Hacia el desarrollo humano a partir del decrecimiento económico

Raúl GARCÍA-DURÁN

La palabra decrecimiento nos suena mal, pero no es un término negativo, ni mucho menos. De hecho, si partimos de que lo que no es generalizable no es ético, el crecimiento es lo que es negativo, no ético. El decrecimiento no implica renuncia sino cambio en lo que se desea y consume. Lo que pasa es que el capitalismo ha adoptado el crecimiento como norma de conducta, pero sólo el capitalismo, no las sociedades anteriores a él, que también se desarrollaban.

Hay que tener en cuenta que el capitalismo es un modo de explotación –de los recursos y de las personas– muy reciente en la historia de la humanidad. Hasta la llegada del capitalismo, el crecimiento no era un objetivo. Los que hoy llamamos sociedades «primitivas» –que abarcan más del 90% de la historia de la humanidad– eran tan «primitivos» que sólo trabajaban tres horas al día, lo que necesitaban para satisfacer sus necesidades. La economía capitalista sólo sabe crecer o morir, producir en exceso y consumir en exceso, sin ningún sentido de la saciedad. Pero esto nada tiene que ver con el bienestar social. De hecho, es como el desbordamiento de las aguas de un río –la economía está, como veremos, totalmente desbordada–, lo que se necesita es que las aguas vuelvan al cauce, es decir, que decrezcan, no que crezcan aún más.

Frente al crecimiento hay que oponer el desarrollo sustentable y a escala humana. Lo que podemos definir con tres criterios básicos, siguiendo en gran parte las enseñanzas de Max-Neff (1993):

  • búsqueda de la satisfacción de las auténticas necesidades (subsistencia, pro-tección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad) no meramente de sus satisfactores y menos aún sólo de los bienes que usamos para esos satisfactores.
  • Lo cual facilita la búsqueda del equilibrio ecológico de la biosfera, para nosotros y para las generaciones futuras.
  • Y ello es sólo posible con un desarrollo de abajo (las auténticas necesidades de la gente, y en primer lugar las de los más necesitados) a arriba, y no viceversa.

Recuerdo que el primer día de clase de la asignatura Teoría Económica nos explicaron –sin decirnos ni saber nosotros que se tratataba de una gran mentira en la que descansa dicha teoría y la misma economía actual– la distinción entre bienes económicos y bienes no económicos, concluyendo que estudiaríamos sólo los primeros. Los segundos son los que no

son producto de la actividad económica humana sino de la naturaleza, por lo que, siendo tan abundantes, no nos teníamos que preocupar por ellos. Ejemplos: la tierra, el aire o el agua. ¿Sin ellos podríamos existir los humanos? ¿Podría existir actividad económica? ¿Los tenemos aún en abundancia y sin contaminar?

Esta mentira nos ha llevado a medir la riqueza sólo por el crecimiento del PIB, en un sentido monetario, sin tener en cuenta la riqueza natural, básica. Merkel (2005) llamó al PIB, con acierto, «índice de consumo de recursos». El PIB no mide los bienes producidos sino las mercancías intercambiadas por dinero. La auténtica economía, la ecología social, ha sustituido este falso indicador monetario por un indicador mucho más real, la huella ecológica de una determinada población, o «el cálculo de la cantidad de agua y tierra requerida de forma continua para producir todos los bienes consumidos y para asimilar todos los residuos de una población […]. El análisis de la huella ecológica puede mostrar en cuánto hemos de reducir nuestro consumo, mejorar nuestra tecnología o cambiar nuestro comportamiento para conseguir la sustentabilidad» (Wackernagel – Rees, 2001). Como que la población crece y el capitalismo está erosionando el suelo, la tierra disponible por habitante ha disminuido en el siglo XX de 5,6 a 1,5 hectáreas, de forma que sólo disponemos de estas 1,5 hectáreas por habitante mientras que el consumo de un norteamericano medio es de 5 hectáreas. Se ha calculado que para conseguir que todo el mundo alcance el nivel de consumo de Estados Unidos necesitaríamos siete planetas como el nuestro.

Estamos ya, desde 1978, en una auténtica situación de exceso económico: «El exceso corresponde a cuanto más grande sea la huella ecológica total de la humanidad respecto de la capacidad de carga global. Más allá de cierto punto, el crecimiento material de la economía sólo se puede obtener a expensas del agotamiento del capital natural y socavando los servicios proporcionados por las funciones de soporte vital de las que todos dependemos», nos dice Merkel (op. cit.). Latouche (2008) cifra este exceso en un 30%.

Además, la búsqueda capitalista del crecimiento a cualquier precio nos ha llevado al empeoramiento de la calidad de vida, la normalización de la desigualdad, la precarización y países empobrecidos, instituciones improductivas, la alienación de nuestro ser, la corrupción como norma de conducta, el incremento de la opulencia, el despilfarro de los poderosos, el individualismo –que significa la mutilación de nuestro componente social y emocional, sin el cual no tendríamos ni lenguaje, ya que éste surge «primitivamente» para comunicarse con los otros– y, finalmente, la destrucción del planeta.

Todo esto nos ha llevado a una situación en que la continuación del crecimiento capitalista es ya imposible. ¿Hasta cuándo la mayor parte de la humanidad estará dispuesta a continuar en su situación de miseria y alienación? ¿Hasta cuándo podremos paliar la explosión de la burbuja financiera con maniobras económicas por más hábiles que éstas sean? ¿Qué haremos cuando no se pueda sustituir el petróleo? El petróleo no se puede sustituir, a su nivel actual, por energías renovables –aunque bienvenidas sean éstas– en los cincuenta años en que podemos disponer aún de petróleo rentable. Para ello serían necesarias:

  • 5.200 térmicas y no hay suficiente carbón.
  • 200 presas más como la china de «Las tres Gargantas» y no hay bastante caudal en los ríos.
  • 1.642.500 molinos de viento y no hay espacio para ellos (necesitamos el terreno para la alimentación).
  • 4.562.500.000 paneles solares y no hay energía para construirlos.
  • 2.600 nuevas centrales nucleares y, dejando de lado su peligrosidad, no hay uranio para ponerlas en marcha.

El biocombustible sipone dejar a mucha gente sin alimentos y, además, al menos de momento, necesita más energía de la que produce. Solución: el decrecimiento económico.

No hay más tu tía. La naturaleza nos obliga a parar el crecimiento. Pero ¿en qué consiste el decrecimiento? A nivel teórico Cacciari (2006) nos proporciona una definición concreta: «La desconstrución de la modalidad concreta (producción, consumo, acumulación de capital) con la que se realiza el crecimiento económico en la oriensociedad industrial y necesidad de una teoría de la política económica que afine en formas de trabajo y de cambio social y mediambientalmente sostenibles y en proporcionar bienes y servicios igualmente distribuidos».

Se trata, pues, como insistimos todos sus defensores, de un decrecimiento económico pero con desarrollo humano. Porque no todo en la vida es economía. Seguimos con Cacciari: «Como hijo de pediatra puedo testimoniar que para todas las madres del mundo un físico bien desarrollado significa sano y armonioso. Sólo transitando por la ciencia económica el término desarrollo ha devenido sinónimo de crecimiento cuantitativo ilimitado […]. No todo se encuentra en el mercado (por ejemplo el cuidado de uno mismo, la salubridad ambiental, las relaciones interpersonales amigales, el acceso a un información verdadera, el tiempo libre, la seguridad y la paz…), no todo depende del poder adquisitivo, de la cantidad de dinero a disposición.

Banalmente: no toda la riqueza que necesitamos para estar bien y vivir mejor es comprable, cambiable, reproducible, sustituible. No todo, por tanto, es mensurable y comparable entre sí utilizando una única unidad de medida: el “equivalente general” monetario». Y Pallante (2007) dice: «El cuidado de los hijos propios o la asistencia a los viejos propios, hecha con amor, es cualitativamente muy superior al cuidado que puede prestar una persona pagada por hacerlo. Pero esta última actividad hecha a cambio de dinero hace crecer el PIB, la otra, dada por amor, no».

Como explica Bonaiuti (2008) hay dos tipos de decrecimiento: el impuesto por el capital, que lleva al desorden social y a la destrucción del planeta, y el convivencial y voluntario, que lleva a la creación de una red de economía solidaria. El que defiendo es lógicamente este segundo, positivo, y que se puede alcanzar incluso sin decrecimiento del PIB. No hay nada más irracional que poner a las personas al servicio de la economía en lugar de hacerlo al revés. No es lo mismo decrecimiento que crecimiento negativo que es a lo que nos lleva el Capital. El decrecimiento no es ir hacia atrás, sino el anar més lluny (ir más lejos) de LLuis Llach, el paso necesario hoy para nuestra autorrealización como seres humanos. Nos lleva, a una sociedad alternativa con menos trabajo, más tiempo para disfrutar de ocio, más local y autogestionada, con soberanía alimentaria en vez de un transporte insostenible, orientando la producción hacia lo que realmente necesitamos. «No hay nada peor que una sociedad trabajadora sin trabajo, no hay nada peor que una sociedad de crecimiento sin crecimiento. Por consiguiente, el decrecimiento sólo se puede plantear en una «sociedad de decrecimiento.» Esto supone una organización absolutamente diferente, en la que se replantea el lugar central del trabajo en nuestra vida, en la que las relaciones sociales son más importantes que la producción y el consumo de productos desechables inútiles, es decir dañinos, en la que la vida contemplativa y la actividad desinteresada y lúdica encuentra su lugar» (Latouche 2007).

De hecho se trata, principalmente, de suprimir los recursos intermedios, de ninguna manera necesarios: transporte de un sitio a otro de productos que ya se pueden encontrar allí, publicidad, kilos y kilos de embalajes innecesarios, etc.

Así el decrecimiento no nos hace más pobres, sino más ricos. Como muy bien dice Latouche (2008, op. cit.):

«No podemos ser ricos si vinculamos la riqueza al consumo material. Por esto nuestro desafío actual consiste en redefinir la idea de riqueza: entenderla como satisfacción moral, intelectual, estética, como uso creativo del ocio».

A nivel práctico, una cita, una anécdota y un chiste. La cita: «Recuperar los ligámenes comunitarios en la familia, romper los límites mononucleares a los que ha sido restriñida, redescubrir la importancia de las relaciones del vecindario, construir grupos de compra solidaria y bancos de tiempo […] devolver a los abuelos su papel educativo y de transmisión del conocimiento frente a los nietos: todo esto implica una reducción del PIB a través de la reducción de la mercantilización de las relaciones y al mismo tiempo una fuerte mejora de la calidad de vida» (Pallante, op. cit.).

La anécdota (vivida por mis padres): Estaban visitando Sevilla y encontraron un taxista tan alegre, simpático y eficaz que le propusieron que fuera a buscarlos el día siguiente y todos los días de su estancia en la ciudad, ofreciéndole una buena paga. Les contestó que lo sentía mucho, pero que él trabajaba sólo hasta tener la cantidad diaria de dinero que necesitaba y no quería trabajar más. El chiste: Había un pastor descansando a la sombra de un árbol mientras vigilaba su numeroso rebaño de ovejas y cerca se paró un coche del que bajó un conductor y le preguntó:

–¿De quién es este rebaño tan hermoso?

–Mío –respondió el pastor.

–¿Y qué hace usted ahí tumbado? Podría aprovecharlo mucho más. Tenerlo en una granja, vender lo que no necesite para la reproducción, comprarse unas cuantas vacas con el dinero y hacer quesos además de vender la leche.

–¿Y…?

–Con lo que ganase podría montar una fábrica de quesos.

–¿Y…?

–Con el dinero de la fábrica y la granja podría acabar montando todo un imperio industrial y ganar mucho, pero mucho dinero.

–¿Y…?

–Después, podría seguir ganando más, pero si no quiere, podría sentarse bajo un árbol sin hacer nada y disfrutar de la vida.

–Eso es lo que estoy haciendo ahora.

¿De que se trata pues?

Volvamos a Latouche (2007, op. cit.):

«Es cierto que la alternativa al desarrollo no debería se una imposible vuelta atrás; por otro lado no puede adoptar la forma de un modelo único. El posdesarrollo tiene que ser plural. Se trata de buscar modelos de plenitud colectiva en la que no se favorezca un bienestar material destructor del medio ambiente y del bien social. El objetivo de la buena vida se declina de múltiples maneras según el contexto en que se inscribe […]. Para concebir la sociedad serena de decrecimiento y acceder a ella, hace falta, literalmente, salir de la economía. Eso significa poner en duda el dominio de la economía sobre el resto de la vida, en la teoría y en la práctica, pero sobre todo en nuestras mentes».

Decrecimiento en los países ricos

Sobrepasamos de mucho la huella ecológica que nos corresponde, pero ¿necesitamos realmente todo lo que producimos? ¿Miles de marcas diferentes del mismo producto, gel de baño, por ejemplo, o muchas otras cosas por el estilo? ¿Consumir productos traídos de la otra punta del planeta? ¿Los actuales gastos militares? ¿Los impresionantes y crecientes gastos publicitarios? [*] El 80% de los productos vendidos se usan sólo una vez y luego se tiran a lo que hay que añadir la obsolescencia programada (la mayoría de productos se fabrican con algo que los estropea antes y sin recambios).

Cuando hablas con alguien de este tema siempre sale la misma idea: ¿de qué trabajarán quienes pierdan su trabajo debido a la la reducción de la producción? La respuesta es fácil: trabajaremos todos menos. ¿No seríamos así más felices? ¿No es la felicidad y no el trabajo nuestro objetivo? ¿No es más importante el ser que el tener? ¿Nos permite ser, no meramente subsistir, nuestro trabajo actual? De hecho hoy es el crecimiento lo que crea desempleo –por el crecimiento tecnológico– y no es cierto que el decrecimiento signifique disminución del trabajo, sólo del trabajo asalariado. Pensemos que, tal como publicó el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo Humano, el trabajo asalariado, base del capitalismo, produce hoy sólo el 25% de la riqueza mundial, el resto lo produce el trabajo doméstico –no remunerado–, el autoconsumo –que no pasa por el mercado– y el creciente trabajo voluntario –como el escribir y leer este artículo–. Si hay decremento del trabajo asalariado nos podemos dedicar a otras, de hecho más gratificantes: un huerto en el jardín, cuidarnos entre nosotros…

Para los nostálgicos del trabajo, hay miles de trabajos mucho más interesantes que los que hacemos: cuidar y limpiar los bosques, todo tipo de actividad artística, el autocuidado y el cuidado mutuo, estudiar, fabricarnos artesanalmente los productos, una enseñanza realmente eficaz con pocos alumnos por profesor, cuidar nuestro cuerpo, intercambiar entre nosotros bienes y conocimientos… Y tendremos que sustituir además con trabajo humano lo que produce hoy el capital natural en vías de extinción: si Francia, por poner un ejemplo, aplicase la directiva europea y produjese el 20% de su electricidad a partir de energías renovables se crearían 240.000 puestos de trabajo.

«Pensar que “más es mejor que menos” es un juego inherentemente frustrante, promovido por la idea falsa que confunde cantidad de cosas con cualidad de vida. Ocurre que las mejores cosas en la vida no son las “cosas”. De hecho, tener menos posesiones no implica privarnos, podemos también liberarnos. […] La verdadera satisfacción proviene de convivir con los otros y contribuir a sus vidas, más que en tomar y sacar. Miles de personas han descubierto que reducir su escala puede generar beneficios, como vivir libre de deudas, tener más tiempo para vivir y disfrutar de mayor seguridad. […] El truco está en centrar nuestra vida en tomo a la maximización de la satisfacción en lugar de los ingresos» (Wackernagel-Rees, op. cit). ¿Es esto posible dentro del capitalismo? Desde luego que no, como bien señala Bookchin (1984): «No se puede convencer al capitalismo de limitar el crecimiento, igual que no se puede persuadir a un ser humano de dejar de respirar».

Mejor así. Ya es hora de que el capitalismo pase a la historia, como los otros modos de explotación anteriores. Nada es eterno en este mundo. Todas las nuevas y necesarias reivindicaciones: decrecimiento, renta básica universal, soberanía alimentaria, etc. apuntan afortunadamente en este sentido.

Decrecimiento en los países pobres

Paradójicamente, en apariencia, la idea de decrecimiento surgió en África a partir de las críticas al modelo de desarrollo que se le impone. Los países empobrecidos están muy por debajo de posible huella ecológica, pero no es ni sadismo ni una incongruencia defender también en ellos el decrecimiento. No es lo mismo desarrollo que crecimiento. El crecimiento implica sólo aumento cuantitativo, mientras que el desarrollo implica una mejora de la calidad de vida. Además, estos países son pobres precisamente porque se les ha impuesto el modelo de crecimiento capitalista de la economía mundial. Como dice Gunder Frank (1979) se desarrollan subdesarrollándose. Su crecimiento es la razón de su subdesarrollo. Como ya he dicho, lo peor de la colonización fue el robar a los países colonizados, en nombre del crecimiento de la economía mundial, su propio modelo de desarrollo que no sabemos, ni podremos saber nunca, adónde les habría llevado. Para estos países el decrecimiento significa retomar el hilo de su historia roto por la colonización imperialista.

Como explica de nuevo Latouche (2007, op. cit,): «Si estamos en Roma y tenemos que tomar el tren pata Turín y nos embarcamos por error hacia Nápoles, no será suficiente con aminorar la velocidad de la locomotora, frenar o incluso pararla: hay que bajar y tomar otro tren en la dirección opuesta».

Recordemos la idea del egipcio S. Amin (1996) –precisamente economista de uno de estos países– de la «desconexión» de la economía mundial. con una auténtica redistribución de la riqueza, más importante que el crecimiento de ésta. Lo que necesitan es no depender del crecimiento de la economía mundial sino crear un mercado interior que satisfaga las necesidades de la gente del país. Latouche define el decrecimiento como «revolución cultural que lleva a una refundación de la política», lo cual implica «pasar de consumidores esclavos a ciudadanos responsables», a partir de 8 puntos:

  • Revalorizar, es decir cambiar de valores: altruismo es vez de egoísmo, cooperación en vez de competencia, ocio por encima del trabajo, vida social por encima del individualismo, etc.
  • Reconceptualización: es necesario replantearse realmente lo que significa riqueza y pobreza.
  • Reestructuración: es todo el sistema productivo lo que tiene que cambiar.
  • Redistribución: entre las clases, entre los pueblos, entre los individuos…
  • Relocacionar: dando primacía a lo local, que es lo que se puede controlar y sobre lo que se puede decidir directamente.
  • Reducir: el sobreconsumo, los residuos, las horas de trabajo, los riesgos sanitarios, el transporte…
  • Reutilizar: al contrario de lo que impuso la lamentable decisión de la OMC (bajo presión de los fabricantes de tetrabik), que hizo eliminar al Gobierno holandés una ley por la cual todos los líquidos tenían que ser vendidos en envases reutilizables.
  • Reciclar: pero de verdad y dando el máximo de facilidades a los ciudadanos.

Y con esto acabo mi artículo (no tiene porque crecer más si no mejora su calidad, si no se desarrolla), aunque no sin antes recordar la idea básica que lo resume: la necesidad real es el ser, no el poseer.

Notas

* «En lo años ochenta, los gastos de publicidad se triplicaron a nivel mundial. En Francia aumentaron el 80%, es decir, tres veces más que el PIB. En 30 años, los gastos publicitarios en Estados Unidos se han multiplicado por diez. Entre 1985 y 1998, los gastos de patrocinio de las grandes sociedades se multiplicaron por siete. […] Si Dior, en 1985, dedicaba 40 millones de dólares a lanzar un perfume, los lanzamiento de este tipo se valoran hoy en 100 millones. Entre mediados de los ochenta y finales de los noventa, los gastos publicitarios de Reebok se multiplicaron por 15. Los gastos de promoción de Nike son tan elevados como los derivados de la fabricación de los zapatos deportivos» (Lipovetsky, 2007).

Bibliografía citada

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Bonaiuti, M. (2008): «Decrecimiento impuesto o decrecimiento convivencial», Illacrua, n.º 161.

Bookchin, M. (1984): 6 tesis sobre municipalismo libertario, Instuto de EstudiosAnarquistas.

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Latouche, S. (2007): Sobrevivir al desarrollo, Icaria.

(2008): Petit tractar del decreixement seré, Institut del territori.

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