de afrontar la situación, situaban la discrepancia como algo que era razonable que existiese más que como motivo de una descalificación fulminante del oponente. Lo que convirtió en un autentico barril de pólvora el dilema planteado por la nueva situación fue el enorme peso simbólico que representaban unas siglas y una historia. Este peso no dejaba ningún resquicio para la duda ni ningún espacio para el debate porque cualquiera de las dos opciones era vista, acertadamente, desde la otra opción como portadora de la “destrucción de la CNT” en tanto que la mítica organización que había sido antaño. En efecto, tanto si se la amputaba de sus radicalidad y de su impronta anarquista como si se la amputaba de su arraigo en las masas trabajadoras la CNT dejaba automáticamente de ser “la” CNT. Y, claro, como no se percibía que ambas opciones finiquitaban por igual el legado del pasado lo único que quedaba era que unos militantes de la CNT (los del “otro” bloque) se empeñaban en destruirla. Esto clausuraba inexorablemente toda posibilidad de dialogo.

4. La tensa cotidianidad dentro de la CNT

Después de un primer año donde las energías se volcaron ilusionadamente en la construcción de los sindicatos, en la articulación de las diversas estructuras orgánicas, en la difusión de la presencia de la CNT, o en otras tareas por el estilo, y donde se disfrutaba enormemente viendo como crecían la afiliación y la militancia, o comprobando que se tenía la capacidad de incidir con éxito en algunos conflictos laborales como el de Roca por ejemplo, las tensiones dentro de la CNT fueron aflorando progresivamente hasta convertir en irrespirable el ambiente interno de la organización.

Estas tensiones pasaron por fases álgidas en repetidas ocasiones. En enero de 1977 por las repercusiones internas de la detención de los militantes de la FAI en Barcelona, en Julio de 1977 por las discrepancias que rodearon a las jornadas libertarias, entre septiembre de 1977 y abril de 1978 por la incapacidad de nombrar un nuevo Comité Nacional, en enero de 1978 por las repercusiones, internas y externas, del atentado de la Scala, en septiembre-octubre de 1978 por el desenlace de la segunda huelga de gasolineras, en mayo de 1979 por el cese del director de la Soli y la expulsión de militantes de los GAA (Grupos de Afinidad Anarcosindicalistas), y así hasta diciembre de 1979 por los fuertes enfrentamientos del V Congreso.

Lo cierto es que el éxito de afluencia a los actos públicos organizados por la CNT en el año 1977, así como los debates de las jornadas libertarias, o el éxito en septiembre de 1977 de la primera huelga de las gasolineras, ayudaron considerablemente a soportar unas crecientes tensiones que pasaron a protagonizar casi en exclusiva la vida orgánica a partir del atentado de la Scala en enero de 1978, acabando con las ilusiones y con el entusiasmo desbordante de los primeros tiempos.

El clima que poco a poco fue predominando en la CNT se caracterizaba por la exacerbación de unos conflictos fuertemente emocionales, centrados en enfrentamientos personales y en luchas por el poder orgánico, que hacían subir el tono inmediatamente impidiendo que se pudiese discutir ni dialogar pausadamente. El hecho de que el éxito inicial se debiese al fuerte valor simbólico de las siglas y al prestigio mítico de la organización propició que la actividad militante se volcase intensamente hacia la propia interioridad de la CNT multiplicando las ocasiones para los conflictos. De hecho, salvo contadas excepciones, no hubo propiamente confrontación de estrategias, de modelos o de programas, fueron, efectivamente, los problemas internos y los debates domésticos los que absorbían todas las energías de unas asambleas donde el absentismo de los afiliados dejaba finalmente las decisiones en muy pocas manos.

En un contexto donde se veían conspiraciones por doquier uno de los asuntos que mayores energías absorbía y que provocaba mayor desgaste era el choque frontal por el control de los Comités, aún al precio de establecer alianzas contra natura para conquistarlos o para desestabilizarlos, en un baile de constantes cambios de Comités que les restaba cualquier eficacia organizativa. Estas luchas por el poder orgánico conducían a crear unos escenarios típicos de la caza de brujas donde se multiplicaban las insinuaciones y las descalificaciones personales fomentando prácticas de indagación policíaca en el pasado militante de los compañeros o en su vida privada, sin rehuir el recurso a la difamación (Öque si tal militante se reúne secretamente con Martín Villa, que si tal otro perteneció a la Guardia de Franco, o que si no se sabe quien financia a un tercero que vive sin trabajarÖ). Este clima y estas prácticas fomentaban la proliferación de unos comportamientos violentos, que no dudaban en recurrir a las amenazas, o incluso a las agresiones físicas, imprimiendo a los conflictos internos una violencia y una exacerbación que les dotaba de una desmesurada fuerza destructiva.

5. Las Narrativas de la conspiración y de la traición

Ni la heterogeneidad de las procedencias, ni la magnitud de las discrepancias, ni tampoco al carácter adverso de la nueva situación socio laboral bastan para explicar las fuertes convulsiones que agitaron la CNT ni el clima de extrema crispación que la caracterizó. El examen del tipo de narrativas que los dos bandos fueron elaborando durante el proceso de la reconstrucción (y que son por cierto extrañamente coincidentes en su estructura argumentativa) indica claramente que los problemas tenían otras raíces y eran de otra índole.

Es fácil comprobar que una de las dos narrativas enfrentadas se basaba en la denuncia de una conspiración permanente encaminada a desvirtuar y a traicionar la dimensión que dio a la CNT su idiosincrasia y su valor esencial, es decir su dimensión propiamente anarquista. Según esta narrativa esta conspiración pretendía vaciar la CNT de su dimensión libertaria y por eso promovía en su seno una implacable “caza al anarquista”.

Por su parte, la otra narrativa denunciaba una conspiración simétrica donde el sectarismo ideológico y las actuaciones violentas o marginales se confabulaban para traicionar la dimensión que dio su grandeza a la CNT, es decir su dimensión genuinamente proletaria. Esta conspiración no pretendía otra cosa que vaciar la CNT de su dimensión de clase, y por eso orquestaba en su seno una sistemática “caza al no-anarquista”.

Por supuesto, desde dentro de cada una de esas dos narrativas todo lo que provenía de la otra era interpretado inmediatamente en términos que confirmaban la existencia de una conspiración cuidadosamente diseñada.

La primera de esas dos narrativas reivindicaba la trascendental misión de impedir que los conspiradores (por ejemplo los “marxistas” camuflados) robasen el fuego sagrado (es decir, la mítica CNT y sus siglas) y se apropiasen sus poderes para ponerlos al servicio de sus propios fines. Pero la conspiración era polimorfa, también habría que impedir que otros conspiradores (Martín Vila, por ejemplo) que mantenían, por cierto, turbias relaciones con los anteriores, desvirtuasen o instrumentalizasen el fuego sagrado en pos de unos fines inconfesables Finalmente, después de que la numantina resistencia ofrecida por los guardianes anarquistas del fuego sagrado hubiese logrado impedir que este fuese robado o instrumentalizado, la batalla aún debería seguir porque los conspiradores intentarían ahora apagar ese fuego para neutralizarlo y volverlo inofensivo.

Si alguien piensa que estoy caricaturizando o exagerando le recomiendo simplemente que lea el folleto “Proceso político a la CNT” editado por la propia confederación y en donde se relatan, entre otros, los siguientes extremos. La Comisión Provisional nombrada tras la asamblea de Sant Medir estaba en realidad copada por jefes del vertical afines a Martín Villa, hasta que a finales de 1976 el Pleno de Catalunya corrige en parte el error cometido en Sant Medir, pero la mano de Martín Villa sigue estando presente en el nuevo Comité que sale de ese Pleno. Sin embargo, como la huelga de Roca demuestra que la CNT no ha podido ser controlada, el acoso a la CNT adopta ahora la forma de la represión con la detención en enero de 1977 de 53 militantes anarquistas en Barcelona. La caza al anarquista que se desarrolla a raíz de este hecho en el seno de la propia CNT provoca una crisis que se cierra con la elección de un nuevo Comité en el cual ya no figuran los emisarios de Martín Villa pero donde un infiltrado consigue ocupar la Secretaría General. El contubernio para instrumentalizar, neutralizar y, finalmente, destruir la CNT arranca por lo tanto de 1976 y pasa, entre otras cosas, por la creación de una estructura sumergida dentro de la organización (la “paralela”) que trabajaba para conseguir nada menos que la “institucionalización de la CNT”, es decir para convertirla en un instrumento del sistema.

Este folleto no constituye una manifestación aislada y atípica, recuérdese por ejemplo que Luis Andrés Edo declaraba a “Ajoblanco” en 1978 que si no se hubiese desbaratado los planes de ciertos sectores de la CNT, esta “Öhubiera estado en el Pacto de la Moncloa y hubiera aceptado la unidad sindical”. Reacuérdese también el comunicado de la FAI de octubre 1977, en respuesta al documento “A todos los anarquistas”, donde se ofrecía una pormenorizada descripción, que no tiene desperdicio, de toda la “mala hierba” que había en la CNT.

La narrativa que elaboró el otro bloque se atribuía la histórica misión de impedir que los conspiradores (tanto los anarquistas dogmáticos como los marginales y los violentos), arrebatasen a la clase obrera su legado más valioso, arruinasen sus esperanzas, y acabasen por destrozar su herramienta emancipadora más prometedora que no era otra en ese momento que la CNT. La visión que se ofrecía era tan dramática y tan maniquea como la que ofrecía el otro sector. En ella la FAI y el exilio maniobraban constantemente para el copo y el control de la CNT impidiendo cualquier renovación de sus estructuras y de sus planteamientos, bloqueando su desarrollo y apartándola de los centros de trabajo.

En un artículo publicado en Solidaridad Obrera de Marzo de 1977, Julio Sanz Oller, (pseudónimo de José Antonio Díaz) describía así la composición de CNT: “Desde los sindicalistas concientes hasta los folklóricos de la bandera negra y la A pintada en el culo, sin olvidar los marxistas libertarios, los “pasaos” de Ajoblanco, los malos copistas del situacionismo, algún ex MIL en vía de regeneración, una cierta gauche anarco-divine, los exilados que han parado su reloj en el 36″. Desde esta visión queda claro que la CNT se encontraba en evidente peligro de vaciarse de sus referencias obreras y que su composición clásica, anclada en el mundo del trabajo, se había desvirtuado.

En definitiva, pero por motivos diametralmente opuestos, las dos narrativas situaban “la cuestión del anarquismo” en el epicentro de la problemática de la CNT. No es de extrañar por lo tanto que la actitud que debía tomar la CNT frente a la lucha violenta y al activismo de ciertos grupos anarquistas, así como ante la represión que afectaba a ciertos militantes anarquistas, adquiriese una importancia crucial polarizando buena parte de unos enfrentamientos azuzados por los Comités Pro Presos de CNT.

Desde una de las dos narrativas se exigía que la CNT expresase claramente su solidaridad con los detenidos anarquistas y asumiese incondicionalmente su defensa, considerando que quienes no lo hacían se estaban situando del lado de las fuerzas represivas y estaban evidenciando de hecho su beligerancia contra la dimensión libertaria de la CNT.

Mientras que desde la otra narrativa se reclamaba que la CNT se desmarcase de las actividades de unos grupos que le eran ajenos, como única manera de evitar que un aura de terrorismo y violencia alejase a los trabajadores comprometiendo la dimensión proletaria de la CNT.

En definitiva, si bien las diferencias entre las dos narrativas son llamativas también resulta evidente que les unía una profunda similitud y esto no puede extrañarnos. No en vano ambas tendencias compartieron el entrañable y anacrónico afán de querer reconstruir la CNT y se encontraron atrapadas por lo tanto en la misma espiral de éxito y de fracaso, de fuerza y de debilidad, dibujada por el entrelazamiento de las dos facetas del imaginario colectivo que dio vida a sus sueños a la par que los hizo añicos.

Publicado en Polémica, n.º 90, marzo de 2007

Anuncios

3 pensamientos en “Ilusión y desencanto en una misma entrega

  1. Pingback: Luis Andrés Edo. Un propagandista del anarquismo | Polémica

  2. Pingback: CNT: de la reconstrucción a la ruptura (1976-1980). | Polémica

  3. Pingback: CNT: de la reconstrucción a la ruptura (1976-1980). « CGT-LKN Nafarroa

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s