El estigma del paro

Reproducimos esta serie de tres artículos que Félix Carrasquer publicó en Polémica en 1985. Más de un cuarto de siglo después sus análisis sobre el origen del problema, sus consecuencias y las opciones para hallar la solución siguen plenamente vigentes.

Félix Carrasquer

felixcarrasquer02Mucho se viene hablando y con sobradas razones de esa lacra del Capitalismo que es el paro; aunque suele hacerse mayormente en términos cuantitativos y marcando el acento, sobre todo, en los aspectos socioeconómicos que atañen más directamente a la política del Estado.

Desde estas columnas pues, sin que ello signifique desdén por ese aspecto económico que nos afecta a todos y reconociendo que el paro es la consecuencia lógica de un sistema que tiene sus fundamentos en la especulación competitiva y en el egoísmo, abordaremos el tema a partir de otra de sus caras que es a mi modo de ver, la más inquietante. Me refiero a la fenoménica psicosocial que esa suerte de cáncer puede generar agravando nuestras relaciones y magnificando el desconcierto.

El parado, aparte de que carece de medios para subvenir a sus necesidades más perentorias y las de los suyos cuando se halla al frente de una familia, no sabe cómo emplear su tiempo y sus energías por faltarle una actividad tan necesaria para el equilibrio sicosomático de la persona humana.

Los primeros efectos de esas carencias, si bien con diferencias muy notorias de unos casos a otros, no tardan en ponerse de manifiesto; en general el parado comienza a sentirse como algo inútil, incluso cuando en su fuero interno reconoce que no lo es y lucha con dignidad y valentía contra una situación que él considera inmerecida e injusta. Esto empero, la sensación de impotencia que poco a poco hace mella en su ánimo, corroe sus pensamientos y suele dañar muy gravemente la identidad de su persona.

Porque todo parado, tanto más si es joven y si la desocupación se prolonga, es siempre un candidato a determinadas alteraciones del psiquismo, más o menos profundas; ya que en primer término y casi invariablemente va instalándose en él un complejo de inferioridad acompañado del sentimiento de culpa que de forma insidiosa puede dar lugar a que el individuo se considere olvidado o despreciado de los demás, cuando no, como en casos extremos de desesperación –éstos menos frecuentes– perseguido o amenazado de todos los peligros… De cualquier modo, sea cual fuere el grado de intensidad de este fenómeno, una cosa no varía: que la sensación de abandono y de menosprecio que asedia al desocupado va socavando su voluntad, sus ilusiones y su alegría; estado síquico por el que cualquier sujeto –mujer u hombre– queda expuesto a toda suerte de stress y, sobre todo, a caer en un triste escepticismo y una total indiferencia ante la exaltación de cuanto se considera humano y eleva al hombre.

Si analizásemos con suficiente detalle el amplio abanico de los efectos que el paro produce en la personalidad del parado, constataríamos la aparición de muchos y muy variados desórdenes del carácter, entre los que destacan los más típicos y corrientes: inestabilidad manifiesta, nerviosismo mal contenido y falta de humor para establecer la comunicación, desarrollar la curiosidad y cultivar la amistad de manera sencilla y espontánea. Con estos datos es fácil comprender que en semejantes condiciones de insatisfacción y de ansiedad, el individuo, no sólo pierda el interés por la relación y el conocimiento sino que tienda a buscar remedio para sus males en estimulantes sicotrópicos o alucinógenos como el alcohol, las drogas blandas y duras u otros sucedáneos y que éstos, al enajenar más de lo que estaban su voluntad y la capacidad crítica de su conciencia, acaben de convertir su ya precaria existencia en una verdadera ruina.

Pero si toda esa panoplia patológica es desastrosa en sí misma para la vida del propio sujeto, la repercusión que ésta tiene dentro de la familia puede ser de consecuencias mucho más graves, ya que si el parado es el padre y de su salario depende el sostén del hogar, a la penuria económica y al nivel de vida infrahumano que ella conlleva hay que añadir el malestar y la inseguridad que emanan de su persona cuando llevado de la desesperación y la angustia ha perdido el timón de su propia conducta. Entonces el descontento, el mal humor, los gestos desabridos y las voces estridentes se adueñan del hogar y van eliminando el afecto, la alegría y cuanto era motivo de satisfacción en anteriores circunstancias, las relaciones de la pareja se crispan, el contacto con los hijos pierde espontaneidad y ternura el individuo ayer responsable se aleja de la casa en la que ya no halla la calidez reconfortante de otrora y todo va deteriorándose a pasos agigantados, sin hablar de los efectos traumatizantes que ejerce el alcoholismo u otro tipo de drogadicción cuando el padre o la madre sucumbe a la tentación de evadirse por esos derroteros.

La verdad es que para nadie resulta totalmente nuevo esto que vengo diciendo, si bien son pocos aún los que han reflexionado sobre las causas de tantos desórdenes síquicos y sociológicos y sobre la alternativa que se le ofrecen al hombre para remediarlo o, mejor aún, para evitar que puedan seguir produciéndose.

Ya he insinuado al comienzo de estas líneas que el paro y sus secuelas, es una entre tantas de la muchas injusticias que se derivan de un sistema –el Capitalismo– basado en la explotación del hombre por el hombre. Lo que no he dicho todavía es que el paro seguirá aumentando y que los trabajadores que hoy tienen un puesto pueden perderlo mañana mismo; lo que quiere decir, que cuantos de alguna manera, dependen de un salario son víctimas de esa lacra y que en mayor o menor grado todos viven la angustia de la inseguridad y del riesgo.

Tanto es así que ello constituye en estos momentos el mayor freno que viene ejerciendo su impacto en el ámbito laboral como no ocurrió nunca en nuestras luchas sindicales de la preguerra; pues hoy son legión los trabajadores que haciendo dejación de su derecho y yendo en contra de los propios intereses de clase se vienen acomodando a condiciones de trabajo alienantes y a salarios indignos por miedo a perder un puesto; pasándose por alto el deber de solidaridad que vis a vis de su compañeros tienen y que un trabajador no debería olvidar nunca ya que es en la acción solidaria donde reside la fuerza que ha de permitirnos avanzar en nuestra conquista hacia un mundo mejor para todos.

Por consiguiente, para situarse mejor de cara a otras perspectivas más risueñas en esta sociedad que parece navegar a la deriva, los trabajadores deberían preguntarse muy seriamente de dónde procede el paro, por qué los Gobiernos no consiguen atajarlo y cuál es el papel que podrían desempeñar los sindicatos, si quienes han de vivir de su trabajo tomaran conciencia de que pueden llegar a ser una fuerza determinante unidos en haz solidario para exigir los cambios estructurales que ese mundo más justo al que todos aspiramos precisa.

Y tendrán que convencerse de una vez por todas que el drama del paro se mantendrá en pie como un insulto a la conciencia humana mientras no sean ellos quienes le den solución con ademán solidario y resuelto. Entretanto, esa tragedia seguirá teniendo consecuencias, cada vez más alarmantes a medida que los jóvenes en edad para trabajar, tanto manual como intelectualmente, vayan engrosando a diario las filas de los parados, que se cuentan ya por millones. Sí, millones de jóvenes en el Mundo que no pueden integrarse a la sociedad de los adultos por carecer de un sitio desde el que sentirse útiles aportando su saber y su valer al acervo colectivo; por estar desprovistos de capacidad económica y, en consecuencia no gozar de oportunidad para afirmar su independencia, y porque todo ello, que implica grave desconsideración hacia su persona, los expone a caer en muchas de las tentaciones ya expuestas, pasando –¿cómo no? y valga la redundancia– por el llamado pasotismo, esa dolencia que como una plaga ha venido extendiéndose por los pueblos de Europa y de América, tras haberse extinguido en ellos la curiosidad, la ilusión y el entusiasmo, valores que constituyeron en todos los tiempos el horizonte dinámico de la juventud.

Es cierto que en el pasotismo va implícito un gesto de protesta contra un sistema social que los jóvenes rechazan, y ello, a quienes venimos laborando siempre por un cambio estructural profundo que dando paso al apoyo mutuo, humanamente concertado borrara de nuestras relaciones la agresividad explotadora, nos parecería una actitud altamente positiva, en el caso de que esa juventud contestataria lograra superar esa pasividad amorfa que la caracteriza y que es la negación misma de la persona humana.

Pero desgraciadamente no ocurre así, aunque no por ello los hacemos culpables, ya que ese marasmo que actualmente afecta a tantos jóvenes, ha sido determinado por una serie de condicionamientos sociales –políticos, pedagógicos, históricos, filosóficos, ambientales– a los que hay que añadir en los últimos años el paro. Por ejemplo, es corriente oír decir a los universitarios de acá y de allá nuestras fronteras: «para qué esforzarse en estudiar si cuando salgamos de aquí no tendremos más alternativa que el paro». Está claro que no todos los estudiantes reaccionan del mismo modo, aunque sí un gran porcentaje, y ese halo de apatía e indiferencia que una escuela aburrida y castradora no supo corregir a tiempo ha ido impregnando el ánimo de los jóvenes en todos los ámbitos.

En virtud, pues, de esa escuela impositiva y libresca que mató en ciernes la curiosidad y la capacidad creadora de los jóvenes, gran parte de ellos, cuando salen de la universidad y no obtienen rápidamente un puesto de trabajo, ¿qué otra cosa pueden hacer sino aburrirse? y dado que el aburrimiento es mal consejero, máxime cuando la tónica de la sociedad en la que hoy nos desenvolvemos es generalmente de indiferencia, desconfianza y consumismo y demasiado frágil la armadura moral de estos jóvenes no debe extrañarnos el hecho de que en el intento de romper su aislamiento reuniéndose en pequeños grupos, unos caigan en la tentación de identificarse por medio del consumo de droga, otros a través de una singular comunión mística que ha dado lugar a la aparición de sectas tan diversas y a la vez tan parecidas por los métodos que todas ellas emplean para condicionar a los jóvenes alienando su voluntad y su conciencia crítica y someterlos por medio de prácticas tan aberrantes como ansiógenas y absurdas.

Si al trauma del paro se juntan tantos elementos demoledores de la autenticidad juvenil, tenemos la obligación de no abandonar alegremente a nuestros jóvenes y de ayudarles a desbrozar el camino abriendo nuevos horizontes susceptibles de incentivar su curiosidad, su generosa predisposición y su esperanza.

Por descontado que para esa función no nos sirve el panorama político del presente, copiado punto por punto del marchamo cansino del pasado, ya que por conquistar el poder se han venido matando a través de los tiempos históricos, griegos, romanos, cartagineses, godos, musulmanes, cristianos, monarquías, repúblicas, liberales, socialistas, tanto en el Este como en el Oeste. Desde siglos, las gentes que observan y son capaces de imaginar han constatado que el poder corrompe, que deforma a los hombres haciéndolos esclavos de su ambición y que ese combatir por conquistar las palancas del Estado ha generado las guerras y todas las injusticias del mundo. ¿Qué incentivo puede ofrecer a una juventud que critica ese panorama de luchas políticas por el Poder cuando a la postre éste sólo ha generado desigualdad, injusticia y paro?

Hemos de hallar otros paradigmas, cosa que intentaremos en números sucesivos.

Siguiendo el hilo de mis preocupaciones he de advertir, para empezar, que si en el número anterior al hablar del paro ponía cierto énfasis en la juventud pese a que dicho problema está afectando a las trabajadoras y trabajadores de todas las edades, era, por considerar que, desde siempre los jóvenes han sido los menos condicionados a la obediencia pasiva y los genuinos portadores de generosidad, entusiasmo y voluntad innovadora frente al inveterado conformismo de los adultos.

Considerando además, que son ellos los que en mayor escala y de manera irreversible muchas veces tienen que sufrir los estigmas de una sociedad que no sabe crear estímulo solidarios ni dar cauces idóneos al dinamismo juvenil, quisiera decirle de aquí, que, si bien no han de sentirse culpables de una situación en la que ellos no han tenido arte ni parte, sí en cambio como seres inteligentes que son, han de aprender a afrontarla con voluntad decidida y consciente mediante la adquisición de un mayor conocimiento de los fenómenos psicosociales y puesta la confianza en el futuro; un futuro a cuya construcción han de contribuir con su participación inteligente y activa; es decir: no cayendo en actitudes de puro y simple rechazo; no dejándose arrastrar por corrientes de pasotismo u otras formas de evasión; ni tampoco dejándose llevar por ninguno de cuanto slogans circulan en momentos de agitación social y de confusionismo y que, generalmente sólo conducen a posiciones equívocas y a resultados negativos; porque obedecen a consignas elaboradas con fines políticos desde la cumbre de algún partido sin que tales consignas respondan en absoluto a lo verdaderos intereses del pueblo trabajador; siendo lo más lamentable del caso la existencia de líderes políticos que aún siguen utilizando al sindicato como correa de transmisión de un determinado partido.

De ahí, pues, la urgente necesidad de que los trabajadores todos y en especial los jóvenes pongan a contribución toda su capacidad crítica e innovadora para no dejarse manipular como si fueran simples marionetas, y que a la hora de secundar una acción nunca olviden fundamentalmente, dos cosas: que el deliberado propósito de todo partido sea cual fuere su signo político, es en primer lugar llegar al poder, o defenderlo y mantenerlo contra viento y marea para seguir en él si ya lo detenta, presentándose como el legítimo defensor de la clase trabajadora y autoerigiéndose en poseedor exclusivo de la receta mágica que ha de salvarnos a todos.

Frente, por tanto, a esta falacia de los partidos políticos, la clase trabajadora debería hacer suya aquella atinada afirmación de la Primera Internacional de Trabajadores que señala que: «la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos» y que estuvo siempre presente en el sindicalismo español de la acción directa.

Adentrémonos, pues, en el problema del paro que es el tema central de este artículo. El paro; ese fenómeno social que no sólo llena de angustia a los trabajadores y trabajadoras de todos los sectores de la producción y de los servicios, sino que dada la amplitud que ha ido tomando en estos últimos años está siendo motivo de preocupación para gobiernos dueños o gestares de empresas tanto públicas como privadas. Antes de entrar en materia sobre posibles alternativas, vamos a hacer un breve resumen histórico al objeto de poder comprobar dónde tiene sus principales raíces y qué circunstancia han concurrido últimamente para verlo incrementado de manera casi explosiva en todos los países más o menos industrializados del mundo.

¿Es responsable del paro la automoción? La automoción no hace sino acelerar el proceso y empeorar las consecuencias. Lo que sí podemos afirmar es que, en ese ciclo entre la prosperidad y la crisis que ha venido alternando el Capitalismo desde sus orígenes, el paro se produce en la medida que van quedando saturados los mercados. De ahí el hecho monstruoso de tener que reducir la producción y de echar trabajadores a la calle mientras más de una mitad de la población mundial está sometida a unas condiciones infrahumanas y carece del mínimo indispensable para sobrevivir. Y esto sucede porque el móvil de la empresa capitalista no es producir para satisfacer las verdaderas necesidades de la población humana, s¡no obtener beneficios y acumular poder económico, aún a costa de producir algunas veces cosas superfluas y hasta dañinas para la vida.

«Automatización –dijo años atrás el director de una de las tres grandes empresas americanas de automóviles– es cualquier operación que desplace hombres de la empresa productiva. Pero no añadan mi nombre a esta definición. Tenemos que pensar en lo conflictos laborales».

Si bien no puede decirse que sea totalmente exacta esta definición –ya que la automoción es algo más y muy importante, pues gracias a ella y a muchos descubrimientos científicos de los últimos cuarenta años cientos de veces más rápidos que lo que se realizaron anteriormente estamos en condiciones hoy para acabar con toda la pobreza en el mundo– al menos refleja muy claramente que cuando el empresario se decide a introducir la automoción en su empresa, lo que persigue es reducir los costos de producción reduciendo mano de obra y, en definitiva, aumentar el margen de beneficio o declarar la guerra de precios a sus competidores.

Algunos empresarios tratan de restar dramatismo al proceso aludiendo a cierto fenómeno compensador –dicen– que se da en nuestro sistema económico. Por ejemplo: la automoción reduce los costos de la mano de obra; esto lleva a una reducción de los precios, lo que repercute en que mucha más gente puede comprar los artículos fabricados. Entonce para satisfacer la demanda hay que ampliar la producción y esto permite emplear de nuevo a los trabajadores que habían sido desplazados al principio; pero este razonamiento, aparte de su ambigü̈edad, no es exacto. El proceso tal como acabamos de describir tuvo lugar en cierto modo durante el siglo XIX, en el que a veces los avances técnicos llegaron a desplazar del trabajo a miles de personas que no tardaban en encontrar empleo en cualquier otra parte. Y aunque hubo momentos difíciles en los que la industria pasaba por una fase de depresión y el número de parados crecía de manera alarmante, de vez en cuando aumentaba la demanda de mercancías, y aunque esto ocurría de manera esporádica y desordenada, la productividad era incrementada de nuevo.

Pero las cosas no marcharon tan bien entre las dos grandes guerras. Cuando se introdujeron las cadenas de montaje y todas las nuevas técnicas y métodos a los que se dio en llamar «racionalización», ocasionando avances en la productividad, si no tan grandes sí comparables a los proporcionados por la automatización, los industriales y economistas admitieron que sería desplazada mucha mano de obra, pero aseguraban que el propio mecanismo de autoajustamiento expansionaría la producción con la suficiente rapidez para mantener a todo el mundo ocupado. No vieron que la economía como un todo había entrado en una nueva etapa en la que el viejo mecanismo económico ya no funcionaría. Las industrias se ampliaron, es cierto, si bien, al producirse la gran crisis de los años treinta, muchas de ellas tuvieron un desenlace dramático; haciéndose patente una vez más la incapacidad del Capitalismo para aumentar al unísono producción y demanda.

Con el fenómeno del pleno empleo que se produce a partir de 1939, renace en las gentes la esperanza. Asimismo, gobernantes y empresarios piensan que utilizando el método de Keynes han encontrado la fórmula para eliminar la amenaza del paro de una vez por todas y sin tener que realizar cambios importantes en el sistema económico. Sin embargo, dadas las circunstancias tan especiales que concurrieron en aquellos años, no tardarían mucho tiempo en darse cuenta de lo infundado de su optimismo; pues dichos años se caracterizaron por los siguientes períodos:

  1. el de la Segunda Guerra Mundial,
  2. el de la reconstrucción de la postguerra,
  3. el rearme.

De donde arrancaba el dinamismo económico y el pleno empleo en tan dramáticas circunstancias es algo que salta a la vista del más profano en la materia: con las exigencias de la guerra –construcción de artículos destructores y que a la vez estaban destinados a ser destruidos– el problema de tener que buscar clientes no se planteó durante los dos primeros períodos, y cuando en 1950, la amenaza de un mercado insuficiente planeaba de nuevo sobre la industria, el mundo occidental iniciaría el rearme y, otra vez la salvación del viejo problema quedaba descartada.

Pese a la superficialidad de este examen histórico, en él podemos observar que desde 1900 aproximadamente, la economía capitalista, cuando no se hallaba ocupada en una guerra, en prepararla o en reponerse de ella, se veía amenazada por el problema de la venta de sus productos; esto ocurría, porque le era muy fácil producir artículos en cantidades crecientes, pero no sabía, o mejor dicho, no podía ni podrá nunca encontrar la manera de distribuir entre las gentes el necesario poder adquisitivo para tener suficientes compradores; es decir, para que todo lo que la industria moderna es capaz de producir, sea absorbido de modo natural por un mercado potencial.

Mas volviendo a nuestra historia, el rearme no pudo impedir que ocurriera lo inevitable y ya en 1955, tanto en Estados Unidos como en el Viejo Continente, había indicios de que el viejo problema se planteaba nuevamente; hasta el punto de que el Gobierno americano decide primar a sus agricultores para que no aumenten con exceso la producción agrícola. En la prensa de la época pueden leerse comentarios como el que hacía el Birminghan Post del 6 de agosto de 1959:

«Ni siquiera la economía americana puede soportar demasiada prosperidad, ya que desde la gran crisis de 1929, se teme que una prosperidad excesiva pueda conducirla, automáticamente, a otra depresión como la de 1933»

Los principales países exportadores habían estado compitiendo durante años por ver quién conseguía arrojar mayor cantidad de mercancías a los mercados importadores; pero éstos, que en un principio parecieron insaciables, tuvieron que adoptar medidas restrictivas al objeto de limitar sus importaciones.

Desde entonces hasta hoy el conflicto se ha intensificado; de tal modo que con la aplicación de la informática, la robótica y otros avances electrónicos, la verdadera solución del paro y de todos los problemas que a él van ligados no puede venir de una economía capitalista, dado que es casi imposible ya acomodar los resultados del progreso tecnológico a este entramado social –viejo de tantos siglos– que, firmemente anclado en el pasado, sigue empeñado en resistir a los embates del tiempo.

Pero todo lo hace el hombre, y aunque los trabajadores tengan que enfrentarse duramente con los mecanismos de defensa y la resistencia que opondrán dueños y directores de empresa, en connivencia con los Estados, habrán de hacerlo porque no hay más cera que la que arde y porque nadie mejor para atajar el mal, que quienes se ven afectados por él tan directamente.

¿Soluciones? Dentro de un sistema económico basado en la codicia de una minoría explotadora y en el que la rivalidad prima por encima de toda consideración solidaria, hay muy pocas. Una, que en algunos países de industria más avanzada se está experimentando es la reducción de la jornada laboral sin que se vea afectada la cuantía del salario. Sin embargo, para que esta medida sea todo lo eficaz que debiera ser se tendría que seguir reduciendo la jornada progresivamente y tantas horas como fueren necesarias hasta que no quedara ni un sólo trabajador privado de empleo; aunque sin perder de vista esa otra sociedad a la que no renunciamos por ello.

Pero de esta y de otras alternativas, así como de los métodos organizativos que los trabajadores deben utilizar para llevar a buen término sus aspiraciones hablaremos en el próximo número.

Al enhebrar por tercera vez el hilo de nuestro análisis a propósito del paro, he de hacerlo centrando nuevamente la atención sobre la problemática juvenil. Y lo hago por varias razones:

  1. En primer lugar, porque han sido siempre los jóvenes, al menos desde que los grupos humanos estructuraron instituciones formales, los que tuvieron que subordinarse a las normas impuestas por los adultos. Bástenos recordar a este respecto la importancia de los ritos de iniciación en todas las sociedades recensadas por los etnólogos. Estos ritos, a los que eran sometidos los jóvenes al entrar en su adolescencia, tenían que dejar en ellos una huella imborrable. Para ello, la imposición de la autoridad tomaba a menudo la forma de una marca exterior –incisiones, mutilaciones ligeras, exposición a los riesgos de la selva, etc.– y también interior. A este objeto, en una atmósfera dramática y angustiante impregnada de misterio, el joven era sometido a las duras pruebas que la Autoridad de los adultos –representantes a u vez de una Autoridad más alta y sagrada– le imponían. Este acondicionamiento, que a menudo se prolongaba durante días o semanas, terminaba con la adhesión del sujeto a los valores de su sociedad, a los que quedaba sometido para el resto de su vida, so pena de ser excomulgado por haberlos infringido; y una vez excluido del grupo no tenía otra salida que la muerte al verse privado de la protección de la Autoridad dominadora que hasta entonces había ordenado sus menores gestos, dando a cada uno de ellos un significado.
  2. En segundo lugar porque se cuentan ya por millones en el mundo los jóvenes, de entre 14 y 25 años, cuya inserción en la sociedad que les ha tocado vivir está resultando cada día más difícil por no decir imposible, dada la necesidad urgente de estructurar nuevas adaptaciones psicosociológicas a los cambios vertiginosos que, por la fuerza determinante del progreso tecnológico, se han venido produciendo en los último decenios.
  3. Tercero, porque causa pavor contemplar el cuadro de esos jóvenes, acorralados contra el muro de una prolongada adolescencia, sin poder disfrutar de un puesto de trabajo que les permita una independencia económica digna, y frecuentemente rotas las amarras con los adultos por estar demasiado condicionados éstos a un pasado sociocultural que los jóvenes rechazan de plano.

En lo que se refiere a lo padres, arrastrados éstos por el hundimiento de los viejos valores e instituciones, y sintiéndose impotentes para dominar el mundo nuevo que emerge ante sus ojos, han perdido la confianza en sí mismos y de ahí esa actitud de dimisión que se observa a todos los niveles y que es percibida por los jóvenes, no sin cierta carga de angustia y con una buena dosis de confusionismo; ya que en el ámbito de las relaciones humanas, la pérdida de confianza en sí por parte de los adultos no puede acarrear más que pérdida de confianza de los hijos vis a vis de sus padres y una inseguridad manifiesta que lo sitúa en pésimas condicione para orientar sus pasos con acierto hacia ese mundo de libertad, de solidaridad y de paz que reiteradamente y con ardor vienen proclamando a gritos los jóvenes desde todas las áreas geográficas del Planeta.

Valorar en toda su magnitud la complejidad de este fenómeno exigiría un análisis exhaustivo del proceso socializador del hombre a lo largo de su historia, partiendo a ser posible, de los primeros albores de su hominización; pero no es ese mi propósito. Sólo quiero recordar el carácter sagrado de los condicionamientos socioculturales a lo que hemos estado sometidos durante milenios y el proceso desacralizador que en poco más de un siglo se ha venido realizando; concretamente a partir de la era industrial y sus reglas de oro: máximo rendimiento, eficacia técnica, concentración de la mano de obra, movilidad de la población, nuevos hábito de vida, profesionalización de la mujer, escolarización masiva de los jóvenes, etc.

En virtud de ese proceso que llega a desarrollarse aceleradamente gracias al uso cada vez más extendido del método científico y a la rapidez en la difusión de las informaciones y de las obras culturales por los medios de comunicación de masas –la televisión especialmente– la estructura de autoridad fundada sobre la edad, la tradición o la sumisión a una trascendencia sobrenatural, han dado paso, en aras del éxito industrial y del progreso tecnológico, a estructuras de autoridad basadas en la competencia técnica. De ahí que pueda darse con bastante frecuencia el hecho, inconcebible en otras épocas, de que un hijo esté en condiciones óptimas para enseñar al padre y darle un consejo en momento oportuno. Por ejemplo: un joven agricultor que haya sido formado en una escuela agrónoma estará en mejores condiciones que el padre para explotar inteligentemente la propiedad familiar, por lo que este último pese a considerarse el depositario de toda la sabiduría y experiencia de sus antepasados dará prioridad a las iniciativas del hijo.

Este ejemplo puede trasladarse a cualquier otra profesión de la que hayan hecho avance rápidos en el orden técnico o científico y lo mismo puede decirse del ámbito sociológico, en el que no siempre un hombre de 60 años puede aconsejar idóneamente a un joven de 20; pues el primero, por haber crecido en un ambiente tradicional demasiado rígido y por lo mismo tener grandes dificultades para liberarse de los determinismos socioculturales a los que ha sido condicionado, puede hallarse anclado en un pasado caduco y no estar en condiciones de evolucionar adaptándose a las exigencias de su tiempo. De ese hombre podemos decir que vive fuera de la realidad y que establecer con él un diálogo constructivo resultará difícil, si no imposible.

Sí, múltiples cosas se han derrumbado al paso del tiempo: el antiguo proceso de transmisión de la cultura y otros muchos viejos valores e instituciones. Consecuencia de todo ello ha sido el que la joven generación, ante el debilitamiento de la Autoridad tradicional y de la imagen paterna que encarnó siempre dicha autoridad a todos los niveles –religioso, familiar, cultural– y ante la revolución tecnológica que parece escapar al dominio del hombre y arrastrarnos hacia un mundo desconocido y angustiante, los jóvenes –repito– no han logrado identificarse con sus mayores –a lo que consideran impotentes para dominar la situación– experimentando al mismo tiempo grandes dificultades para integrarse en una sociedad que es percibida por ellos como algo amenazante.

No es preciso aclarar, que estos fenómenos nuevos sólo han podido surgir cuando el conjunto de fuerzas condicionantes que venían pesando obre los jóvenes se fueron aligerando y gracias a las numerosas y contradictorias informaciones que les van llegando de todas partes contribuyendo a estimular el ejercicio de sus capacidades críticas. Y en esto se funda mi esperanza; sobre todo por haber tenido la suerte de encontrar en mi camino jóvenes con suficiente talento y generosidad para no haber caído en actitudes regresivas de puro rechazo y que empujados por un afán constructivo e ilusionado no cejan en su empeño de descubrir alternativas satisfactorias y viables al modelo de sociedad que heredaron de los adultos.

Otro fenómeno importante en el plano sociológico es la agrupación masiva de niños y adolescentes en la institución escolar, por la que se ha llegado a la constitución de un grupo social bien diferenciado –grupo de edad– al que la sociedad adulta ya no puede permitirse el lujo de tener marginado. Es éste un fenómeno que se inicia con la concentración de los escolares en las escuelas cuartel del siglo XIX –en las que por primera vez los jóvenes ya no vivirían separados como los pequeños aprendices de antaño– y que adquiere toda su amplitud en nuestros días gracias a la escolarización obligatoria, prolongada en mucho países hasta la edad de 16 años, y también por el uso de técnicas modernas que incitan al trabajo en equipo.

Tiene importancia este fenómeno porque, así como la fábrica agrupaba a los trabajadores y éstos, reconociendo su fuerza, sus intereses comunes y la solidaridad que debía unirles, irían desarrollando una conciencia social que se opuso a la ideología dominante, del mismo modo, la institución escolar, agrupando a la juventud, ha hecho posible que ésta vaya desarrollando, frente al mundo adulto y a su ideología, una conciencia de clase; clase social que dejada al margen, jamás superaría ese estadio de rechazo e insumisión a ultranza que en estos momentos la caracteriza.

Sería pues, muy torpe de nuestra parte, negligir el potencial inteligente y renovador que la juventud atesora y que puede evolucionar: bien hacia estructuras de hipersumisión –el fascismo– o bien hacia la construcción de formas sociales nuevas no autoritarias, según el trato que la sociedad adulta sepa darle. En definitiva todo dependerá del rumbo pedagógico que tome la escuela, demasiado inclinada por ahora sobre la eficacia en la adquisición de conocimientos y muy poco sobre el aprendizaje de la cooperación como instrumento indispensable para poder edificar una sociedad solidaria.

Ni que decir tiene que el problema del paro preocupa a todo el mundo: a los gobiernos, que no saben darle solución, a los parados en general y, singularmente a los jóvenes, doblemente víctimas por la discriminación de que vienen siendo objeto por una sociedad que los margina y les teme. Como prueba de que esta situación no es aceptada por los jóvenes con resignada apatía, tenemos, entre otras manifestaciones el testimonio del encuentro internacional celebrado en Barcelona durante el mes de julio del presente año, y al que asistieron jóvenes de ambos sexos de los cinco continentes, con el propósito de analizar su problemática y de aportar iniciativas para una acción conjunta que permita encontrar una salida.

Como casi siempre, la crítica al sistema dominante fue acertada y dura, y tampoco se quedaron cortos, tanto los ponentes como quienes intervinieron en los debates, en señalar negligencias y necesidades que es preciso satisfacer con urgencia: la falta de trabajo, de participación directa en los asuntos sociales, de una preparación idónea y de las ayudas indispensables para llevar a cabo ciertos proyectos y realizar investigaciones sin tener que someterse a los dictados que las instituciones del Estado en detrimento de la propia creatividad y de la plena expansión del joven. A propósito de la acción inmediata por el logro de las consabidas reivindicaciones, los debates giraron alrededor de recomendaciones como éstas: lucha por una mayor libertad, por la conquista de la dignidad, por una solidaridad efectiva y por la paz, aunque todo quedó en proclamas más o menos estereotipadas pero sin llegar al fondo de cuanto implican esos cuatro valores. La falta de espacio nos exige dejar este comentario para otra ocasión.

Debo decir sin embargo, que el solo hecho de que jóvenes de todo el mundo acudieran a su convocatoria, me parece un avance de extraordinaria magnitud por lo que pueden suponer esos contactos para trenzar lazos de amistad y conocerse mejor, intercambiar experiencias y acabar con las políticas tribales y, al estar animados de las mismas aspiraciones de libertad y de justicia, poder cooperar solidariamente para establecer en el mundo una paz duradera.

Aun cuando en el Congreso ya se puso de manifiesto la incapacidad de los gobernantes, tanto en los países capitalistas como en los de corte totalitario marxista para resolver el problema del paro y otros muchos de cuantos afectan al desarrollo de la integridad personal de los jóvenes, yo me atrevería a brindarles unas cuantas urgencias por si alguno de ellos se digna recogerlas y en un futuro congreso… ¿quién sabe?

Estas son las modestas reflexiones que me permito hacer: las agrupaciones juveniles deberían enfocar sus aspiraciones hacia metas de convivencia autogestionada. Ahora bien, como la vida exige resoluciones cada día –el drama del paro, por ejemplo, las exige sin demora– los jóvenes deberían robustecer con su presencia el sindicato de la acción directa, que basado en la dinámica autogestionaria y en la solidaridad más estricta, constituye para los trabajadores el instrumento por antonomasia para lograr satisfacción a sus reivindicaciones inmediatas y a otras aspiraciones menos apremiantes aunque de gran importancia.

En lo que respecta al paro, la solución que los trabajadores de los países más industrializados proponen es reducir las horas de trabajo. Con 30 horas semanales, y sin que resultara catastrófico para las empresas podrían resolverse de momento muchos de los dramas familiares que tan caótica situación vienen acarreando. De cualquier modo, a más o menos largo plazo, según los países –Estados Unidos, Alemania y Francia ya han experimentado en mayor o menor cuantía una reducción de la jornada laboral– esa será la solución que se impondrá en virtud de la capacidad productiva de las nuevas máquinas introducidas en mucha empresas. Por cierto que me ha extrañado el hecho de que en el Congreso no se hiciera la menor alusión a esta medida –si la ha habido yo no me he enterado y pido disculpa– cuando a diario se viene hablando de la sociedad del ocio a la que estamos abocados fatalmente, y de la que pienso ocuparme en otro número por considerar que es el aspecto de mayor trascendencia que lleva consigo la revolución tecnológica.

Hecha esta observación, debo decir que la clase patronal, en presencia de unas reivindicaciones por las que van a verse recortadas sus ganancia, sólo cederá ante una presión muy fuerte. ¿Y quién está en condicione de ejercer esa presión? No el Gobierno; pues éste, sea de derechas como de izquierdas o de centro, todos por igual están sometidos de facto a otras fuerzas –baluarte inamovible del Estado– que están ahí desde siglos para defender los intereses de la clase dominante.

En un sistema basado sobre la producción, la fuerza está o debe estar realmente en manos de los trabajadores; porque forman el grupo más numeroso y porque constituyen el elemento dinámico de la población. Pero es necesario que tomen conciencia de ello y de que sólo el apoyo mutuo puede salvar al hombre para decidirse a marchar unidos en haz solidario hacia el logro de esas reivindicaciones y, a más largo plazo, hacia la conquista de un mundo mejor para todos los humanos.

Como réplica al Congreso de Barcelona, apenas clausurado éste, el Gobierno soviético convocó otro encuentro de carácter internacional en Moscú al objeto de poner de relieve su preocupación por las condiciones inadecuadas en que viven los jóvenes y, sobre todo, para manifestar una vez más su inclinación pacifista. ¿Se hizo este congreso por una casual coincidencia? Mucho me temo que en vez de un comicio preparado libre y espontáneamente por una necesidad de la juventud, haya sido un espectáculo montado por la cúpula con el deliberado propósito de no perder el tren y de confundir a la opinión internacional. Veamos si no, las contradicciones entre lo que se censuró en el Congreso y la condiciones en la que vive el país desde hace más de sesenta años.

En casi todas las sesiones se puso el acento en el deseo de garantizar la paz en el mundo, lo que, si bien es plausible, se contradice de manera flagrante con la política del Gobierno soviético, quien dedica el 50% de su presupuesto al mantenimiento de un ejército hipermonstruoso, a la fabricación de armamentos y a la investigación en el campo de la balística.

No quiero decir con ello que otros países –Estados Unidos, por ejemplo– no estén haciendo otro tanto, pero lejos de caer en maniqueísmos y rivalidades estúpidas, lo que pretendo destacar es que todos los ejércitos sin excepción son nocivos, que la carrera armamentista puede llevarnos a un suicidio colectivo sin precedentes, por lo que hemos de combatirla en toda partes, y que toda nación –la que sea– convertida en polvorín de funestas armas atómicas, no puede, digna y sinceramente proclamarse defensora de la paz.

En el Congreso de Moscú también se habló del paro, señalando que en Rusia esa lacra no existe, puesto que es un producto del capitalismo. Sin duda es un cáncer del capitalismo aunque de manera más trágica si cabe en el capitalismo de Estado que prohíbe y castiga las manifestaciones de toda índole. Tengo informaciones de primera mano de varios amigos de origen rumano, francés, español o griego y que habían estado trabajando en la URSS como técnicos o especialistas, que afirman que hay cantidades ingentes de ciudadanos soviéticos que al salir de las cárceles, psiquiátricos o campos de concentración se encuentran sin trabajo ni facilidades para obtenerlo, viéndose obligados a realizar tareas sumergidas, a sobrevivir vendiendo clandestinamente por los mercados hortalizas u otros productos. Todo estos rusos marginados no constan en estadísticas; pero están ahí, sufriendo la consecuencia de un sistema que los empuja al lumpemproletariado más indignante.

Asimismo, en Rusia, los reclutas permanecen tres años en el ejército, modo elegante de camuflar el desempleo. Si en España, la duración del servicio militar fuera de tres años, el paro retrocedería de seis a setecientos mil, es decir habría 700.000 parados menos.

Luego está claro que nadie puede defender al capitalismo, cuya deshumanización e incapacidad para estructurar una sociedad equitativa y concertada han quedado demostradas con creces; pero aún así, es mucho más opresiva la sociedad soviética, en donde nadie puede manifestarse libremente puesto que están vedadas toda crítica o protesta. Allí se propaga oficialmente la paz; pero ¿habéis visto manifestarse en la calle a las gentes contra el Pacto de Varsovia? ¿Es siquiera pensable que los marginados sin trabajo fijo ni estatuto de ciudadano normal puedan organizar una manifestación para poner al descubierto su dramática situación?

Bien está que las juventudes del mundo se reúnan, que vayan vigorizando los lazos de la amistad y de entendimiento para mejorar la condición humana, pero con los ojos abiertos y sin dejarse manipular por intereses espurios ni servir causas dogmáticas que van fatalmente en contra de la libertad de los hombres y de la Justicia que será siempre la levadura de la paz.

Publicado en Polémica, n.º 28, mayo 1987

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